A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad
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Capítulo 3: El Contrato del Silencio
El piso 42 de la Torre Rodríguez no era una oficina; era una declaración de guerra contra la mediocridad. El cristal de piso a techo ofrecía una vista panorámica de la ciudad, pero para Alejandro, solo era un recordatorio de que todo lo que veía le pertenecía.
Alejandro estaba de pie, de espaldas a la puerta, con las manos entrelazadas tras la espalda. Su traje sastre, de un gris plomo impecable, parecía una armadura. No se movió cuando escuchó los pasos ligeros de Azul entrando en el despacho. Su oído, agudo y entrenado, detectó una ligera vacilación en el paso de ella. Miedo, pensó él con una mueca amarga. Todos tienen miedo eventualmente.
—Llegas tres minutos tarde, García —dijo Alejandro. Su voz era un latigazo de seda.
Azul apretó las correas de su bolso. Su corazón martilleaba contra sus costillas, pero se obligó a enderezar la espalda. No había sobrevivido a un orfanato y a dos carreras universitarias simultáneas para dejarse amedrentar por un hombre que creía que el sol salía solo porque él se lo ordenaba.
—Había tráfico, señor Rodríguez. Y si mal no recuerdo, la entrevista técnica era a las nueve. Son las nueve y tres. Consideré que la puntualidad era una virtud, no una obsesión patológica.
Alejandro se giró lentamente. Sus ojos, fríos como el hielo ártico, recorrieron a Azul con una lentitud insultante. Se detuvo en sus ojos, buscando ese brillo de sumisión que solía encontrar en los demás. No lo halló. En su lugar, vio una chispa de fuego azulado, una resistencia silenciosa que lo irritó y lo intrigó a partes iguales.
—En mi mundo, el tiempo es el único activo que no puedo recuperar. No me hagas perderlo de nuevo —caminó hacia su escritorio de caoba negra y lanzó una carpeta sobre la superficie—. He revisado tu portafolio de diseño y tus notas en administración. Eres... eficiente. Casi demasiado perfecta en papel.
—La eficiencia es lo que me ha mantenido viva —respondió Azul, acercándose al escritorio sin esperar invitación—. El diseño es mi voz, y la administración es mi escudo. Si busca a alguien que solo diga "sí" a sus caprichos, se equivocó de candidata.
Alejandro soltó una risa seca, un sonido carente de alegría.
—No busco una amiga, Azul. Busco un activo. Mi empresa de bienes raíces necesita una reestructuración de imagen completa para la nueva sede en Singapur. Quiero alguien que no tenga lazos, que no tenga distracciones sentimentales. Alguien que entienda que los sentimientos son solo variables que arruinan una ecuación perfecta.
Azul sintió un pinchazo en el pecho. Las palabras de Alejandro resonaban con una crueldad que conocía bien. Ella también había intentado extirpar sus sentimientos para sobrevivir al abandono de su padre y a la crueldad de su madre, pero a diferencia de él, ella sabía que el vacío no era poder, sino una cárcel.
—Usted habla del amor como si fuera una enfermedad —dijo ella en voz baja—. Mi hermano... —se detuvo, tragándose el nudo en la garganta—. Yo sé lo que es el dolor. Pero cerrar el corazón no te hace un rey, solo te hace un prisionero en un castillo de cristal.
La expresión de Alejandro se endureció instantáneamente. La mención de la palabra "hermano" fue como clavarle un puñal en una herida abierta. La imagen de Gabriel, pálido y sin vida por culpa de aquella mujer que juró amarlo, cruzó su mente como un rayo de agonía.
Se levantó de un salto y rodeó el escritorio en dos zancadas, deteniéndose a escasos centímetros de Azul. Ella pudo oler su perfume: maderas caras, tabaco fino y una nota metálica de peligro.
—No te atrevas a hablar de lo que no entiendes —siseó él, su rostro a milímetros del suyo—. No sabes nada de mi vida, ni de las razones de mi "cinismo". El amor es una estafa que los débiles usan para manipular a los fuertes. Y tú, con esa mirada de mártir, no eres diferente.
—¡No soy una mártir! —exclamó Azul, sosteniéndole la mirada a pesar del temblor de sus manos—. Soy una sobreviviente. Y si cree que mi capacidad de sentir me hace débil, es que no tiene ni idea de cuánta fuerza se necesita para seguir siendo humano cuando el mundo te ha tratado como basura.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad estática que parecía hacer vibrar el aire. Por un segundo, Alejandro vio algo en los ojos de Azul que no pudo procesar: una pureza que no debería existir en alguien que había pasado por el infierno. Por un instante, su muro de hielo crujió.
Se apartó bruscamente, recuperando su máscara de indiferencia.
—Tienes el trabajo —dijo, dándole la espalda de nuevo—. Pero bajo una condición. Trabajarás directamente conmigo. En esta oficina. No habrá horarios, no habrá excusas y, sobre todo, no habrá espacio para tus filosofías de autoayuda sobre la felicidad.
Azul respiró hondo. Sabía que aceptar este trabajo era entrar en la jaula del león, pero necesitaba esa oportunidad para consolidar su carrera y cerrar de una vez por todas la puerta a su pasado de carencias.
—Acepto. Pero bajo mi propia condición, señor Rodríguez.
Él arqueó una ceja, sorprendido por su audacia.
—¿Una condición? ¿Tú a mí?
—Tráteme como una profesional, no como un objeto de su desprecio —dijo Azul con firmeza—. Puede controlar mi tiempo, mi trabajo y mis proyectos. Pero mi dignidad no está a la venta.
Alejandro la observó mientras ella se daba la vuelta para salir de la oficina. Por primera vez en años, sintió una punzada de algo que no era ambición ni odio. Era curiosidad. Una curiosidad peligrosa que amenazaba con derribar el trono de soledad que tanto esfuerzo le había costado construir.
—Ya veremos qué dura más, Azul —susurró él para sí mismo cuando la puerta se cerró—. Si tu dignidad o mi paciencia.
Azul salió al pasillo, apoyándose contra la pared fría. Sus piernas temblaban. Alejandro Rodríguez era un hombre roto que se disfrazaba de Dios, y ella era una mujer herida que intentaba encontrar la luz. En el campo de batalla de esa oficina, no solo se jugaban millones de dólares, sino la posibilidad de que dos almas perdidas encontraran, quizás, el camino de vuelta a casa.