Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 24
Los días siguientes transcurrieron en una calma tensa. Emilian había vuelto a su rutina, pero algo había cambiado entre ellos. Ya no era solo el profesor y la aprendiz, ni siquiera dos personas que se atraían. Ahora había una capa más profunda, una confianza que comenzaba a tejerse lentamente, como una herida que cicatriza.
Elara notaba que él la miraba diferente. Ya no era solo con deseo o curiosidad. Había algo más. Algo que se parecía a la esperanza.
Pero aquella mañana, todo cambió.
Elara estaba revisando unos informes en su oficina cuando escuchó gritos en el pasillo. Se levantó y salió, encontrándose con un caos que no esperaba.
Una camilla atravesaba las puertas de urgencias, y sobre ella yacía un hombre con el rostro pálido y manchas rojizas en la piel. Sudaba profusamente y sus ojos estaban en blanco, como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver.
—¡Fiebre alta! —gritó una enfermera—. ¡Delirios!
Elara se acercó y, con la precisión de quien ha hecho esto miles de veces, tomó el pulso del paciente. Rápido. Demasiado rápido. Su piel ardía al tacto.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, con voz tensa.
—Llegó hace unos minutos —respondió la enfermera—. Los compañeros de trabajo lo trajeron. Dicen que empezó a sentirse mal hace tres días. Pero esta mañana empeoró de repente.
Elara frunció el ceño. Algo en los síntomas le resultaba familiar. Demasiado familiar.
—Llévenlo a la sala de aislamiento —ordenó—. Y mantengan a todo el personal alejado hasta que sepamos qué es.
Emilian llegó corriendo momentos después. Su rostro, normalmente sereno, estaba tenso.
—¿Qué tenemos?
—No lo sé aún —respondió Elara—. Pero los síntomas no son normales.
Emilian examinó al paciente con atención. Palpó su cuello, revisó sus ojos, escuchó sus pulmones. Su expresión se oscureció.
—Esto no es una enfermedad común.
—Lo sé.
Las horas siguientes fueron un caos. Llegaron más pacientes. Y luego más. Y luego más.
Todos con los mismos síntomas: fiebre alta, manchas en la piel, delirios, debilidad extrema. Algunos apenas podían hablar. Otros no podían moverse.
El hospital comenzó a llenarse. La sala de urgencias se desbordó, y los pasillos se convirtieron en camas improvisadas. Los médicos trabajaban sin descanso, pero la enfermedad parecía avanzar más rápido que ellos.
—¿Qué es esto? —preguntó uno de los médicos, con el rostro pálido—. ¿Una plaga?
Elara no respondió. Estaba demasiado concentrada en los síntomas, en los patrones que empezaba a reconocer.
No era una plaga. No exactamente.
Emilian la encontró en la sala de aislamiento, examinando a un paciente con más atención que los demás.
—¿Qué ves? —preguntó, con urgencia.
Elara levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, pero también llenos de una certeza que no había tenido antes.
—No es una infección viral —dijo—. Al menos no exactamente. Es una reacción. Algo en el ambiente está causando esto.
—¿Cómo lo sabes?
—Los síntomas son demasiado específicos. Las manchas, los delirios, la fiebre... he visto algo similar antes.
Emilian la miró con atención.
—¿Dónde?
Elara dudó un momento. No podía decirle la verdad, que lo había visto en su vida anterior, en otro mundo. Pero tampoco podía mentir.
—En un libro —dijo finalmente—. Un libro que leí hace tiempo. Hablaba de una enfermedad que se propagaba a través del agua contaminada.
Emilian frunció el ceño.
—¿Agua contaminada?
—Sí. Si hay una fuente de agua que está siendo contaminada por algún desecho o materia en descomposición, podría causar estos síntomas.
Emilian la observó durante unos segundos, procesando la información.
—¿Estás segura?
—No del todo —admitió Elara—. Pero si estoy en lo cierto, entonces podemos detener la propagación.
Emilian asintió lentamente.
—Hay un pozo en la plaza central. La mayoría de la gente de la ciudad obtiene agua de allí.
—Entonces debemos cerrarlo. Inmediatamente.
Emilian la miró con una mezcla de admiración y duda.
—¿Y si te equivocas?
Elara lo miró a los ojos.
—¿Y si tengo razón?
El silencio se hizo pesado. Emilian la observó durante un momento más, y luego asintió.
—Voy a hablar con el director.
Elara sintió un alivio inmenso.
—Gracias.
El pozo fue cerrado esa misma tarde. Emilian convenció al director del hospital y a las autoridades de la ciudad para que actuaran con rapidez, aunque no sin resistencia.
—Es una locura —dijo uno de los concejales—. Cerrar el pozo principal de la ciudad por las teorías de una joven aprendiz.
—No son teorías —respondió Emilian, con una frialdad que cortaba el aire—. Es una medida preventiva. Y si se equivoca, yo asumo toda la responsabilidad.
Elara, que estaba presente, sintió un nudo en la garganta.
Él confiaba en ella. A pesar de todo, confiaba en ella.
Los días siguientes fueron difíciles. Los pacientes seguían llegando, pero el número de nuevos casos comenzó a disminuir lentamente.
Elara trabajaba sin descanso, atendiendo a los enfermos, revisando los informes, buscando formas de aliviar el sufrimiento. Emilian estaba a su lado en todo momento, como un ancla que la mantenía firme.
Pero a medida que la situación mejoraba, una nueva preocupación comenzó a hacerse presente en la mente de Elara.
Su familia.
La mansión Crowe no estaba lejos del centro de la ciudad. Si el agua estaba contaminada, su familia podría estar en peligro. Pero no podía simplemente irse sin más. Emilian notaría su ausencia, y no podía decirle que iba a visitar a su familia porque eso significaría revelar su identidad.
Tenía que ser cuidadosa.
Esa noche, cuando el hospital se calmó un poco, Elara se retiró a su oficina y escribió una carta rápida a su madre.
"Querida mamá: He oído que hay una enfermedad en la ciudad. Me preocupa que puedan estar afectados. Por favor, no beban agua de la ciudad por unos días. Usen agua hervida o de las reservas de la mansión. Estoy bien, y estoy ayudando en el hospital. No se preocupen por mí. Les escribiré pronto. Con cariño, Elara."
Llamó a un mensajero de confianza que solía llevar correspondencia entre la mansión y el hospital, y le pidió que entregara la carta a su madre personalmente.
—Asegúrate de que solo ella la reciba —dijo, con seriedad.
El mensajero asintió y salió.
Elara se quedó sola en su oficina, mirando por la ventana. La noche se había cerrado sobre la ciudad, y el silencio del hospital era casi absoluto.
Esperaba que su familia estuviera bien. Esperaba que la carta llegara a tiempo.
Y esperaba que Emilian no descubriera su secreto antes de que ella estuviera lista para contárselo.
—
Un par de días después, mientras Elara revisaba a un paciente en la sala de urgencias, un mensajero llegó al hospital con una carta para ella.
La abrió con rapidez, reconociendo la letra de su madre.
"Querida hija: Estamos bien. Hemos seguido tus indicaciones y estamos tomando agua hervida. Gracias por avisarnos. Me alegra saber que estás ayudando en el hospital. Tu padre está orgulloso de ti. Cuídate y escríbenos cuando puedas. Con amor, mamá."
Elara sintió un alivio inmenso.
Guardó la carta en su bolsillo y volvió al trabajo con el corazón más ligero.
Pero cuando levantó la vista, Emilian estaba en la puerta, observándola con una expresión que no lograba descifrar.
—¿Quién te escribe? —preguntó, con un tono que intentaba sonar casual.
Elara sintió un escalofrío.
—Mi... mi familia —respondió, guardando la carta rápidamente.
Emilian la miró un momento más, y luego asintió.
—Me alegra que estén bien.
Ella sonrió, pero por dentro sintió que el peso de la mentira comenzaba a hacerse más pesado.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔