Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.
Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.
En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.
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Episode — 28.
Capítulo 28
Las puertas del elevador volvieron a cerrarse. Los números digitales sobre la puerta comenzaron a avanzar con lentitud.
Tercer piso...
Cuarto piso...
Nadie pronunció una palabra.
El silencio dentro de aquel espacio reducido resultaba más opresivo que el bullicio del vestíbulo del hotel unos instantes atrás.
Andrés permanecía en el fondo, desviando la mirada hacia Valentina cada tanto. Ella se mantenía serena junto a Santiago, con la vista fija al frente, sin buscar su presencia ni por un segundo. Esa indiferencia dolía mucho más que cualquier estallido de rabia.
Antes, Valentina siempre era la primera en recibirlo con una sonrisa cada vez que coincidían en el mismo lugar. Ahora... su exesposa ni siquiera lo consideraba alguien digno de atención.
Ding.
El elevador se detuvo en el octavo piso.
Varios asistentes a la conferencia salieron, y el ambiente adentro se volvió un poco menos denso. Poco después, el elevador reanudó su ascenso hacia el piso veinte, donde se hospedaba la delegación del Grupo Valverde.
Andrés aspiró hondo antes de atreverse a romper el silencio.
—Felicidades por todos tus logros, Vale. Me enteré de que tu presentación en el foro de inversionistas recibió muy buenas críticas.
Valentina giró la cabeza apenas un instante.
—Gracias.
La respuesta no sonó fría, pero tampoco dejó rastro de calidez.
Andrés bajó la vista un momento antes de continuar.
—También supe que el Grupo Valverde creció considerablemente después de que implementaron la estrategia operativa que diseñaste. Me... alegra saberlo.
Valentina asintió con un movimiento suave de la cabeza.
Ninguna otra palabra siguió.
Andrés esbozó una sonrisa tenue, cargada de amargura.
—Apenas ahora me doy cuenta de que pasé demasiado tiempo dudando de tu capacidad. Y la verdad es que siempre fuiste capaz de cosas extraordinarias.
Valentina, por fin, sostuvo la mirada de su exesposo un poco más.
—No estoy intentando demostrarle nada a nadie, Andrés. Solo quiero hacer mi trabajo lo mejor posible.
Sus palabras le revelaron algo con nitidez: todo lo que esa mujer había alcanzado no nació del deseo de provocarle arrepentimiento, sino de haber encontrado por fin un lugar que valoraba su talento y su esfuerzo.
A su lado, Santiago eligió guardar silencio. No intervino en ningún momento, dejando que la conversación se extinguiera por sí sola.
Ding...
El elevador se detuvo en el piso veinte y las puertas se abrieron despacio. La delegación del Grupo Valverde comenzó a salir. Cuando Valentina se disponía a seguirlos, la voz de Andrés volvió a escucharse.
—Vale...
Valentina se detuvo y giró lo justo.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
—Espero... que siempre seas feliz. —Andrés lo dijo con una sonrisa frágil.
Ya no quedaba nada que defender. Todo había llegado a su fin. Lo único que permanecía era un deseo nacido de la sinceridad.
Valentina observó a su exesposo unos segundos antes de soltar el aire contenido.
—Gracias, Andrés. Yo también espero que encuentres tu propio camino.
Tras decir aquello, dio media vuelta y salió del elevador junto a Santiago sin volver la vista atrás.
Las puertas se cerraron con lentitud.
Andrés siguió de pie adentro, la mirada vacía fija en la silueta de Valentina que se alejaba hasta desaparecer al fondo del corredor del hotel.
Las puertas terminaron de sellarse. Andrés continuó inmóvil, contemplando los números digitales que seguían ascendiendo.
—Señor... ya llegamos.
La voz de su secretario lo arrancó del letargo. Asintió despacio y caminó hacia su habitación.
Al otro lado del corredor, un botones se detuvo frente a la puerta marcada con el número 2020.
—Bienvenida, señora.
—Gracias.
Valentina recibió la tarjeta de acceso y abrió la puerta. La habitación era amplia, con un ventanal de cristal que enmarcaba el horizonte de Singapur. La luz del atardecer rebotaba entre los rascacielos y componía una estampa deslumbrante.
Dejó la maleta junto a la cama y se acercó al ventanal. Durante unos instantes se quedó ahí, contemplando el paisaje en silencio. Jamás habría imaginado que la mujer a quien la familia de su exmarido trató como alguien sin valor estaría un día en uno de los mejores hoteles de Singapur representando a una gran empresa.
El celular vibró. El nombre en la pantalla le arrancó una sonrisa.
—Hola.
—¿Qué tal? ¿Ya llegaste?
—Acabo de entrar al cuarto.
—¿Está bonito el hotel?
Valentina soltó una risa breve.
—Precioso. Es la primera vez que me hospedo en un lugar así de lujoso.
—¿Ves? —Lorena no ocultó su entusiasmo—. Por eso nunca digas que tu vida se acabó por culpa de un hombre.
Valentina contempló el cielo a través del cristal con una sonrisa quieta.
—Sí... ahora lo creo de verdad.
—Mañana da lo mejor de ti. Demuéstrales de qué estás hecha.
Las dos siguieron conversando entre risas hasta que la llamada terminó.
Toc, toc, toc.
Apenas había empezado a acomodar sus cosas cuando unos golpes resonaron del otro lado de la puerta.
Frunció el ceño.
¿Quién será?
A través de la pequeña pantalla junto a la puerta, vio a Santiago esperando afuera.
Abrió de inmediato.
—¿Santiago?
—¿Te interrumpo?
—No.
Santiago levantó una carpeta azul que llevaba en la mano.
—Los organizadores acaban de enviar un cambio de horario.
—Ah.
—Adelantaron la sesión de networking de esta noche a las siete. Así que después de la cena pasaremos directo al cóctel de bienvenida.
—Entendido. —Valentina tomó la carpeta.
Santiago no se marchó enseguida; sus ojos se detuvieron en el rostro de Valentina con atención.
—¿Sigues pensando en lo que pasó en el elevador?
—Un poco.
—¿Estás bien?
Valentina asintió despacio.
—Solo no esperaba encontrármelo tan pronto.
—Si te resulta incómodo, durante el evento no tienes que estar sola en ningún momento.
—¿A qué te refieres?
—Quédate con la delegación del Grupo Valverde. —El tono de Santiago se mantuvo sereno—. No quiero que nadie aproveche la situación para molestarte.
—Te preocupas demasiado por mí. —Valentina exhaló con suavidad.
—Solo cuido... lo que considero valioso. —Lo dijo con un peso que iba más allá de las palabras.
Sus miradas se encontraron. Valentina se quedó en silencio, como si captara el significado oculto detrás de esa frase. Pero Santiago se limitó a esbozar una sonrisa breve, sin intención de explicar nada más.
—Está bien, señor director. —Valentina le dedicó una sonrisa leve.
Santiago enarcó una ceja.
—Hace un rato hablábamos con toda confianza y ahora vuelves con "señor director". Parece que voy a tener que esforzarme más para que te acostumbres a llamarme como antes.
Las mejillas de Valentina se tiñeron de calor.
—Está bien... Santiago.
La sonrisa de él se acentuó.
—Bien. Prepárate. En treinta minutos nos vemos en el vestíbulo.
—Listo.
Santiago asintió y se alejó por el pasillo. Pero antes de que la puerta se cerrara, esa sonrisa discreta aún no se le había borrado del rostro. Al menos hoy había conseguido dar un pequeño paso para acercarse de nuevo a Valentina.