Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 24
Valerius avanzaba por los corredores exteriores del palacio, escoltado por cuatro miembros de la guardia real. Las murallas proyectaban sus sombras largas sobre el suelo de piedra. Desde allí podía ver el patio de entrenamiento, los balcones del ala este y, más allá, los jardines bajos donde la corte rara vez se aventuraba sin permiso.
El rey escuchaba, observaba, medía. Fue entonces cuando Valtor apareció. No anunció su presencia. Simplemente se colocó frente a él, cruzando el camino con la naturalidad de quien no necesita autorización. Los guardias tensaron el cuerpo de inmediato, pero Valerius levantó una mano, deteniéndolos.
—Hermano —dijo con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos—. No esperaba verte hoy.
—Necesito hablar contigo —respondió Valtor—. En privado.
Valerius lo evaluó unos segundos. Luego asintió.
—Bien. Pero no aquí.
Antes de avanzar, una figura pequeña salió corriendo desde uno de los pasillos laterales. Daya, con su vestido claro y el cabello recogido de forma perfecta, se lanzó casi contra Valtor, aferrándose a su brazo.
—¡Valtor! —exclamó—. ¿Te vas hoy?
Él se inclinó un poco para quedar a su altura.
—Si —dijo con calma—. Dentro de poco.
Ella frunció el ceño.
—Quiero ir contigo al castillo. Me gusta más que este lugar.
Valerius soltó una risa suave.
—Deberías consentirla —comentó—. Es la menor. Y tú siempre has sido demasiado severo.
Valtor negó con la cabeza.
—No ahora. Te buscaré cuando pueda.
Daya hizo un puchero, pero antes de insistir, Valerius colocó una mano en su hombro.
—Ve con las damas, pequeña. Déjanos a los adultos hablar.
Ella obedeció, aunque lanzó una última mirada a Valtor antes de marcharse. Cuando desapareció por el corredor, Valtor volvió a mirar a su hermano.
—Sígueme.
Caminaron hasta la sala de entrenamiento interior, un espacio amplio de muros desnudos, columnas robustas y suelo marcado por años de práctica. Las armas colgaban ordenadas en los soportes laterales.
—¿Aquí? —preguntó Valerius—. Pensé que querías hablar.
Valtor se giró de golpe.
—Te exijo un duelo.
El silencio cayó con peso. Los guardias se miraron entre sí, tensos. Valerius parpadeó una vez… y luego rió.
—¿Un duelo? —repitió—. ¿Estás bromeando?
—No.
El rey se apoyó en una columna, divertido.
—Soy el rey. Tú eres mi gran guerrero. Sabes que tengo desventaja contigo.
—No me vengas con eso —respondió Valtor—. Eres tan bueno en la política como en la esgrima. No te escondas ahora.
Valerius dejó de sonreír. Caminó hacia el soporte de armas y tomó una espada sin dudar, ignorando su vestimenta refinada, y los anillo en sus dedos.
—Muy bien —dijo—. Pongamos reglas.
Valtor asintió.
—Si gano, esa mujer se va. Y te casarás con quien yo elija.
Valerius lo miró con incredulidad.
—¿Y si gano yo?
—Serás mi rehén esta noche.
—¿Qué?
El rey soltó una carcajada breve, incrédula.
—Estás loco. Todo esto por culpa de esa campesina.
Valtor no respondió. Ya estaba empuñando su espada.
El primer choque fue seco. Metal contra metal, preciso. Valerius atacó primero, rápido, con técnica limpia. Valtor retrocedió un paso, midiendo, adaptándose a un arma que no era la suya.
Valerius era mejor con la espada. Eso era evidente. Sus movimientos eran fluidos, calculados. Forzó a Valtor a la defensiva, marcando el ritmo. Un giro, una estocada baja, otra alta. Valtor bloqueó, giró la muñeca, retrocedió de nuevo.
Pero Valtor resistía. Esperaba. En un cruce cercano, logró deslizar el filo contra el brazo de Valerius. No profundo, pero suficiente. Sangre oscura manchó la manga blanca.
Los guardias dieron un paso adelante.
—¡Es un duelo! —ordenó el rey, respirando con más fuerza—. Todo se vale.
La pelea continuó. El cansancio comenzó a notarse en Valerius. Su respiración se volvió irregular. Valtor, en cambio, parecía medir cada segundo. Cuando sonrió, Valerius lo entendió demasiado tarde.
—Sé que eres bueno —dijo Valtor—. Nunca pensé vencerte limpiamente.
—Maldito tramposo… —gruñó Valerius, lanzando una última estocada.
No llegó.
Sus piernas cedieron. El rey cayó al suelo de piedra con un golpe seco. Los guardias reaccionaron de inmediato, pero Valtor levantó la espada.
—Respeten las reglas del duelo.
Se acercó a Valerius, que yacía consciente pero derrotado.
—Caíste primero —dijo—. O… ¿quieren desafiar la palabra del rey?
Nadie respondió.
Esa noche, Valerius fue llevado al castillo menor. Despertó con el olor a cacao.
La cocina era cálida, con el fuego encendido. Frente a él, Diodora lo observaba con calma.
—Bienvenido, majestad.
Valerius la miró, aún desorientado.
—Tú.