Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 20: El precio de la salvación familiar
El aire del estacionamiento subterráneo del centro comercial abandono olía a humedad, gasolina rancia y caucho quemado.
La luz de un tubo fluorescente parpadeaba en el techo, emitiendo un zumbido agudo que cortaba el silencio de la madrugada.
Mía del Sol estaba apoyada contra una columna de concreto. Vestía un abrigo de lana arrugado, con el cabello despeinado y el rostro surcado por líneas de rímel corrido. Sus manos, temblorosas y frías, no dejaban de presionar la pantalla de su teléfono.
El sonido de unos tacones metálicos resonó en la penumbra del recinto.
Mía dio un brinco, ahogando un chillido mientras se pegaba a la columna de concreto.
Luna emergió de la penumbra. Vestía un abrigo largo de paño negro y guantes de piel, con la mirada tan serena y gélida como el ambiente que las rodeaba.
Detrás de ella, manteniéndose a dos metros en la sombra de un pilar, la figura imponente de un guardia de seguridad del clan Volk vigilaba el perímetro con la mano apoyada en la culata de su arma.
—¡Luna! —chilló Mía, dando dos pasos torpes hacia ella—. ¡Por fin llegas! ¡Esos dementes se llevaron a mamá! Dijeron que si no les dábamos el dinero y las rutas de transporte la iban a matar... ¡Tienes que mandar a la policía o al ejército de tu esposo ahora mismo!
Luna se detuvo a dos pasos de su hermana. La examinó de arriba abajo con una indiferencia absoluta, como quien evalúa el costo de un trámite burocrático insignificante.
—No voy a mover a un solo hombre de la guardia Volk por la vida de Victoria —dijo Luna. Su voz sonó pausada, clara y desprovista de cualquier matiz de compasión.
Mía se congeló. La desesperación en su rostro dio paso a una mueca de incredulidad absoluta.
—¿Qué... qué estás diciendo? —balbuceó Mía, tragando saliva con dificultad—. Es tu madrastra, Luna. Sé que nunca nos quisiste, pero es la esposa de tu padre. ¡La van a descuartizar si no pagas el rescate!
—Victoria es la mujer que intentó venderme a un clan de licántropos para salvar sus propias deudas —corrigió Luna, dando un paso al frente y clavando sus ojos oscuros en los de su hermana—. Es la misma mujer que envió un frasco de veneno a mi mesa hace menos de una semana. No le debo nada a ella, ni te debo nada a ti, Mía.
—¡Eres una desalmada! —gritó Mía, rompiendo en un llanto histérico—. ¡Es un secuestro! ¡Están pidiendo las cuentas de los Del Sol que tú congelaste!
—Cuentas que me pertenecen por derecho —repuso Luna con voz gélida—. Pero los Sombras no quieren el dinero de la familia. Quieren la red logística de los Volk. Y no voy a entregar una sola ruta comercial por dos mujeres que han pasado toda su vida intentando destruirme.
Mía cayó de rodillas sobre el concreto frío, cubriéndose el rostro con las manos mientras sus hombros se sacudían por los sollozos.
—Por favor, Luna... te lo suplico —gimió entre lágrimas—. Si no nos ayudas, mamá va a morir. No tenemos a nadie más.
Luna observó la figura quebrada de su hermana sin que un solo músculo de su rostro traicionara emoción alguna. Sacó del bolsillo interior de su abrigo una tableta de última generación y desabrochó la funda de cuero con un chasquido seco.
—La piedad no forma parte de este trato, Mía —dijo Luna, extendiendo el dispositivo hacia abajo, hacia las manos temblorosas de su hermana—. Pero el pragmatismo sí.
Mía alzó la vista, confundida, parpadeando para quitarse las lágrimas de los ojos.
—¿Qué es esto? —preguntó con la voz ahogada.
—Es una transferencia notariada de propiedad y poder absoluto —explicó Luna con precisión quirúrgica—. Un documento redactado por los abogados de la firma Volk. Si lo firmas ahora mismo, cedes de manera irrevocable el cien por ciento de tus acciones, los derechos hereditarios de la casa matriz Del Sol y todos los bienes inmuebles a mi nombre.
Mía abrió la boca, atónita ante la frialdad del chantaje.
—¿Quieres... quieres despojarnos de todo a cambio de salvarle la vida? —preguntó, con un hilo de voz lleno de veneno.
—Quiero el imperio que me corresponde —corrigió Luna, manteniendo la tableta extendida—. Si firmas, Sebastián enviará a una escuadra de choque del ala oeste a desmantelar la base de Los Sombras en la zona industrial y extraerá a Victoria con vida antes del amanecer. Si no firmas... puedes irte a casa a elegir el luto para el funeral de tu madre.
Mía miró la pantalla del dispositivo. La interfaz mostraba el contrato digital con los sellos notariales y la casilla de la firma biométrica en blanco.
Es una hiena, pensó Mía con un odio visceral que le abrasaba el pecho. Nos quitó el dinero, nos quitó la posición, y ahora viene a quedarse con el apellido.
—No tienes corazón —escupió Mía, poniéndose de pie con dificultad mientras se limpiaba la sangre del labio mordido—. Eres peor que los monstruos con los que te casaste.
—Tengo memoria, Mía —respondió Luna en un susurro gélido—. Y hoy cobro todas las deudas. Tienes diez segundos antes de que ordene el retiro de la guardia.
Mía apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Sabía que no tenía alternativa; sin la fuerza militar de los Volk, Victoria estaría muerta en cuestión de horas y ella quedaría en la calle, acosada por los prestamistas del norte.
Con la mano temblando de rabia pura, tomó el estilete digital de la tableta.
Presionó la pantalla y estampó su firma biométrica en la casilla de autorización. Un destello verde confirmó la validación del documento y la transferencia automática de las acciones hacia la cuenta privada de Luna.
Luna tomó la tableta de vuelta, revisando la confirmación de la transacción con una mirada clínica.
—Un placer hacer negocios contigo, hermana —dijo Luna, guardando el dispositivo en su abrigo.
Mía dio un paso hacia ella, con los ojos inyectados en sangre y las lágrimas de humillación rodando por sus mejillas.
—Disfruta tu victoria mientras puedas, Luna —siseó Mía, con un tono cargado de un resentimiento destructivo—. Crees que ganaste, pero te vendiste al demonio. Ese monstruo te va a despedazar antes de que disfrutes este imperio. Y el día que te abra la garganta, me sentaré a reír sobre tu tumba.
Luna no se inmutó ante la maldición. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar de regreso hacia la salida del estacionamiento, sintiendo el eco de los pasos de la guardia escoltándola.
—Que tengan buen viaje, Mía —respondió Luna sin volverse a mirar—. La escuadra Volk ya va en camino.