En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
NovelToon tiene autorización de yangmi_pushia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La guardia de la Reyna
La herida en el hombro de Fah resultó ser más profunda de lo que el orgullo de la joven quería admitir. Al amanecer, la fiebre comenzó a subir, tiñendo sus mejillas de un rosa febril que contrastaba con la palidez de su piel.
El corte de la sicaria, aunque limpio, había rozado una arteria menor, y el esfuerzo del combate había dejado a Fah exhausta, con el cuerpo temblando bajo las sábanas de seda.
Dará no se apartó de su lado durante las primeras horas, sosteniendo su mano con una fijeza casi aterradora. Pero cuando llegó el informe de que Duarte había sido visto huyendo en una lancha rápida hacia una isla privada a pocos kilómetros, la mirada de Dará se transformó en puro hielo.
Dará se levantó de la cama, ajustándose su reloj de platino. Miró a Fah, que luchaba por mantener los ojos abiertos, sumida en un sueño inquieto provocado por los analgésicos.
—Tienes que descansar, mi pequeña sombra —susurró Dará, besando su frente ardiente—. No puedo dejar que te esfuerces más. Tu cuerpo ha dado suficiente por mí hoy.
Dará llamó a su equipo médico de confianza y a cuatro de sus guardias más letales, hombres que le debían la vida y que morirían antes de dejar que alguien entrara en esa habitación.
—Escúchenme bien —sentenció Dará, su voz resonando con una autoridad que hacía vibrar las paredes—. Fah es mi vida. Si algo le sucede mientras no estoy, si su fiebre sube un solo grado sin que yo lo sepa, o si alguien se atreve a cruzar esa puerta, sus cabezas rodarán antes de que yo regrese.
Dará dejó a cargo a una enfermera de élite, dándole instrucciones específicas: nadie debía tocar las marcas de Fah bajo la clavícula, y solo se le permitiría beber agua de cristalería fina. Antes de salir, Dará se inclinó sobre Fah y le susurró al oído:
—Voy a traerte un regalo, mascota. Voy a traerte la cabeza del hombre que se atrevió a derramar tu sangre. Duerme para mí.
Mientras Fah entraba en un letargo profundo, Dará se enfundó en un traje de combate negro y abordó un helicóptero privado. No iba a enviar a sus hombres; esta era una deuda personal.
Llegó a la isla de Duarte bajo una lluvia torrencial. La seguridad del traidor fue barrida en cuestión de minutos. Dará caminaba por los pasillos de la villa costera con una escopeta táctica, su rostro era una máscara de furia divina. Encontró a Duarte escondido en un sótano, temblando entre cajas de dinero.
—¡Dará, espera! ¡Podemos negociar! —gritó Duarte, arrastrándose por el suelo.
Dará no dijo una palabra. Se acercó a él y, con un movimiento rápido, lo golpeó con la culata del arma, dejándolo aturdido. Lo tomó por el cabello, obligándolo a mirarla.
—Tú no negocias con una Reina a la que intentaste quitarle su tesoro —siseó Dará—. Fah está en mi cama, herida por tu culpa. Y tú vas a desear nunca haber nacido.
Horas después, antes de que saliera el sol, Dará regresó a la villa. Estaba manchada de sangre que no era suya y su expresión era de una calma absoluta. Entró en la habitación de Fah, despidiendo al equipo médico con un gesto brusco.
Fah despertó lentamente, sintiendo el aroma a sándalo y pólvora de Dará. La fiebre había bajado un poco.
—¿Dará...? —murmuró Fah, intentando incorporarse.
Dará la detuvo suavemente, sentándose a su lado y mostrándole un pequeño saco de cuero negro que goteaba ligeramente sobre el suelo de mármol.
—Ya no hay más Duarte, mi sombra —dijo Dará, acariciando la mejilla de Fah con una mano enguantada—. El mundo vuelve a ser un lugar seguro para nosotras. Ahora, quédate quieta. Tu dueña va a cuidarte el resto de la noche.
Dará se despojó de su ropa manchada y se deslizó en la cama junto a Fah, envolviéndola en un abrazo protector. Fah apoyó la cabeza en el pecho de Dará, sintiendo el latido rítmico de su corazón. La guerra había terminado, y en el silencio de la madrugada, solo quedaban ellas dos y el peso de una lealtad que ya no conocía límites.