Nació gemelo, pero jamás fue tratado como tal. Marcado en el rostro, fue despojado de nombre, amor y humanidad. Mientras su hermano era criado como el elegido, él fue guardado como reemplazo, como ofrenda silenciosa. Cuando el prometido huye la noche del sacrificio, la familia no duda: no lo buscan… lo borran.
Y entonces lo entregan a él.
Traicionado por su propia sangre, ofrecido a un demonio que nunca aceptó el trato original, descubre que el pacto no exigía un hijo perfecto, sino uno roto. En un mundo donde el amor es una mentira y la familia es el primer verdugo, aprenderá que la verdadera monstruosidad no viene del infierno, sino de quienes sonríen mientras te sacrifican.
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Declaración de amor.
Día del Baile.
Las familias convocadas asistieron.
Condes de Nocthären.
Duques de Ignivar.
Príncipes de Velkyn.
El Duque de Khaelor.
La Casa Vaelthra.
La Casa Ner’Zhaal.
Y la más esperada: la familia real imperial Vaelrion.
El conde Drácula Nocthären recibió a todos con la elegancia y pulcritud propias de alguien de su posición, sin apartar los ojos de Daniel, algo que a Azrael no le causó ninguna gracia.
—Bienvenidos —dijo el conde Drácula Vladamir, mirando fijamente a Daniel.
—Deja de ser tan descarado. No mires a mi esposo de ese modo —respondió Azrael, tomando una copa de vino sin mirarlo directamente.
—¿Cómo puede Su Alteza pedirme algo así cuando tengo frente a mí a tan magnífica criatura?
Azrael lo miró con frialdad, y el conde se alejó discretamente, no sin antes dedicarle una sonrisa descarada.
La ceremonia comenzó. Para Daniel, todo aquello era nuevo.
Primero avanzó un joven vampiro con una túnica roja. Al cruzar el umbral, esta se tornó completamente negra, revelando su animal demoníaco: un hermoso y terrible oso.
Daniel se sobresaltó y, por instinto, tomó del brazo a Azrael. Él sonrió.
La algarabía estalló. Sonidos distintos, unos más espeluznantes que otros, inundaron el salón.
Luego vinieron los regalos: joyas, magia, pócimas, armas, propuestas matrimoniales, música…
Y, por fin, llegó el turno de la familia imperial.
Daniel se levantó.
Bastó un solo gesto de su mano para que la música cobrara vida.
La melodía era melancólica, triste y peligrosamente cautivadora; se deslizaba por el salón como una caricia lenta, cargada de promesas antiguas.
Daniel se desprendió del abrigo que lo cubría.
Ante los ojos de los presentes se reveló un traje de baile rojo profundo, bordado con delicados adornos de oro que atrapaban la luz como si ardieran desde dentro. El salón contuvo el aliento.
El baile comenzó.
Daniel no danzaba: volaba.
Su cuerpo y la música eran uno solo; cada movimiento era preciso, elegante, irrepetible. No existía el murmullo, no existía el tiempo. Solo aquel regalo mágico que se desplegaba ante ellos, hipnótico y solemne.
El conde Drácula Nocthären, que hasta entonces había sostenido esa sonrisa pícara cada vez que sus ojos se posaban en Daniel, se volvió serio.
Lo observaba ahora con la atención de un cazador que ha reconocido, por fin, a su presa.
Su hijo, incapaz de apartar la mirada, quedó completamente hipnotizado por el espectáculo.
La perfección de Daniel despertó algo antiguo y peligroso en su interior.
La sed de sangre se manifestó.
Sin medir las consecuencias, avanzó entre los invitados y corrió hacia Daniel. Lo tomó de la mano con firmeza y lo atrajo hacia sí, obligándolo a detener el baile. Sus miradas se encontraron, intensas, como el reencuentro de dos amantes.
Por puro instinto, Daniel buscó a Azrael.
El Rey del Inframundo seguía sentado en su lugar, inmóvil… pero su mirada era sombría, densa, posesiva.
Tan oscura que hizo temblar a Daniel hasta los huesos.
La música continuó sonando.
Eryon Nocthären: Mírame, alteza —dijo con un tono más cargado de súplica que de orden.
Daniel volvió los ojos hacia él.
—Me resulta impactante su manera de bailar. Nunca había tenido el honor de recibir un regalo de este valor… y espero, por favor, que haya sido algo hecho solo para la exclusividad de este momento.
Dicho esto, Eryon se inclinó ante él.
Drácula y Azrael se pusieron de pie al mismo tiempo.
Azrael tomó a Daniel del brazo; Drácula sujetó a su hijo con fuerza.
Todos los presentes, aun siendo conscientes de que en ese instante se libraba una guerra silenciosa de egos y poder, no podían dejar de pensar en lo hermoso que era Daniel.
Todos… excepto la familia Nocthären.
Azrael sacó a Daniel del salón, lo subió al carruaje y ordenó al cochero que partiera de inmediato.
Mansión del Conde.
Azrael irrumpió en la sala privada.
Drácula y su hijo estaban solos.
Sin mediar palabra, Azrael miró a Eryon y le propinó un golpe brutal que lo lanzó al suelo.
El vampiro se levantó y respondió con otro golpe.
Azrael tambaleó… y devolvió el impacto con más fuerza.
Drácula intervino.
También fue golpeado.
No hubo gritos.
No hubo reproches.
Mucho menos preguntas.
Solo el sonido de los golpes, la respiración agitada y los objetos rompiéndose contra el suelo.
Tres horas después, el silencio era absoluto.
Los tres sangraban.
La sala privada estaba completamente destruida.
Azrael se incorporó y clavó la mirada en Eryon.
—Si vuelves a tocarlo, te juro que te entierro una estaca en el pecho.
Eryon, jadeando, respondió:
—Entonces hazlo. Porque la única manera de que me aleje de él… es que él mismo me lo pida.
Drácula golpeó a su hijo en el rostro.
—¡Ya cállate! —gritó—. Guarda tus pensamientos para ti.
Azrael se marchó sin decir una sola palabra.
La sangre recorría su cuerpo mientras desaparecía por el corredor.
Cuando quedaron solos, Eryon miró a su padre, confundido.
—A usted también le gusta, ¿no es así, padre?
—¿Cómo que también? —respondió Drácula con desprecio—. ¿Te gusta ese humano repugnante y vulgar?
—Te gusta —insistió Eryon—. ¿Y mi madre? ¿Qué pensará ella?
Padre… Azrael tiene muchas esposas. Yo estoy soltero.
Por favor, dígale que me permita casarme con él.
—Estás loco —escupió Drácula—. ¿Crees que cederá? De ninguna manera. Además…
—¿Además qué? ¡Hable!
Drácula se cubrió el rostro.
—También me gusta.
—Padre… nunca he pedido nada. Nunca he exigido nada. Me he conformado con todo.
Estoy dispuesto a darle mi ejército oscuro al rey si me concede a ese hombre.
Aún no están casados. Usted puede hacer algo.
—¡No! —rugió—. No haré nada.
Y sácate eso de la cabeza. Si hoy no te mato es porque estoy aquí.
No abuses de tu suerte. No tendrás otra oportunidad.
Drácula lo miró con dureza.
—¿Estás dispuesto a perder tu vida por él?
El silencio de Eryon fue la peor respuesta posible.
Drácula cerró los ojos.
—Hijo… eres mi heredero. El príncipe de los vampiros.
Por favor, no hagas una estupidez.
Incluso yo sé que alguien como Azrael no es de tomar a la ligera.
No te perdonará otra vez.
Hizo una pausa, con auténtico temor en la voz.
—De hecho… temo por la suerte de ese chico.
sería genial qué pasará eso, queda como que el plan que tenía se dio vuelta y no salió como esperaba
ahhh más más capítulos