Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 22 - El examen del municipio
La inspectora del municipio llegó el martes a las diez con botas de goma y con una carpeta más grande que la de don Ernesto. No era la misma señora de antes. Era más joven y tenía el pelo corto y una campera verde que decía municipio en la espalda. Vino con un veterinario que no conocía y con una chica que escribía todo en un cuaderno.
Entraron al local viejo primero. Miraron las paredes, el techo arreglado, la estufa nueva, las mantas limpias y la mesa con alcohol y vendas. La inspectora me preguntó cuántos animales había atendido en total y le dije que ochenta y dos, contando el zorzal que ya podía mover el ala pero que todavía no volaba. Me preguntó si tenía registro y le mostré mi cuaderno y la carpeta azul con los papeles de adopción. Los miró un rato largo y le dijo algo en voz baja al veterinario.
Después pasaron al local nuevo. Ahí estaba Bruno durmiendo en su cama y el zorzal en su caja. No había más animales porque los gatitos ya se habían ido y las gallinas las vino a buscar su dueña la semana pasada. La inspectora me preguntó por qué tenía dos locales y le dije que en uno pongo a los enfermos y en otro a los sanos y a los que esperan adopción. Me dijo que eso era lo que hacen en la capital y que estaba bien.
Salimos a ver las cuatro cajas de madera de la calle del fondo. La inspectora las miró por dentro y por fuera y le sacó fotos con su teléfono. Me preguntó quién las hizo y le dije que las hicimos con Leo y con Silas con tablas viejas del galpón de su tío. Me preguntó si los perros callejeros las usaban y le dije que sí, que todas las noches estaban ocupadas. En ese momento, el perro negro grande que dormía en una salió y la inspectora lo vio salir y volver a meterse cuando nos fuimos. Se rió y anotó algo.
Volvimos al local viejo y se sentó en una silla que le dio Leo. Me dijo que ahora me iba a hacer preguntas y que tenía que responder sin mirar mi cuaderno. Me preguntó cómo se cura una herida con pus, cómo se baja la fiebre de un perro chico y cómo se sabe si un gato tiene hambre o dolor. Le respondí todo como me enseñó la profesora Vidal y como me enseñó Silas. Le dije que la herida se lava con agua y sal, que se seca y que se pone miel si no hay crema, y que se cambia la venda todos los días. Le dije que la fiebre se baja con paños fríos y con agua y que si no baja en un día, hay que llevarlo al veterinario de la ciudad. Le dije que si un gato tiene hambre, llora bajito y busca con la nariz, y si tiene dolor, se esconde y no deja que lo toquen.
La chica que escribía anotó todo. El veterinario que vino con ella me preguntó cómo supe que la yegua Nieve tenía cólico si no tenía máquinas. Le dije que le toqué la panza y que estaba dura y que tenía la nariz seca y caliente y que no quería caminar. No le dije que en mi cabeza escuché, me duele, no puedo. Le dije que aprendí eso en la escuela y con Silas. Me miró y me dijo que estaba bien y que muchos veterinarios con máquinas no se dan cuenta de eso.
Después me preguntó qué hacía si un animal no se salva. Le dije que lo entierro en el patio de atrás abajo del árbol chico y que le pongo una piedra chica arriba y que lo anoto en mi cuaderno. Le dije que el gatito chico que se murió en invierno está ahí y que a veces lo voy a ver. La inspectora me miró y no dijo nada por un rato. Después me dijo que eso también es parte del trabajo y que pocos lo hacen.
A las doce se fueron. Me dijeron que en una semana me mandaban el resultado por carta con don Ernesto. Cuando se fueron, Leo me dijo que me había puesto nerviosa y que me movía las manos mucho. Le dije que sí, que tenía miedo de que dijeran que el refugio no servía y que me quitaran el local de al lado. Me dijo que no me lo iban a quitar porque las cajas de madera estaban bien hechas.
En la tarde vino Clara y me trajo un libro nuevo que le prestó la profesora Vidal para que estudiara para el examen. Me dijo que su clase iba a venir el viernes a ver el refugio y que la inspectora les dijo que mi refugio podía ser centro de práctica para la escuela. Le dije que sí, que vinieran, pero que trajeran botas porque la calle todavía tenía barro.
El zorzal que tenía el ala golpeada empezó a aletear en su caja y se subió al borde. Lo miré y vi que ya podía abrir las dos alas bien. Lo saqué afuera del local y lo puse sobre la mesa que tenemos en el patio. Movió las alas y voló hasta el árbol chico donde está enterrado el gatito. Se quedó ahí un rato y después se fue volando más lejos. En mi cabeza escuché, puedo volar, gracias. Le dije que se cuidara.
En la noche escribí en mi cuaderno, día ciento diez, vino la inspectora del municipio con veterinario y con chica que escribe, me preguntó todo sin cuaderno, me preguntó por Nieve y por el gatito que se murió, se fueron y me dijo que en una semana me mandan carta, el zorzal se fue volando hasta el árbol chico. Abajo escribí, antes pensaba que tenía que esconder lo que escucho para que no me dijeran rara. Ahora respondo lo que sé y lo que aprendí y con eso alcanza para que me aprueben.
Apagué las dos luces amarillas y salí con Tizón en mi bufanda. Bruno me siguió hasta la esquina como siempre. La calle del fondo estaba con barro pero sin nieve, y las cuatro cajas de madera se veían secas por dentro y con perros adentro que ya me conocen y que mueven la cola cuando paso. Caminé a casa con el cuaderno en la mochila y con la carpeta azul del municipio en la mano, pensando que en una semana iba a saber si el refugio se quedaba como centro de práctica.