Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 27
La pregunta de Astrid seguía suspendida en el aire. Miraba directo a los ojos de su suegra, que hasta hacía un momento estaban llenos de rabia.
El silencio inundó la sala de inmediato. No hubo respuesta ni estallido de los que siempre salían de la boca de Marta. La mujer se había quedado sin palabras.
Los labios de Marta se movieron levemente, como queriendo decir algo. Pero no salió ningún sonido. Su mirada, que antes era afilada, poco a poco flaqueó. Ni siquiera fue capaz de sostenerle la mirada a Astrid por mucho tiempo.
Finalmente desvió los ojos hacia otro lado. Como si huyera.
Astrid sintió que el pecho se le estrujaba. No porque hubiera ganado la discusión. Sino porque por fin obtenía la respuesta que nunca quiso conocer.
Marta sabía todo lo que hacía Lucas. Tal vez no cada detalle. Pero sabía que su hijo había hecho algo malo. Y eligió callarse. Eligió seguir defendiendo a Lucas y culpando a la nuera.
La respiración de Astrid se sintió pesada. Una vieja herida se le reabrió. Una herida que durante años mantuvo cerrada a la fuerza para preservar la relación familiar.
—¿Usted sabe lo que se siente? —preguntó en voz baja.
Los ojos de Astrid empezaron a vidriarse. Pero esta vez no intentó disimularlo.
—¿Sabe lo que se siente cuando descubres que tu propio esposo se acuesta con otra mujer?
Marta se tensó al instante. La mandíbula se le endureció.
—Astrid... —la voz de la mujer sonó mucho más débil que unos minutos antes.
Pero Astrid no se detuvo. Ya había callado demasiado tiempo. Había guardado todo en soledad durante demasiado tiempo.
—¿Sabe lo que se siente cuando encuentras una mentira detrás de otra?
La voz de Astrid empezó a temblar. No de debilidad, sino porque eran demasiadas heridas las que durante años fue obligada a tragarse.
—¿Sabe lo que se siente cuando te das cuenta de que el hombre en quien confiaste con todo tu corazón solo te estaba usando?
Marta se mordió el labio. Los puños se le cerraron a los costados. Pero no pudo rebatir. Porque todo lo que decía Astrid era la verdad.
Y la verdad suele doler mucho más que la furia.
—Yo no apruebo la infidelidad de Lucas —dijo Marta finalmente, bajando la mirada.
El tono se le había debilitado.
—Pero el divorcio no es la solución.
Astrid soltó una risa breve. El sonido hizo que Marta levantara la cabeza. Esa risa no tenía nada de feliz. Solo amargura y agotamiento.
—Qué gracioso —murmuró Astrid.
Negó despacio con la cabeza. Se limpió el borde de los ojos, que empezaban a humedecerse. La mirada se le afiló de nuevo.
—Desde que llegó, lo único que dice es que hay que luchar por el matrimonio. Pero ¿Lucas alguna vez luchó por esta relación?
Marta guardó silencio.
Astrid se acercó un paso. Ya no había miedo como antes. Ya no había deseo de complacer a todo el mundo.
—¿Lucas pensó en nuestra familia cuando le fue infiel? —negó con la cabeza—. No.
—¿Lucas pensó en Ariana? —los ojos de Astrid se enrojecieron al pronunciar el nombre de su hija—. No.
—¿Lucas pensó en mí? —Astrid esbozó una sonrisa amarga. Una sonrisa que parecía más una herida que una expresión de alegría—. Tampoco. Nunca.
La sala volvió a quedar en silencio. Esta vez ni Marta se atrevió a interrumpir.
En un rincón de la sala, Ariana, que los había estado observando, empezó a inquietarse. La niña abrazaba su muñeco con fuerza. Los ojitos iban de Astrid a Marta, confundidos.
—Mami... —llamó Ariana en voz bajita.
Esa vocecita le desgarró el corazón a Astrid al instante. Por más que quisiera pelear, Ariana no debía ser la víctima.
Astrid fue de inmediato hacia su hija. Se puso en cuclillas y le acarició el cabello con suavidad.
—¿Qué pasa, cariño?
Ariana miró el rostro de su madre.
—¿Mami llola?
La pregunta inocente casi hizo que Astrid perdiera la fuerza de nuevo. Pero se obligó a sonreír. Una sonrisa frágil.
Una sonrisa que solo buscaba tranquilizar a su hija.
—No, cariño.
Astrid le acarició la mejilla despacio.
—Mami está bien.
Ariana todavía se veía insegura. Pero al final asintió.
—Ven, vamos a tu cuarto. A dibujar, ¿sí?
Ariana obedeció. Antes de irse, la pequeña abrazó a Astrid un momento. Un abrazo chiquito que, sin embargo, le dio a Astrid todavía más fuerza.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, Astrid se puso de pie. Y enfrentó a Marta. Esta vez ya no había nada que esconder. Ya no había fingimientos.
—Todo este tiempo me callé por respeto a usted.
La voz de Astrid recuperó la calma. Pero era mucho más firme.
—Me contuve porque todavía la consideraba familia.
Marta levantó el rostro lentamente.
—Pero que nunca piense que mi silencio significa que soy tonta.
La frase hizo que Marta se quedara helada.
Astrid la miró sin parpadear.
—Yo sé cómo es Lucas. Sé lo que ha hecho. Y sé las mentiras que ha estado ocultando.
Los ojos de Marta se fueron abriendo poco a poco. El corazón le empezó a latir con incomodidad. Veía algo que nunca antes había visto en su nuera: coraje.
—Astrid...
—También sé lo que Lucas anda buscando.
La voz de Astrid sonaba cada vez más segura. Cada palabra que salía parecía romper las cadenas que durante años la habían atado.
—Sé que todo este tiempo solo se aprovechó de mi amor.
La respiración de Astrid tembló. Pero la mirada ya no flaqueaba.
—Antes lo amaba muchísimo. Por eso siempre confié en Lucas.
Las lágrimas volvieron a rodar por las mejillas de Astrid, pero esta vez no se las limpió. Ya no le daba vergüenza la herida que sintió.
—Y justamente por ese amor, fui la persona más fácil de engañar.
Marta no fue capaz de decir nada.
Mientras tanto, Astrid se mantuvo erguida frente a ella. Ya no como una esposa que suplicaba ser amada. Sino como una mujer que por fin abrió los ojos. Una mujer que dejó de darle oportunidades a quienes no paraban de lastimarla.
Marta comprendió que la Astrid de ahora ya no era la nuera a la que podía presionar con palabras o culpa. Su nuera había cambiado. Y ese cambio empezó a darle miedo.
Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros de ahí, Lucas estaba solo en el balcón del hotel donde se celebraba el seminario. El viento soplaba con fuerza, agitándole los faldones de la camisa.
Desde el piso alto, Lucas contemplaba el ajetreo de Ciudad Diamante. Las calles atestadas de vehículos en movimiento perpetuo. Los rascacielos elevándose majestuosos bajo el cielo abierto.
Pero Lucas no disfrutaba en absoluto la vista. Los ojos apuntaban hacia afuera, pero la mente estaba en otro lugar. La mano seguía aferrada al celular. Con tanta fuerza que las venas del dorso se le marcaban y la mandíbula se le trababa.
Desde la noche anterior, una sola frase le daba vueltas en la cabeza sin parar.
"Astrid ya presentó la demanda." Esa frase se la había dado un viejo conocido suyo que trabajaba como juez en el tribunal.
Al principio, Lucas creyó que su amigo bromeaba. Incluso se rio al escucharlo.
—No digas tonterías —le dijo en ese momento, sonriendo—. Astrid no sería capaz de hacer eso.
¿Cómo iba Astrid a demandarlo? Según Lucas, durante las últimas semanas todo había marchado según lo planeado. Empezó a ser más atento. La invitó a cenar. Le compró un regalo. Le demostró la atención que había estado ignorando a propósito.
Astrid tampoco había dado señales de resistencia. La mujer se mantenía tranquila. Seguía sonriéndole dulcemente cada vez que lo veía. Seguía viviendo los días como de costumbre.
No hubo peleas ni amenazas entre ellos. Ningún indicio de que Astrid estuviera preparando algo a sus espaldas. Por eso Lucas rechazó la noticia de inmediato.
Pero después de colgar, la incomodidad empezó a crecer. Lucas entonces contactó a varias personas para recopilar información desde distintos frentes.
Y cuanto más buscaba, más difícil le resultaba negar la realidad. Astrid efectivamente ya había presentado la demanda de divorcio.
No era una simple amenaza ni un plan. Era una demanda que ya estaba registrada en el juzgado a través de su abogado, Guillermo.
Al obtener la confirmación, el semblante de Lucas se oscureció. Todavía recordaba cómo se quedó de pie en la habitación del hotel la noche anterior, incapaz de creerlo.
Lucas sentía que había perdido el control de la situación. Astrid siempre había sido predecible. Siempre se podía dirigir. Siempre se podía convencer. Pero esta vez, esa mujer se había movido en silencio, sin avisarle. Sin darle oportunidad de impedirlo. Sin mostrar el más mínimo indicio de que todo aquello se estaba gestando.
Lucas apretó el celular hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Cómo te atreves, Astrid! —masculló con voz ronca.
El tono de Lucas sonó como un gruñido contenido. El pecho se le llenaba de rabia. Se sentía burlado, traicionado. Apuñalado por la espalda.
Lo irónico era que en ningún momento pasó por la mente de Lucas que durante años había sido él quien traicionó a Astrid. Lucas jamás se veía a sí mismo como el culpable.
En la cabeza de Lucas, todo lo que había hecho siempre tenía una justificación. Todo lo que hacía siempre se podía validar. Y por eso no podía aceptar que Astrid se hubiera atrevido a tomar una decisión sin su aprobación. La mirada se le fue enfriando todavía más.
Su pensamiento saltó de inmediato a lo que llevaba tiempo intentando asegurar. La casa heredada, los bienes a nombre de Astrid. Toda la riqueza que poco a poco había planeado poner bajo su control.
Todo estaba ahora en peligro. Si el divorcio ocurría más rápido de lo que él calculó, todo su plan se vendría abajo. Peor aún: todavía no había conseguido lo que buscaba.
La casa heredada, cuyo valor seguía aumentando. Aún no había transferido ciertos activos bajo su dominio.
Aún no había completado todos los pasos que venía armando desde hacía años. Por eso, muy temprano esa mañana, antes de que empezara el seminario, Lucas llamó a Marta. Le contó todo desde su propia versión.
Se pintó a sí mismo como un esposo que luchaba por salvar su matrimonio. Pintó a Astrid como una esposa que actuaba de forma impulsiva. Como una mujer malagradecida. Como quien estaba destruyendo a la familia. Y tal como había previsto, Marta le creyó de inmediato. Sin hacer preguntas. Sin buscar primero la versión de Astrid. Su madre se puso de su lado al instante.
Eso logró tranquilizar un poco a Lucas. Estaba seguro de que Marta sería capaz de presionar a Astrid como siempre. De hacer que cediera y retirara la demanda. De que todo volviera a estar bajo su control.
Pero había algo que Lucas no sabía. Algo que no entraba en ninguno de sus cálculos. En ese momento, en la casa a la que Marta había ido, Astrid ya no era la misma mujer. La Astrid de antes ya no existía.
La mujer que lloraba a escondidas en su cuarto. La mujer que perdonaba siempre que surgía un problema. La mujer dispuesta a sacrificar su dignidad para sostener un matrimonio. Todo eso había ido desapareciendo poco a poco. En su lugar estaba una mujer que empezaba a ver la realidad tal cual era. Alguien cansada de ser víctima. Que por fin elegía protegerse a sí misma y el futuro de Ariana.
Lucas contempló el cielo. La incomodidad volvió a reptarle por el pecho. Ciertamente, nunca le gustaba perder el control. Sin que lo supiera, la mujer que durante años consideró la más fácil de manipular se estaba convirtiendo en la mayor amenaza para todos sus planes.