Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 24
La luz del sol italiano entró por la ventana del apartamento como una acusación. Yo sentía que los párpados me pesaban tres libras cada uno, no solo por el sueño, sino por el "yeyo" que tenía en el pecho después de la escena de la madrugada. El aroma a café recién colado por Doña Altagracia inundaba la casa, pero esta vez el olor no me traía paz.
En la mesa del comedor, el ambiente estaba más tenso que una cuerda de violín en un concierto de rock. Elizabeth estaba sentada frente a su plato de mangú, pero ni lo tocaba. Sus ojos, normalmente dulces, estaban fijos en el vacío, y su cara era de "pocos amigos".
—Buen provecho, mi gringa... —susurré, tratando de romper el hielo con un martillito de madera.
Ella ni me miró. Agarró el tenedor, movió un pedazo de salami y soltó un suspiro que me llegó al alma.
—¿Te pasa algo, Elizabeth hija? —preguntó mi papá, Don Ramón, bajando el periódico y mirando por encima de sus lentes—. Te veo como apagada, y el niño necesita que esa mamá esté activa.
—No es nada, Don Ramón —respondió ella con una voz tan fría que hasta el café se me enfrió en la taza—. Es solo que anoche hubo mucha "actividad" en el cuarto y no pude descansar bien. Parece que en el campo de la Dominicana las notificaciones bancarias llegan con nombre de mujer y perfume de jazmín.
¡Zas! Tiró la pulla y se levantó de la mesa sin terminar de desayunar. Se fue a la habitación y cerró la puerta con una delicadeza que daba más miedo que un portazo.
—¿Y a esta qué le picó? —preguntó mi mamá, Doña Altagracia, con la mano en la cintura—. Alismeidy, ¿qué fue lo que tú hiciste ahora, muchacha del diablo?
En cuanto Elizabeth desapareció, el apartamento se convirtió en un juzgado de paz. Yo me hundí en la silla, deseando ser una hormiga para esconderme en una grieta del piso.
—Mami, es un lío... —empecé a contar, bajando la voz—. Anoche me llegó un mensaje de la jefa, de Alessandra. Parece que la mujer no tiene paz y se puso a escribirme a las tres de la mañana sobre la "noche que pasó" en la mansión de sus padres. Elizabeth vio el mensaje, y para colmo, ayer encontró una mancha de labial en mi camisa.
—¡Ay, mi madre! —gritó Doña Altagracia, dándose una palmada en la frente—. ¡Pero tú lo que eres es una bruta con pedigrí! ¡Casada con una millonaria por cuestiones legales y teniendo a la gringa preñada en la otra habitación! ¡Tú quieres que me dé un patatús!
Junior, que acababa de salir de su cuarto oliendo a perfume caro y con una sonrisa de oreja a oreja, soltó una carcajada que resonó en todo el edificio.
—¡Wao, Alis! ¡Tú sí que eres una artista del toyo! —dijo Junior, sirviéndose un jarro de café—. O sea, que la jefa está "chapiando" tus sentimientos a deshora. Eso se llama estar en el pico de la ola, manita. Tú tienes a una que te cuida el hijo y a la otra que te cuida el bolsillo. ¡Tú eres mi ídolo!
—¡Cállate tú, Junior, que tú eres otro caso perdido! —le gritó Don Ramón, amagando con quitarse la correa—. ¡Aquí no criamos chulos ni estafadores!
—¡Ay, viejo, no sea así! —respondió Junior, esquivando el bulto—. Miren este cheque. Sonia quedó tan encantada con mi "asesoría estratégica" de anoche, con violines y langosta, que me soltó los cuartos para un carro. El tigre no pierde, el tigre se desliza.
—¡Tú lo que eres es un aprovechado! —le soltó mi mamá—. Y tú, Alismeidy, estás jugando con fuego. Esa gringa es una buena Omega, pero cuando una mujer se harta, no hay sancocho que la devuelva. Esa jefa tuya lo que quiere es meterte en su mundo de gente rica y vacía, y tú te estás dejando llevar por el brillo.
Pasé la mañana escuchando los boches de mis viejos y las burlas de Junior, sintiéndome como la villana de una novela de las cinco de la tarde. Pero no tenía tiempo para lamentarme; la gala benéfica era en unos días y yo tenía que cumplir mi papel de "esposa trofeo o más bien la esposa perfecta".
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La noche cayó sobre Roma como un manto de terciopelo. Yo estaba frente al espejo de la mansión principal en Roma, tratando de reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. Llevaba un traje de diseñador, hecho a la medida, de un color azul noche que hacía que mi piel dominicana resaltara de una forma increíble. El pelo bien puesto, el reloj de miles de euros en la muñeca y, por supuesto, el anillo de diamantes que Elizabeth casi descubre anoche brillando en mi mano.
Alessandra entró a la habitación y por un segundo se quedó sin aire. Ella llevaba un vestido rojo que gritaba "peligro" y "poder". Sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo.
—Estás... aceptable, Alismeidy —dijo ella, tratando de mantener su máscara de hielo, aunque vi cómo se le erizaba la piel cuando me acerqué para arreglarle un tirante.
—Usted también se ve bien, jefa. Parece que hoy vamos a romper el Coliseo —le respondí con un guiño, tratando de aligerar la tensión.
Llegamos a la fiesta en el hotel de lujo. Éramos, oficialmente, la "pareja del año". Los flashes de las cámaras nos cegaban y los susurros de la alta sociedad italiana eran como un zumbido de abejas. Yo caminaba con el pecho afuera, sacando mi Alfa interior, protegiendo a Alessandra como si ella fuera mi vida entera, aunque todo fuera un teatro.
En medio del salón, rodeada de copas de cristal y gente que olía a dinero viejo, apareció ella: **Valentina Moretti**.
Valentina caminaba como si el piso fuera de su propiedad. El odio entre ella y Alessandra era algo que se podía tocar. Valentina era la viva imagen de la traición familiar. Resulta que su madre se había casado con un Alfa de la familia Moretti, los rivales históricos de los Valenti, en contra de todos los consejos y voluntades. Desde entonces, las primas se miraban como dos generales en campos de batalla opuestos.
—Alessandra, querida —dijo Valentina con una sonrisa que no le llegaba a los ojos azules—. Veo que por fin encontraste a alguien que aguante tu carácter. Aunque no sabía que ahora los Valenti importaban sus "soluciones" desde el Caribe.
Alessandra se tensó a mi lado. Yo sentí su pulso acelerarse bajo mi mano.
—Al menos mi "solución" tiene sangre en las venas, Valentina, no agua bendita con veneno como la tuya —respondió Alessandra con una elegancia que me dio ganas de aplaudir.
Valentina me miró. Me escaneó como si fuera un bicho raro.
—Y tú, ¿cuánto te costó el papel de esposa? —me soltó Valentina en voz baja, desafiante—. Ten cuidado, dominicana. En este mundo, las que no saben nadar terminan en el fondo del Tíber.
Yo le sostuve la mirada. No le bajé ni un milímetro.
—Mire, doña —le dije con mi lenguaje coloquial pero firme—, yo vengo de un sitio donde aprendemos a nadar antes que a caminar. Usted preocúpese por sus joyas, que yo sé cuidar lo mío.
La tensión entre las dos Alfas dominantes era tal que la gente alrededor empezó a alejarse. Ninguna de las dos cedía. Éramos tres mujeres poderosas en un juego donde las reglas las ponía el orgullo.
Después de la fiesta, con los pies matándome y el cerebro frito de tanto fingir, llevé a Alessandra de vuelta a la mansión en Roma. El trayecto fue silencioso. Al llegar a la entrada, me bajé para abrirle la puerta.
—Alismeidy... —dijo ella, deteniéndose antes de entrar—. Quédate esta noche. No quiero estar sola en esta casa tan grande. Hay habitaciones de sobra... o puedes quedarte en la mía.
La oferta colgaba en el aire, cargada de una necesidad que no tenía nada que ver con el contrato. Alessandra me miraba con una vulnerabilidad que me desarmó. Por un momento, olvidé el trato, olvidé el dinero y solo vi a una mujer que se sentía sola en una jaula de oro.
Pero entonces, la imagen de Elizabeth, con su barriga de seis meses y sus ojos tristes, me golpeó la cara.
—No puedo, Alessandra —le dije, bajando la cabeza—. Elizabeth está en casa. Está embarazada, se va sentir mal y... yo no puedo dejarla sola. Ella es mi realidad.
Alessandra retrocedió un paso, como si le hubiera dado una bofetada. Sus ojos se llenaron de una sombra de tristeza que no pudo ocultar.
—Tienes razón —dijo ella, recuperando su postura rígida—. Ella es tu realidad. Yo solo soy tu esposa de mentira y tú jefa. Vete a tu casa, Alismeidy. Mañana te quiero en la oficina a las ocho.
Cerró la puerta de la mansión y yo me quedé parada en la acera, bajo la luna de Roma, sintiéndome como la persona más dividida del mundo. Tenía a una esposa de mentira que se estaba enamorando de mí en un palacio, y a una mujer de verdad que me estaba perdiendo en un apartamento del barrio.
Manejé hacia mi casa, quitándome la corbata y el anillo, volviendo a ser la Alismeidy de siempre, la que está metida en un "toyo" que ni el mejor abogado de Italia iba a poder resolver.
Al abrir la puerta de mi casa, vi a Elizabeth durmiendo en el sofá, esperándome. Me senté a su lado y le acaricié la barriga, sabiendo que el mañana iba a ser todavía más difícil que hoy.
Continuará...🔥