—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
NovelToon tiene autorización de Gabitha para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
ESTUDIO
Después de lo ocurrido con la presentación, Nicolás y Rafael habían decidido mantener un perfil bajo. No estaban interesados en buscar más problemas con los maestros; bastante tenían ya con la competencia, los rumores y la repentina atención del salón entero.
Rafael, por su parte, tenía un dilema personal:
no podía dejar de escuchar los pensamientos de Nicolás.
Cada emoción, cada miedo, cada idea fugaz… todo le llegaba como un susurro inevitable.
Era un problema, sí… pero uno que no estaba dispuesto a confesar.
No todavía.
No cuando esos pensamientos eran tan íntimos, tan puros, tan únicos.
Tan suyos.
Los antiguos compañeros de Nicolás también habían notado algo.
El omega ya no era el mismo chico tímido y apagado que habían conocido un año atrás.
Ahora sonreía más, mostraba seguridad, y cuando hablaba frente al grupo… era imposible no escucharlo.
Parecía tener un brillo propio.
El profesor de matemáticas interrumpió el murmullo del salón.
—Joven Nicolás, puede pasar a resolver esta ecuación.
Nicolás se levantó sin quejarse. Caminó hacia el pizarrón con una calma que desarmó a varios.
Observó el problema y soltó un pequeño suspiro.
{Esto es lo más fácil que he visto.}
El pensamiento llegó directo a Rafael, que tuvo que morderse la lengua para no reír.
En segundos, Nicolás resolvió la ecuación con precisión quirúrgica.
El profesor lo observó, impresionado.
—Gracias, joven Nicolás. Si tan solo sus compañeros tuvieran algo de cerebro como usted, no estarían por debajo del promedio base del colegio.
Varios compañeros bufaron. Otros bajaron la mirada, avergonzados.
Y el profesor no mentía.
En el grupo, la mayoría eran un desastre en todas las materias.
Los únicos que lograban salvar el promedio eran cuatro: Rafael, Nicolás, Sofía —una beta muy reservada— y Germán, un omega que solía sentarse al fondo y huir de los chismes.
Rafael abrió los ojos, sorprendido.
Su prometido no solo era hermoso, talentoso en la danza y brillante en su actitud…
sino que además tenía una mente matemática excelente.
Y aunque intentó concentrarse, su mente lo traicionó, llevándolo al recuerdo del ensayo de baile.
La forma en que Nicolás se movía.
La gracia en su espalda.
Ese brillo suave cuando giraba.
La forma en que su respiración se aceleraba…
Su apodo, pequeño cisne, le quedaba perfecto.
Demasiado perfecto.
Y justo allí, Rafael recordó algo:
esa mañana, camino a la escuela, Nicolás lo había visto diferente.
Distante.
Evitando mirarle a los ojos.
Y sí, tenía razón.
Porque mirar a Nicolás significaba escuchar más pensamientos de los que podía manejar sin ruborizarse.
El timbre sonó, sacando a todos de su letargo.
Pero antes de que pudieran levantarse, el profesor levantó la mano.
—Antes de que se vayan, hay algo que deben saber.
Unos días antes de la competencia habrá una evaluación general.
Y ustedes son el grupo con las calificaciones más deplorables de este prestigioso instituto.
Un murmullo de horror recorrió el salón.
—Si no fuera por Nicolás —continuó el profesor— estaríamos por debajo de reprobados.
Así que escuchen bien: todo aquel que repruebe la prueba no participará en la competencia de baile.
—¿Pero…? —intentó decir una chica del fondo.
—Ya están a punto de culminar la carrera. Algunos incluso ya tienen asignados sus lugares para sus primeros años de experiencia.
Así que pónganse las pilas.
En especial usted, señorita Viviana.
El salón entero volteó a ver a la omega.
—No sé qué le pasó —réplica el maestro—, pero en el examen de inicio de curso sus respuestas no se parecen en nada a las del año pasado.
—Maestro, si me permite, yo… —intentó excusarse Viviana.
—Señorita Viviana, no le estoy pidiendo explicaciones —la cortó el profesor con firmeza—. Su promedio es de los más bajos, junto con el de su grupito de amigas.
Si yo fuera usted, buscaría una forma de estudiar en lugar de reunirse a pintarse las uñas.
Las amigas de Viviana tragaron saliva, incómodas.
Nicolás, desde su asiento, sonrió discretamente.
{Si supieran que detrás de esas buenas calificaciones había alguien que la ayudaba…}
Entonces la voz conocida apareció.
{(Joven Nicolás, le traigo noticias.)}
Cornelio había regresado.
Nicolás se sobresaltó un poco.
{(¡¿Qué haces?! Alguien podría verte.)}
El pequeño espíritu flotó a su lado, invisible para los demás.
{(Recuerde que le dije que no pueden verme. Solo usted puede. Ni siquiera mi antiguo amo podía.)}
{(Cierto… ¿Qué noticias traes?)}
preguntó Nicolás, tratando de mantener una expresión neutral.
{(Son sobre su antiguo mundo. Logré dar con el lugar y con los niños que vivieron ahí.)}
El corazón de Nicolás se detuvo por un segundo.
{(¿Eso significa que cerraron el orfanato… no es así?)}
La angustia lo golpeó fuerte.
{(No. En su mundo ya han transcurrido años desde su muerte. Mire, traje fotos de los cambios en la ciudad.)}
Cornelio extendió unas imágenes espirituales que solo Nicolás podía ver.
{(Ha cambiado mucho…)}
susurró Nicolás.
{(¿Y los niños? ¿Los adoptaron? ¿Qué pasó con Julia?)}
Cornelio asintió.
{(Primero, su cuerpo fue encontrado. Parece que el dueño del lugar estaba repartiendo volantes para un festival cuando tocó su puerta, al no recibir respuesta, entró. Informó a la señora Julia. Ella fue se encargó de darle un funeral digno.)}
Un nudo se formó en el pecho de Nicolás.
{(Días después del funeral, Julia recibió una llamada: donde se le comunico que usted la había dejado como su heredero universal. Gracias a ese dinero pudieron renovar el orfanato.)}
Nicolás respiró hondo, conteniendo el temblor.
{(Los niños… algunos no fueron adoptados. Pero al crecer les ha ido bien. Y hay una en especial que no ha dejado de visitar su tumba. Ella abrió una pastelería llamada… Estrella Fugaz.)}
Los ojos de Nicolás se suavizaron.
{(Estrella Fugaz… ya sé quién es.)}
Una sonrisa pequeña y triste apareció en su rostro.
{(Gracias, Cornelio. ¿Puedes ayudarme con otra cosa?.)}
{(Claro, dígame qué necesita.)}
{(Pronto habrá un “accidente”. Necesito que vayas con el tío Marcel. Averigua quién lo está planeando. Y consigue pruebas físicas. Necesito mostrárselas personalmente.)}
{(Entendido.)}
Y desapareció.
—Nicolás, ¿podrás ayudar a tus compañeros? —preguntó el maestro, frente a él.
—¿A-ayudar?, Si claro—parpadeó el omega.
—Sí, que alivio. A partir de mañana, durante mi clase, usted se encargará de explicarle a sus compañeros lo que no entiendan. Considérenlo horas de estudio asistido.Ahora sí, pueden retirarse.
Nicolás comprendió por fin:
se había metido, sin querer, a un taller académico.
Más carga, más responsabilidad.
{Tendré que hablar con el maestro de ballet…
si movemos las prácticas al fin de semana, quizá no muera de agotamiento.}
Rafael escuchó su pensamiento al instante.
Y su sonrisa apareció de nuevo.
Él se acercó, tomó la mano de Nicolás y le cargó la mochila con la otra.
—Vamos, tutor. Es hora de irnos a casa.
Nicolás soltó una risa suave.
—Vamos.
Nos vemos, Diana.
Diana les devolvió el saludo, sin saber que su simple cercanía había encendido la furia silenciosa de Viviana.
La beta observaba desde el fondo, temblando de rabia.
Primero la habían ridiculizado frente al salón.
Ahora tendría que aceptar la tutoría del mismísimo Nicolás.
Y encima…
él se llevaba tan bien con Diana.
Su pecho ardía.
Su orgullo dolía.
Y la envidia le quemaba las venas cada vez más.
—Maldito omega… —susurró, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se enterraron en su propia piel.