Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24: Lo que no dices también cuenta
El problema no era que hubieran hablado.
Era todo lo que todavía no habían dicho.
Allegra no esperaba dormir bien después de eso.
Pero lo hizo.
No profundamente, no sin interrupciones, pero lo suficiente como para notar algo distinto al despertar: su mente no estaba en guerra.
Y eso… era raro.
Se quedó unos segundos mirando el techo, repasando la conversación del día anterior. No con ansiedad, no buscando errores, sino como si intentara entender el significado completo de algo que todavía no terminaba de encajar.
Rowan no había desaparecido porque quisiera irse.
Había desaparecido porque no sabía cómo quedarse.
Y eso…
eso lo hacía más complicado.
Pero también más… humano.
—Estás demasiado tranquila —dijo Maeve desde su cama, sin abrir los ojos.
Allegra no se movió.
—Eso parece.
—¿Debería preocuparme?
—Probablemente.
Maeve abrió un ojo.
—¿Qué pasó?
Allegra giró la cabeza.
—Hablamos.
—¿Y?
Allegra dudó un segundo.
—No fue terrible.
Maeve se incorporó de golpe.
—Eso en tu escala es básicamente perfecto.
Allegra sonrió apenas.
—No exageres.
—No lo estoy haciendo.
Silencio.
Pero ligero.
—¿Te explicó? —preguntó Maeve.
Allegra asintió.
—Más o menos.
—¿Eso significa sí o no?
—Significa que lo intentó.
Maeve la observó.
—Eso suena importante.
Allegra se encogió de hombros.
—Lo es un poco.
Silencio.
—¿Y tú? —preguntó Maeve.
—¿Yo qué?
—¿Le dijiste lo que pensabas?
Allegra apartó la mirada.
—Algo.
—¿Algo?
—Lo suficiente.
Maeve entrecerró los ojos.
—Eso suena sospechoso.
Allegra soltó una pequeña risa.
—No todo tiene que decirse de golpe.
—Tal vez no.
—Definitivamente no.
Silencio.
Pero más profundo.
Maeve inclinó la cabeza.
—¿Te quedaste con algo?
Allegra no respondió de inmediato.
Porque sí.
Y lo sabía.
—Sí —admitió finalmente.
Silencio.
Pero no incómodo.
—Entonces no terminó —dijo Maeve.
Allegra la miró.
—No.
—Solo empezó.
Allegra no respondió.
Pero esa idea…
se quedó.
El comedor tenía su ritmo habitual.
Ruido, conversaciones, movimiento constante.
Pero Allegra no se sentía fuera de lugar.
Eso ya era un cambio.
Se sirvió desayuno, escaneó el lugar casi por reflejo…
y lo encontró.
Rowan estaba en una mesa cercana, hablando con alguien.
No parecía distante.
No parecía incómodo.
Parecía… normal.
Allegra se detuvo un segundo.
Solo uno.
Luego caminó hacia su mesa.
Decisión consciente.
Otra vez.
—Buenos días.
Rowan levantó la vista.
Y por un instante…
hubo algo distinto en su expresión.
Más atento.
Más presente.
—Buenos días.
Allegra se sentó.
—No desapareciste hoy.
Rowan esbozó una leve sonrisa.
—Progreso.
—Lo es.
Silencio.
Pero no incómodo.
No tenso.
Solo… más consciente.
—Ayer —empezó Allegra.
Rowan dejó la taza.
—Sí.
Allegra lo miró.
—No me gustó no saber.
—Lo entiendo.
—Y no voy a fingir que está bien.
—No tienes que hacerlo.
Silencio.
Pero firme.
—Pero tampoco voy a convertirlo en algo más grande de lo que es —añadió ella.
Rowan inclinó la cabeza.
—Eso suena razonable.
—Lo intento.
—Se nota.
Silencio.
Pero más estable.
—Solo… —continuó Allegra— si vuelve a pasar, prefiero que lo digas.
Rowan la observó.
—Lo haré.
—Bien.
Silencio.
Pero esta vez…
ligero.
Como si algo se hubiera acomodado.
—¿Y tú? —preguntó Rowan.
Allegra levantó una ceja.
—¿Yo qué?
—¿Vas a decir cuando algo te moleste?
Allegra dudó.
—Eso suena más complicado.
—Lo es.
—Genial.
Silencio.
Pero con una leve sonrisa.
—Lo intentaré —añadió finalmente.
—Eso es suficiente.
Silencio.
Pero cómodo.
El resto de la mañana pasó sin sobresaltos.
Clases, apuntes, comentarios ocasionales.
Nada extraordinario.
Pero todo… más claro.
Allegra no estaba analizando cada gesto.
No estaba anticipando cada posible error.
Solo…
respondía.
Y eso se sentía más ligero.
—Esto es sospechoso —murmuró durante el descanso.
—Otra vez con eso —respondió Maeve.
Allegra se recostó contra la pared.
—Todo está funcionando.
—¿Y eso es malo?
—No.
—Entonces—
—Es raro.
Maeve sonrió.
—Te estás acostumbrando.
—No digas eso.
—Es verdad.
Silencio.
Pero más suave.
—No estoy acostumbrada a que las cosas… se hablen —dijo Allegra.
Maeve la miró.
—¿Qué quieres decir?
Allegra pensó un segundo.
—Antes, si algo no funcionaba, simplemente… lo evitaba.
—¿Y ahora?
Allegra la miró.
—Ahora no quiero hacerlo.
Silencio.
Pero más profundo.
—Eso es bueno —dijo Maeve.
—Eso es difícil.
—También.
Silencio.
Pero ligero.
La tarde trajo consigo algo inesperado.
No un conflicto.
No un problema.
Sino una conversación.
De esas que no estaban planeadas.
—¿Siempre eres tan directa?
Allegra giró la cabeza.
Clara.
Por supuesto.
—Depende —respondió—. ¿Siempre haces preguntas así?
Clara sonrió.
—A veces.
—Entonces estamos equilibradas.
Silencio.
Pero no incómodo.
—No eres lo que esperaba —dijo Clara.
Allegra inclinó la cabeza.
—Eso suele pasar.
—Pensé que serías más… distante.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Trabajo en eso.
Clara la observó.
—No parece.
—Eso también es parte del trabajo.
Silencio.
Pero curioso.
—Rowan habló de ti —añadió Clara.
Allegra levantó una ceja.
—¿Debería preocuparme?
—No.
—Entonces está bien.
Silencio.
Pero más ligero.
—No tienes que verme como competencia —dijo Clara de pronto.
Directo.
Sin rodeos.
Allegra la miró.
—No lo hago.
Clara sostuvo su mirada.
—Bien.
Silencio.
Pero firme.
—Porque no lo soy.
Allegra esbozó una leve sonrisa.
—Eso no depende solo de ti.
Clara sonrió también.
—Me gusta eso.
Silencio.
Pero menos tenso.
—Nos vemos —dijo Clara finalmente.
—Claro.
Allegra la vio irse.
Y por primera vez…
no sintió esa incomodidad inmediata.
No celos.
No comparación.
Solo… curiosidad.
Y eso…
eso también era nuevo.
Esa noche, Allegra no estaba en la ventana.
Ni evitando.
Ni pensando en exceso.
Estaba sentada en su cama, con el cuaderno abierto, escribiendo.
No apuntes.
No listas.
Pensamientos.
Desordenados.
Honestos.
Reales.
—Eso sí que no lo veía venir —dijo Maeve.
Allegra levantó la vista.
—No lo menciones.
—Estoy impresionada.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Silencio.
Pero cómodo.
Allegra volvió al cuaderno.
Escribió una frase.
La leyó.
No la borró.
—No todo tiene que decirse en voz alta —murmuró.
Maeve la miró.
—Pero algunas cosas sí.
Allegra sonrió apenas.
—Lo sé.
Silencio.
Pero más claro.
Porque ahora entendía algo que antes no:
No todo se resolvía en una conversación.
Pero tampoco todo debía quedarse en silencio.
Y estaba aprendiendo…
muy lentamente…
a diferenciarlo.
Y eso…
aunque imperfecto…
era un avance.