Shelsy Ereu , una jóven de belleza natural y esto párese ser su castigo, el destino es un criminal en su vida ,nada aprese salir según sus deseos .
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Los recuerdos
Kiro encontró las hojas y enredaderas con sangre. Era muy difícil saber que pertenecían a la joven.
Él ya estaba cansado; no había más pistas.
Al mirar hacia la otra orilla del río se podía ver el lodo revuelto, pero eso no significaba nada. Seguro algún animal había luchado para salir del arrastre de la corriente.
Decidió que regresarían. No tenía caso seguir en una búsqueda que no llevaría a ningún lado. El otro lado del río era territorio enemigo. Pasar allí sería incumplir viejos acuerdos hechos por Alan y su primo Víctor, quienes habían dividido el territorio hacía tiempo.
Metros más abajo, sentado a la orilla y mirando la violencia de la creciente, Alan parecía perdido en sus pensamientos.
RECUERDOS.
Era una tarde de patrullaje. Víctor iba al frente. Los enfrentamientos con el grupo de Oriente llevaban varios días.
Alan era un joven de pocas palabras, de mirada fruncida, que inspiraba miedo.
“El Bárbaro”.
Así lo apodaban. Él se encargaba de ejecutar a sangre fría a los enemigos, a los infiltrados y a todo aquel que se atreviera a desobedecer a su primo.
Hacía tiempo, un hombre que trabajaba para ellos tenía plantaciones de coca camufladas entre cultivos de café: José Ereu.
Ya había formado una familia; tenía a su esposa y a sus tres hijos, dos niñas y un varón, todos muy pequeños aún.
Había hablado con Víctor para dejar el negocio. Quería educar a su familia en un ambiente sano.
Víctor no era tan cruel. Entendió lo que el hombre quería. Lo único que le aconsejó fue dejar el lugar, pues al no trabajar para él ya no tenía sentido que dejara hombres para resguardarlo.
José no escuchó el consejo. Pensó que al eliminar los cultivos podría tener una vida tranquila, como cualquier campesino de las zonas bajas, que por su cercanía a los poblados no se involucran en negocios de narcotráfico.
Pasado un tiempo, un mes quizás, desde que había dejado el negocio don José estaba distraído pero en su casa.
Hombres armados incurrieron.
Alan y Víctor corrieron.
Estaban a unos tres kilómetros de la hacienda cafetera de José.
Se escuchó el estruendo de ráfagas de armas .
Y era de allí de donde provenía el ruido.
Corrieron por los senderos apresuradamente.
Al llegar, lo que encontraron fue escalofriante. Ni siquiera Alan había sido capaz de tales atrocidades.
Había cuerpos tirados y desmembrados. Era muy difícil saber dónde empezaba un cuerpo o terminaba otro.
Catorce cuerpos en total.
Víctor se agarró la cabeza y cayó de rodillas. No podía evitar sentirse culpable. Debió haber obligado a José a irse del lugar.
Los hombres se dispersaron cuidadosamente para revisar el perímetro. Corrían el riesgo de ser emboscados por el grupo de Oriente. Estaban en un lugar muy visible, así que con cuidado se fueron internando entre las plantas de café.
Un sollozo alertó a Alan.
Con mucho cuidado se dirigió hacia el lugar de donde venía el sonido.
Encontró, acurrucada bajo un arbusto de café, a una niña. Tenía la cabeza entre las piernas y la mirada al suelo. Sus manos cubrían su cabeza, tratando de no ser vista.
Alan tocó su hombro y, con una voz muy baja, le dijo:
—No te haré daño… confía en mí.
La niña se dio la vuelta muy despacio. Estiró sus piernas y colocó las manos en el suelo, pero su rostro aún miraba hacia abajo.
Alan colocó su mano en la barbilla de la niña y levantó un poco su cara.
Entonces pudo ver esos grandes ojos grises, aterrados y llenos de lágrimas.
Alan limpió con sus manos las lágrimas que salían de sus mejillas como caudales que no se detenían. Ella se esforzaba por no hacer ruido.
Pero eso no era lo único que Alan veía.
Desde lo más profundo de su interior, al ver aquella mirada tan aterrada e inocente, sintió que nacía en él un sentimiento protector.
Miradas con miedo veía a diario, pero aquellas eran distintas. A menudo eran miradas de hombres descubiertos en sus faltas, miradas que solo esperaban que él apretara el gatillo y acabara con su miseria.
Pero esta mirada no tenía culpa.
Era pura.
Era inocente.
Alan tomó a la chica de la mano para ayudarla a levantarse. Su vestido estaba completamente cubierto de sangre, tanto que parecía que sangrara por sí misma...
Una voz lo interrumpió:
—¡Patrón! ¡PATRÓN! ¿Está bien?
Los ojos de Alan regresaron a la realidad. Una lágrima rodó por su mejilla mientras escuchaba el ruido feroz de la corriente del río frente a él.
Sus hombres esperaban órdenes.
Con disimulo pasó su mano por la mejilla, como si se limpiara el sudor, y respondió:
—Esperaremos a los demás aquí. Tal vez ellos tuvieron suerte. Parece que lloverá otra vez.
Miró el cielo con preocupación. Nubes oscuras parecían reunirse.
En ese momento llegaron Kiro y los otros.
—Lo lamentamos, señor. No encontramos nada. Creo que no es conveniente seguir.
—Sí… tienes razón —contestó Alan—. Hay que regresar a casa. Vayan adelante. Me tomaré un momento… yo los sigo.
—Pero, patrón, no puede quedarse solo.
—refutó Kiro.
—¡Es una orden!
—Como mande, patrón.
Kiro y los demás se fueron.
Alan quedó sentado en la orilla, recostado contra un tronco, mirando la corriente del río.
la historia con el tiempo se mejora, te deseo mucho éxito.🙏