Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 25 — El gran paso
Desde aquella conversación en el despacho, hacía ya varios días, la mente de Arman no había logrado sosegarse ni un momento.
La carpeta de inversión seguía sobre su escritorio. La abría varias veces, la volvía a cerrar. Así una y otra vez, hasta que terminó descuidando su propio trabajo.
Las cifras de ganancia que contenía eran demasiado atractivas para ignorarlas. Sin embargo, la experiencia en los negocios le había enseñado algo: lo que promete rendimientos altísimos suele venir acompañado de un peligro igual de grande.
Arman respiró hondo, se puso de pie, tomó su saco y decidió irse a casa.
No tardó mucho en llegar. Arrojó las llaves del auto sobre la mesita de la sala y se aflojó la corbata con gesto agotado.
Diana, que estaba sentada viendo la televisión, volteó enseguida.
—¿Ya llegaste?
—Sí, ma —respondió Arman en voz baja.
Diana frunció el ceño. —¿Qué te pasa? Se te nota muy preocupado. ¿Hay problemas en la empresa?
Arman dejó escapar un suspiro largo. —No, ma. Pero me llegó una propuesta de inversión que me tiene confundido.
Diana apagó el televisor de inmediato. —¿Inversión?
Arman asintió.
—¿Y eso no es bueno?
—No necesariamente. —Se sentó en el sofá de enfrente—. La ganancia es grande. Pero el riesgo también.
Diana reflexionó un instante. —¿Y quién propuso esa inversión?
—Camila —contestó Arman, escueto.
Al oír ese nombre, la expresión de Diana se iluminó. —Si fue Camila quien lo propuso, significa que ya lo pensó muy bien.
Arman observó a su madre. —Confías demasiado en ella.
—¿Y por qué no habría de confiar? —replicó Diana sin vacilar—. Desde antes de casarse, durante y después de entrar a esta familia, se ha portado de maravilla. Cuida de mí, es atenta con Lina, te ayuda en la oficina. Y ahora te abre un camino para que la familia suba más alto.
Arman guardó silencio.
—La gente exitosa tiene que atreverse a tomar riesgos —sentenció Diana en tono convincente. Se inclinó hacia adelante—. ¿Quieres quedarte estancado para siempre?
—No es eso, ma. Yo...
—Si entras, puedes llegar mucho más lejos de donde estás ahora —lo cortó Diana.
La frase era exactamente la misma que Camila le había dicho días atrás. Y todo empezaba a sonar cada vez más lógico.
—Arman —prosiguió Diana, más suave—. Nos costó sangre, sudor y lágrimas construir el nombre de esta familia. Si aparece una gran oportunidad, ¿por qué tenerle miedo?
Arman recargó la espalda en el sofá. Los ojos se le perdieron en algún punto frente a él.
Sabía que esa decisión era peligrosa. Pero también sabía que la ambición siempre suena más fuerte que la prudencia.
—Está bien, lo voy a pensar. —Se puso de pie y caminó hacia la escalera, dejando atrás a Diana, que sonreía satisfecha y llena de convicción.
Arman entró a la habitación principal. Se detuvo un momento al ver a Camila sentada frente al tocador, aplicándose cremas nocturnas mientras contemplaba su reflejo en el espejo.
—¿Ya llegaste, cariño? —Volteó con una sonrisa dulce.
Arman cerró la puerta y se acercó. —Sí. —La abrazó por detrás y aspiró el aroma de su cuerpo.
—Cariño, ve a bañarte primero.
—Después, cuando terminemos de... —Le besó la nuca y sus manos recorrieron las curvas que tanto le gustaban.
—Cariño... —Camila se mordió el labio inferior. Pero se apartó con suavidad—. Seguimos después de que te bañes.
Arman exhaló resignado y se sentó al borde de la cama.
—No te enojes —pidió Camila.
—No estoy enojado. Solo que... Acepto.
Camila lo miró a través del espejo con los ojos centelleantes. —¿Aceptas?
Arman asintió. —Sí, acepto lo de la inversión.
En un instante, Camila se levantó. El rostro le desbordaba una alegría que no podía disimular. Se colgó del cuello de Arman y lo abrazó con fuerza.
—Sabía que tomarías la decisión correcta.
Arman esbozó una sonrisa tenue. Por un momento se dejó contagiar por el entusiasmo de ella.
—Yo me encargo de todo —dijo Camila con premura—. Tenemos que movernos antes de que alguien más nos gane la oportunidad.
—Organízalo tú —respondió Arman.
Camila le plantó un beso en la mejilla, se puso de pie y las comisuras de sus labios se elevaron apenas, casi imperceptibles.
A la mañana siguiente, la sede central de Grupo Wijaya bullía más que de costumbre.
Arman se encontraba en la sala de juntas privada junto a dos hombres de traje costoso y un consultor financiero.
Sobre la mesa, pilas de documentos estaban dispuestas con orden impecable.
—Si el capital ingresa esta semana, su posición será muy sólida —señaló uno de los hombres.
Arman revisó cada página. Pero esta vez no se demoró tanto como solía. La convicción se la habían forjado a lo largo de toda la noche, de modo que no titubeó al tomar la pluma y firmar cada uno de los expedientes. Porque el monto de aquella inversión superaba cualquier decisión de negocios que hubiera tomado antes.
Cuando terminó, todos se pusieron de pie y se estrecharon las manos.
Las felicitaciones llenaron la sala.
—Felicidades por este gran paso, señor Arman.
Arman sonrió. El pecho se le hinchó con una sensación de triunfo, como si acabara de abrir la puerta hacia un futuro más alto.
—Gracias —pronunció.
Mientras tanto, lejos de ahí, en el último piso del edificio de Atma Group, un hombre permanecía de pie, de espaldas a la puerta.
Las manos las tenía metidas en los bolsillos del pantalón. La mirada apuntaba hacia el ventanal que dejaba ver la ciudad entera.
Tres golpes resonaron en la puerta.
—¡Adelante!
Arga, su asistente, entró con una tableta en la mano.
—Señor, Arman Wijaya acaba de firmar la inversión grande —informó.
El hombre no volteó de inmediato. —¿Todo? —preguntó, lacónico.
—Casi todos los activos líquidos y varias garantías adicionales.
Hubo un breve silencio. Luego, aquel hombre esbozó una sonrisa torcida. —Muy ambicioso.
Arga lo observó con cautela. —¿Esto entra dentro de lo que usted preveía?
El hombre giró la cabeza apenas. Sus ojos desprendían una frialdad cortante.
—Los empresarios demasiado ambiciosos muchas veces no se dan cuenta de que caminan hacia el precipicio. —Volvió la vista al ventanal—. Y eso bien podría ser el principio de algo muy doloroso.