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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

La foto no llegó esa noche.

Se quedó guardada en un celular ajeno, borrosa por la distancia, con la baranda del muelle atravesando la imagen y dos siluetas demasiado cerca para ser casualidad. Valentina y Sebastián volvieron al hospital sin saberlo. Subieron por el elevador público, caminaron separados en el vestíbulo y entraron al cuarto de Carmen con la misma cara de gente que solo había salido a respirar.

Carmen dormía.

Sebastián se sentó en la silla de la ventana, como había prometido. Valentina ocupó la otra, con la bolsa sobre las piernas y los dedos todavía recordando la tela de su manga.

Nadie habló de amor. Nadie habló de terminar. A veces, la tregua más honesta era no tocar el tema hasta que amaneciera.

Valentina despertó con un dolor en el cuello y el sonido de Carmen regañando a una enfermera.

—No me diga "adulto mayor" como si yo fuera mueble de museo, señorita.

La enfermera, que tendría veinticinco años y cero ganas de pelear con una exmaestra, respondió con paciencia:

—Doña Carmen, solo necesito tomarle la presión.

—Pues tómemela con respeto.

Sebastián estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja. Al ver que Valentina abría los ojos, cortó la llamada en dos frases.

—Te despiertas y ya hay motín —dijo.

Valentina se frotó la nuca.

—Mi abuela no hace motines. Organiza movimientos civiles.

Carmen oyó, por supuesto.

—Y gano.

La enfermera no pudo evitar sonreír.

El Dr. Daniel Mora llegó media hora después con indicaciones impresas. Carmen podía irse a casa esa tarde si la presión seguía estable y si aceptaba reposo relativo, hidratación, control de medicamentos, cita con cardiología y supervisión cercana los primeros días. Nada de salir sola. Nada de cargar bolsas del mercado. Nada de "yo puedo" frente a una escalera.

Carmen puso una cara ofensiva.

—Doctor, yo he cargado niñas, cubetas, libros y hasta una directora incompetente. Una bolsa de jitomates no me gana.

—Hoy sí le gana —dijo Daniel, sin perder la calma.

Valentina apretó los papeles contra el pecho.

—Yo me quedo con ella.

—Tienes clases —objetó Carmen.

—Voy a pedir permiso.

—Ya pediste.

—Pido más.

Sebastián no intervino. Valentina lo notó y, por alguna razón, ese silencio contó más que cualquier oferta.

Daniel miró las indicaciones.

—Puede organizarse con una vecina, un familiar o una cuidadora por horas. No necesita hospitalización si cumple el plan. Sí necesita que alguien revise pastillas y alimentos.

—No quiero enfermera en mi casa —dijo Carmen.

—Abuela.

—No quiero a una desconocida viéndome dormir.

Sebastián habló entonces, despacio.

—Podemos empezar con algo menos invasivo.

Valentina lo miró. Él corrigió antes de que ella tuviera que hacerlo.

—Si tú quieres. Si doña Carmen quiere.

Carmen entrecerró los ojos.

—A ver, joven serio.

—Un pastillero semanal, un monitor de presión sencillo, una lista visible con horarios y teléfonos, y una vecina que ya la conozca. Yo puedo conseguir el monitor, pero también pueden comprarlo ustedes en farmacia. Sin chofer, sin enfermera, sin invadir.

Valentina sintió el cuidado de cada palabra.

—Eso sí —dijo ella.

Sebastián asintió una sola vez.

Daniel miró de uno a otro con discreción profesional.

—Eso funciona como primer paso. Y si hay mareo, palpitaciones fuertes, desmayo o dolor de pecho, regresan a urgencias. Sin negociar.

—Qué autoritario salió el doctor —murmuró Carmen.

—En esto sí —dijo Daniel.

Al mediodía, mientras esperaban los documentos de alta, Valentina y Sebastián bajaron a la farmacia del hospital. Esta vez caminaron juntos, no pegados, pero tampoco como desconocidos absolutos. Ella eligió el pastillero: grande, con letras claras, colores distintos para mañana, tarde y noche. Sebastián tomó un monitor de presión de precio medio, lo revisó y luego se lo mostró.

—¿Este?

Valentina miró la marca, el precio, la pantalla.

—Ese.

—Lo pagas tú o lo pago yo y me transfieres.

Ella levantó una ceja.

—¿Me estás ofreciendo deuda documentada?

—Estoy intentando no cometer delitos emocionales.

La risa le salió antes de pensarlo.

Sebastián la miró con una seriedad casi excesiva, como si quisiera memorizar ese sonido.

—Lo pago yo —dijo ella—. Pero puedes cargarlo.

—Ese trato lo acepto.

Compraron también agua mineral, sobres de suero oral, galletas saladas y una libreta pequeña para anotar presión, medicamentos y comidas. Nada era romántico. Por eso mismo lo fue.

En una mesa de la cafetería, lejos de las ventanas, hicieron una nueva lista. No en una servilleta de Café Jacaranda esta vez, sino en la primera página de la libreta de Carmen.

—Regla uno —dijo Valentina—: no decides por mí, aunque creas que me estás protegiendo.

Sebastián escribió.

—No decido por ti.

—Regla dos: si algo involucra mi trabajo, mi nombre o mi abuela, me lo dices antes de mover fichas.

—Antes, salvo emergencia médica real.

—Acepto la excepción.

Él escribió.

—Regla tres —dijo él.

Valentina lo miró con cautela.

—¿Tú pones reglas?

—Una.

—A ver.

—Cuando te asustes, me dices "me estoy asustando" antes de empacar la relación entera y tirarla por la ventana.

Valentina bajó la mirada a la libreta. La frase tenía demasiada razón para resultarle cómoda.

—Eso no es justo.

—Es recíproco. Si yo me pongo controlador, me dices "estás controlando".

—Eso voy a decirlo seguido.

—Probablemente.

Ella sonrió apenas.

Sebastián escribió la tercera regla con letra firme:

`Si hay miedo, se dice antes de huir.`

Valentina tocó el borde de la página.

Después añadió debajo, con su propia letra, los horarios de Carmen: desayuno antes de las nueve, pastilla de presión con comida, medio vaso de suero oral si hacía calor, registro de presión dos veces al día. Sebastián no corrigió nada. Solo dibujó una columna para observaciones y escribió los teléfonos de emergencia en una esquina: hospital, vecina, Valentina. Cuando levantó la pluma hacia su propio número, se detuvo.

—¿Puedo?

Valentina miró el espacio vacío y asintió.

Él escribió `Sebastián` sin apellido.

Ese detalle le dio más paz de la que quiso admitir.

—Otra oportunidad no significa que ya no tengo miedo.

—Lo sé.

—Ni que Andrés desapareció.

—Lo sé.

—Ni que puedo entrar a tu mundo sin temblar.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué quieres esto?

Sebastián dejó la pluma sobre la libreta.

—Porque anoche, cuando me agarraste la manga en el muelle, no sentí que me debieras nada. Sentí que me elegiste por dos segundos. Quiero aprender a merecer otros dos.

Valentina no pudo responder de inmediato.

El alta de Carmen llegó a las cuatro. La salida fue un operativo pequeño: papeles, firma, silla de ruedas obligatoria, Carmen protestando como si la estuvieran deportando, Sebastián cargando bolsas sin tocar la silla, Valentina revisando tres veces la receta. Daniel se despidió con una indicación final y una mirada que esta vez no cruzó ninguna línea.

—Cuídese, doña Carmen.

—Usted también, doctor. Duerma. Tiene cara de no ver una cama desde antes de la guardia.

Daniel se rió.

—Haré el intento.

A Valentina le dijo solo:

—Cualquier cosa, por urgencias.

—Gracias, Dr. Mora.

Sebastián escuchó el título y no dijo nada. Pero en el elevador, cuando Carmen iba medio dormida en la silla, rozó con los nudillos el borde de la libreta que Valentina cargaba.

—¿La guardas tú?

—Por ahora.

—Bien.

No era mucho. Era suficiente para ese día.

A esa misma hora, en un chat de estudiantes de la USV, alguien envió una foto borrosa del muelle con un mensaje:

"¿Esa no es la profe Vale con alguien de traje?"

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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