Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 30
Los días posteriores al Eid siempre conservaban un bullicio festivo. Las puertas de las casas permanecían abiertas de par en par. Las risas flotaban en cada esquina de la ciudad; la gente se visitaba, recordaba tiempos idos, reparaba vínculos que se habían enfriado.
Doña Elsa no era la excepción. Aquella tarde acudió a una reunión con sus amigas de la alta sociedad en un restaurante lujoso del centro. El interior tenía aire de palacete europeo: lámparas de araña colgando del techo, meseros de uniforme impecable que iban y venían sirviendo bebidas.
Doña Elsa se sentó muy erguida, blazer elegante, bolso de marca a un costado. El pelo recogido en un moño pulcro, el maquillaje estudiado para quitarle años. En la mesa redonda, la conversación fluía ligera.
—Mi hijo se fue a Singapur con su esposa la semana pasada —alardeó una de las señoras—. Y mi nieto ya entró a un preescolar internacional.
—Qué maravilla —comentó otra.
Doña Elsa apenas sonrió. Le vino a la mente la imagen de sus nietos, que ya no hacían berrinches ni estallaban en rabietas, sin que ella lograra explicarse la razón.
—Mi nuera —prosiguió la segunda señora— cocina de maravilla. Cada Eid, los nietos vienen corriendo a la casa.
Todas rieron, comparando anécdotas de nueras y nietos con un dejo competitivo. Doña Elsa apretó su vaso de jugo con disimulo. Aquel tema la incomodaba más que ningún otro.
Dos nueras había tenido. Y en las dos ocasiones, la elegida no pertenecía al círculo que ella ambicionaba. La primera, Jazmín: una mujer trabajadora del campo. La segunda, Azalea: otra mujer dulce y humilde de la misma aldea. Como si el destino se empeñara en burlarse.
—Elsa —la interpeló una de las damas—, ¿por qué tan callada?
Doña Elsa parpadeó. —Solo pensaba en algo.
—Me enteré de que Enzo se volvió a casar —terció la primera con ojos brillantes de curiosidad—. ¿Quién es ella? ¿De qué familia?
Doña Elsa se irguió. —Enzo se casó con una pariente lejana —respondió, ecuánime—. Fue todo muy rápido, así que no hubo celebración grande.
—Ah, ya veo. —La mujer asintió.
Pero por dentro, doña Elsa ardía. Pariente lejana. Esa era la respuesta más segura. No quería explicar que su nuera venía de un pueblo diminuto. No quería exponerse a los cuchicheos condescendientes.
Doña Elsa tenía sus razones. No se reducían a la vanidad de querer una nuera de apellido ilustre. No era solo el estatus social que deseaba proyectar ante sus amigas.
Era una herida vieja. Una herida que nunca cicatrizó de verdad, solo se cubrió con el paso del tiempo y con las ocupaciones.
Su padre fue un comerciante acaudalado. Dueño de varios almacenes textiles y de tierras de cultivo. Su nombre imponía respeto. Cuando aparecía en un evento, la gente se ponía de pie para recibirlo. Cuando hablaba, todos callaban. En casa, era la imagen del patriarca severo y digno.
Al menos, eso fue lo que la pequeña Elsa creyó. Pero aquel honor se derrumbó cuando ella tenía dieciséis años.
Al principio fueron solo murmullos del servicio. Después, visitas misteriosas por la noche. Hasta que una tarde, ella misma vio a su padre bajar de un auto acompañado de una mujer desconocida.
La mujer era sencilla. La piel ligeramente tostada por el sol. El cabello recogido de cualquier modo. La ropa holgada, de tela barata. Hablaba con un acento pueblerino marcado. Se quedó parada, incómoda, en el patio de la casona, con un bolso pequeño.
La Elsa adolescente observaba desde el balcón del segundo piso, con el corazón desbocado.
Pocas semanas después, todo quedó al descubierto. Su padre tenía una amante. Aquella mujer no era una simple empleada ni una conocida casual. Era su querida, y más tarde se supo que ya le había dado un hijo.
Su madre intentó resistir. Elsa aún recordaba la noche en que el estruendo de un plato roto resonó desde el comedor.
—¡Soy tu esposa legítima! —gritó su madre con la voz desgarrada.
—Yo asumo la responsabilidad con todas —respondió su padre, gélido.
—¿Incluida esa mujer?
No hubo respuesta. Solo un silencio prolongado que dolía más que cualquier grito.
Poco después vino el divorcio. Trámite rápido. Sin litigios interminables. Su padre lo tenía todo previsto.
La casona dejó de pertenecerles. Elsa todavía recordaba el día en que sacaron las maletas. Los criados bajaban la cabeza, sin atreverse a mirarlas. Algunos cuchicheaban. Otros fingían estar ocupados.
Su madre se sentó en la sala con el rostro lívido. Las manos le temblaban al sujetar el bolso.
—Tu padre la eligió a ella —dijo su madre con un hilo de voz—. A la mujer del campo.
El padre se mantuvo a distancia, el semblante de piedra. No abrazó a su hija. No pidió disculpas. Ni siquiera la miró cuando Elsa se echó a llorar.
Desde aquel día, algo se transformó dentro de Elsa. Su madre conservaba familia acomodada. No cayeron en la pobreza. En lo material, la vida siguió siendo decorosa. Pero el ánimo de su madre se desmoronó. La mujer que antes irradiaba elegancia y aplomo se volvió taciturna. Rara vez salía de la habitación. Perdió las ganas de vivir.
La Elsa adolescente tuvo que madurar a la fuerza. Soportar la vergüenza en la escuela. Responder a las miradas de lástima y a los susurros de las compañeras. Todo por culpa de una mujer que, según ella, venía del campo y lo destruyó todo. Y la herida se ahondó cuando descubrió que la historia se repetía en la generación anterior.
Su abuelo había hecho lo mismo. Se enredó con la sirvienta de la casa. Le puso una vivienda en las afueras de la ciudad. Mantuvo en secreto a los hijos de aquella relación.
Como si la traición fuera un legado. Como si las mujeres humildes del campo fueran siempre la "amenaza" en su cabeza.
A partir de entonces, Elsa se hizo una promesa en silencio. Jamás confiaría en una mujer del pueblo. Jamás dejaría que su familia fuera destruida por "ese tipo de mujer".
Por eso, cuando Enzo eligió a Jazmín —una muchacha esforzada de una aldea remota—, el corazón de Elsa la rechazó desde el primer instante. Aunque Jazmín nunca cometió una falta, la sombra del pasado se le adhería al rostro.
Y ahora, Azalea, la hermana menor de Jazmín. Una mujer sencilla y tierna. Ajena a su círculo social. Sin un pasado relumbrante.
La vieja herida le pulsó de nuevo. No porque Azalea hubiera hecho algo malo. No porque fuera mala persona. Sino porque, cada vez que la veía, doña Elsa se miraba en el espejo de su propio pasado. La imagen de la mujer que destruyó a su madre.
—Elsa, nunca nos has contado mucho de tu nuera —insistió una de las damas, picada de curiosidad.
Doña Elsa esbozó una sonrisa fina. —Lo que importa es que mi hijo sea feliz.
La frase sonaba dulce. Pero en su fuero interno, ella misma no estaba convencida.
Terminado el almuerzo, las amigas decidieron trasladarse a la casa de una de ellas para seguir la tertulia.
—Yo manejo —ofreció una.
Subieron entre risas al auto de lujo. La charla continuó: la arisan, viajes al extranjero, planes de reencuentro escolar.
Doña Elsa iba en el asiento del copiloto. La mirada perdida en la calle. Los fantasmas del pasado no dejaban de aparecer. El rostro apagado de su madre. La mirada helada de su padre. Y aquella mujer del pueblo plantada con gesto triunfal, como si les hubiera arrebatado todo.
Todas las mujeres del campo son iguales, murmuró doña Elsa sin darse cuenta.
—¿Qué dijiste? —preguntó la conductora, concentrada en el volante.
—Nada.
El auto rodaba a buena velocidad por la avenida principal. De pronto, un niño salió corriendo y cruzó la calle desde la derecha.
—¡Dios mío! —gritó la conductora, presa del pánico. Por reflejo, giró el volante a la izquierda de golpe.
El chirrido de las llantas taladró los oídos. El auto se tambaleó. Todas gritaron.
¡CRAAAAASH!
El vehículo se estrelló contra la barda de una fábrica de plásticos al costado de la vía. El impacto retumbó con violencia. Las bolsas de aire se inflaron. El parabrisas se hizo añicos. Un humo tenue escapó del cofre.