un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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XII. el avispero de hierro
El silencio del bosque era absoluto, roto solo por el siseo del aliento de Balerion y el rítmico temblor de sus escamas bajo mi mano. Me encontraba extrañamente en paz, de pie frente a la nariz de un mito, acariciando la piel de obsidiana como si fuera un gato asustado. El calor que emanaba de él era reconfortante en medio de la noche helada; era un fuego antiguo que latía con una vulnerabilidad que me estrujaba el corazón.
—Tranquilo, montaña de azúcar... —susurré, deslizando mis dedos por una grieta en su hocico—. Nadie va a hacerte daño. Eres demasiado grande para que este mundo te entienda, ¿verdad?
Él soltó un ronroneo que hizo que mis dientes vibraran, cerrando sus ojos dorados a medias, rindiéndose finalmente a mi tacto. Por un segundo, olvidé el vestido roto, la gala y la sangre en la nariz de Dravenkael. Éramos solo nosotros.
Pero la paz es una ilusión frágil en el reino de los Vaelkríass.
El primer sonido fue el restallido de una rama, seguido por el galope coordinado de docenas de botas pesadas. Me tensé. Un brillo metálico parpadeó entre los árboles: el reflejo de la luna en las corazas de la Academia.
—¡¡ALLÍ ESTÁ!! ¡¡LA TIENE ACORRALADA!! —La voz de uno de los capitanes de tercer año rasgó la noche.
—¡¡FUEGO!! ¡¡PROTEJAN A LA PRINCESA!!
—¡No! ¡Esperen! —grité, dándome la vuelta con los brazos extendidos, pero mi voz fue sepultada por el silbido de una lluvia de proyectiles.
Una nube de flechas con punta de acero de refuerzo descendió sobre nosotros. Al chocar contra el lomo de Balerion, el sonido fue como el de granizo cayendo sobre un tejado de zinc: **clanc, clanc, clanc**. Ninguna logró atravesar las escamas milenarias, pero el impacto de cientos de puntas metálicas en sus zonas más sensibles, como las membranas del cuello y los ojos, fue suficiente.
Balerion soltó un quejido agudo, un sonido desgarrador que pasó de ser un gemido de dolor a un gruñido de puro nerviosismo. El dragón que hace un momento era un ovillo tembloroso comenzó a desenrollarse con una violencia sísmica.
—¡¡ALTO!! ¡¡SON UNOS IDIOTAS, NO ESTÁ ATACANDO!! —rugí, pero los jinetes masculinos de la Academia, cegados por un heroísmo mal entendido y la testosterona de la fiesta, continuaban cargando sus arcos.
Balerion se puso en pie, derribando tres robles de un solo movimiento de sus hombros. Sus ojos dorados ya no tenían temor; ahora estaban inyectados en una confusión frenética. Comenzó a pisotear la tierra, bufando nubes de humo negro que olían a muerte. El suelo debajo de mis botas se convirtió en una trampa de lodo y raíces arrancadas.
—¡Balerion, no! ¡Mírame! —intenté acercarme, pero el dragón dio un coletazo de advertencia que pasó a milímetros de mi cabeza, lanzando una ráfaga de viento que me tiró al suelo.
El grupo de jinetes, liderado por los compañeros de Dravenkael, desenvainó sus espadas, rodeando el claro en una formación de caza. Estaban provocando a un dios. Estaban convirtiendo a un refugiado herido en el monstruo que las leyendas prometían. Balerion abrió sus fauces, y por primera vez, el brillo naranja en el fondo de su garganta no era solo calor. Era el inicio de una ignición que reduciría a cenizas toda la Academia en cuestión de segundos.
—¡Corran, malditos estúpidos! —grité desde el suelo, viendo cómo el Terror Negro se preparaba para recordarles por qué su nombre se escribía con sangre—. ¡Lo han despertado!
El resplandor anaranjado en la garganta de Balerion se intensificó tanto que el claro se iluminó como si fuera mediodía, pero en el último segundo, el titán de obsidiana cerró las fauces con un chasquido que sacudió mis dientes. No hubo fuego. En su lugar, soltó una **expulsión masiva de humo negro y denso**, una cortina de hollín y azufre que envolvió a los jinetes de la Academia, dejándolos ciegos y asfixiados entre gritos de confusión.
Con un batir de alas que generó una onda de choque sónica, Balerion se impulsó hacia el cielo. La fuerza del despegue arrancó árboles de raíz y me lanzó de espaldas contra la tierra húmeda, mientras veía su silueta colosal recortarse contra la luna antes de desaparecer entre las nubes como una pesadilla que regresa al abismo.
Me quedé allí, tendida en el fango, con los oídos pitando y el vestido azul reducido a jirones de seda inservibles. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el crujido de la madera quemada.
—¡¡ZHAERYNTHA!! —Ese grito no era de un capitán, sino una voz cargada de un pánico crudo que reconocería en cualquier parte.
Escuché pasos pesados corriendo hacia mí, tropezando con las raíces. Antes de que pudiera incorporarme por mi cuenta, unas manos firmes me sujetaron por los hombros. Kaelthoryn Dravenkael se arrodilló a mi lado, con el rostro manchado de ceniza y una pequeña costra de sangre seca bajo la nariz que yo misma le había provocado.
—¡Por los dioses, dime que estás entera! —exclamó, levantándome del suelo con una fuerza que casi me deja sin aire, pegándome a su pecho mientras me revisaba la cara y los brazos con una urgencia frenética—. ¡Estás loca! ¡Podría haberte incinerado con un solo suspiro! ¿En qué demonios estabas pensando al correr hacia esa cosa?
Me quedé apoyada en él, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi hombro. Estaba temblando, y no era de frío. Su arrogancia de "galán" había desaparecido, reemplazada por un terror genuino que lo hacía parecer mucho más humano de lo que yo estaba dispuesta a admitir.
—Él no iba a hacerme nada, Kaelthoryn —logré decir, con la voz ronca por el humo, mientras me soltaba de su agarre para sostener mi propia postura—. Estaba asustado. Estaba solo. Y tus idiotas de la Academia acaban de declarar la guerra al único ser que podría habernos salvado de lo que viene.
Él me miró, todavía sosteniéndome por los antebrazos como si tuviera miedo de que saliera corriendo tras el dragón otra vez. Su mirada recorrió mi vestido destrozado y el kohl corrido en mis mejillas, y por un segundo, la chispa de posesividad volvió a sus ojos, pero esta vez mezclada con un respeto oscuro.
—No me importa el dragón ahora, Tormenta —masculló, acercando su frente a la mía mientras el humo se disipaba a nuestro alrededor—. Me importa que estás viva. Si ese bicho te hubiera tocado, habría intentado matarlo con mis propias manos, aunque fuera lo último que hiciera.
Le puse una mano en el pecho para marcar distancia, pero no lo empujé. El calor de su cuerpo era lo único que me mantenía anclada a la realidad después de haber tocado la piel de una leyenda.
—Entonces prepárate, Dravenkael —sentencié, mirando hacia el cielo vacío—. Porque Balerion se ha ido, pero lo que sea que lo asustó tanto como para esconderse de una chica de diecinueve años... eso sigue ahí fuera. Y no creo que sea tan amable como para solo soltarnos humo.
Me aparté de Kaelthoryn con un movimiento brusco, ignorando la calidez de su mano y la intensidad de su mirada. Mis prioridades se reordenaron en un segundo: el Terror Negro se había ido, pero mi compañero seguía aquí, sufriendo por culpa de una leyenda y de un grupo de idiotas con arco.
—¡Vharok! —grité, corriendo sobre el césped pisoteado hacia la mancha oscura que se agitaba cerca de los jardines.
Mi dragón, siempre tan orgulloso y letal, estaba reducido a una imagen de absoluta derrota. Se había hecho un **ovillo apretado**, escondiendo su hocico bajo una de sus patas delanteras, mientras que su **ala izquierda permanecía extendida** de forma antinatural sobre la hierba, como un abanico roto. La membrana negra, fina como el terciopelo pero fuerte como el acero, estaba desgarrada en jirones sangrientos que brillaban bajo la luna.
Me arrodillé junto a la articulación del ala, sintiendo cómo el barro empapaba los restos de mi vestido azul. El calor que desprendía su piel herida me golpeó la cara.
—Tranquilo, mi sombra... tranquilo —susurré con la voz quebrada, extendiendo una mano temblorosa hacia el desgarrón más profundo.
Apenas las yemas de mis dedos rozaron el borde de la herida, Vharok reaccionó. Su cuerpo entero sufrió un espasmo violento y soltó un **quejido agudo y lastimero**, un sonido sibilante que terminó en un gruñido ahogado por el dolor. Intentó encoger el ala por instinto, pero el daño era tal que solo consiguió arrastrarla por el suelo, abriendo más las heridas.
—¡No te muevas! —le ordené, aunque se me escapó una lágrima de rabia—. Me vas a obligar a coserte esto aquí mismo si no te quedas quieto.
Me giré hacia atrás, viendo a los jinetes que aún tosían por el humo y a Kaelthoryn que se acercaba con cautela.
—¡Dravenkael! —rugí, señalando a los hombres que bajaban las armas—. ¡Diles a tus "héroes" que si no traen ungüento de fénix y vendas de cuero en cinco minutos, usaré lo que queda de sus capas para remendar a mi dragón! ¡MUÉVANSE!
Volví a mirar a Vharok. Sus ojos, antes feroces, me miraban con una súplica que me partía el alma. Había intentado defenderme de Balerion y había pagado el precio. Puse mi frente contra sus escamas frías, ignorando el caos a mi alrededor.
—Lo siento tanto... —le susurré al oído, mientras su ala rota seguía temblando contra el césped frío.
Me arrodillé en el fango, ignorando por completo que el vestido de seda azul —ese que Lyra había preparado con tanto esmero— ahora estaba hecho jirones y manchado de sangre de dragón. Kaelthoryn llegó a mi lado con un fardo de suministros, pero se quedó mudo al ver mi expresión. No había rastro de la chica que bailaba o que daba codazos; solo quedaba la jinete.
—Sujétale la cabeza, Dravenkael —ordené con una voz que vibraba de pura angustia—. Si me muerde, que sea a ti. Pero no dejes que se mueva.
Saqué una aguja curva de hueso de ballena y un hilo de tendón de wyvern, resistente y grueso. No había adormidera, no había ungüentos que calmaran el fuego de una herida hecha por el Terror Negro. Solo estábamos nosotros, la luna y el dolor.
—Lo sé, mi amor... lo sé —susurré, mi voz quebrándose mientras hundía la aguja en la membrana desgarrada del ala—. Pero aguanta, ya casi termino. Aguanta por mí.
Al primer pinchazo, Vharok soltó un **rugido de dolor** que hizo vibrar el suelo y espantó a los pocos jinetes que aún merodeaban. Su cuerpo entero se tensó como un cable de acero. Mis lágrimas caían calientes sobre sus escamas negras, mezclándose con la sangre oscura que manaba del ala. Cada vez que pasaba el hilo, sentía su agonía como si fuera mía.
—¡Aguántalo, Kaelthoryn! —grité entre sollozos, viendo cómo el ala de mi dragón se sacudía violentamente.
Vharok giró su enorme cabeza hacia mí. Sus ojos, antes fieros y letales, estaban nublados por un sufrimiento insoportable. Soltó un **gruñido lastimero, alto y desesperado**, un sonido que me desgarró el alma más que cualquier herida física. Sus pupilas se dilataron, fijos en las mías, en una súplica muda que decía claramente: *"Para, por favor, detente... no puedo más"*.
—Ya casi, ya casi... —sollocé, limpiándome la cara con el hombro mientras mis manos, expertas y rápidas, realizaban una sutura de precisión quirúrgica.
Era una danza macabra de amor y tortura. Cada vez que él lanzaba ese grito de desespero, yo sentía que se me partía el pecho, pero no me detuve. Si no cerraba esa ala ahora, la infección o el frío de la noche lo matarían antes del amanecer. Sus ojos sollozantes seguían clavados en los míos, llenos de una incomprensión dolorosa, preguntándose por qué su compañera le causaba tanto daño.
—Perdóname, Vharok... perdóname —susurré, anudando el último punto con un tirón firme—. Te juro que después de esto, volaremos tan alto que nadie podrá tocarnos.
Cuando terminé, me desplomé contra su costado caliente, abrazando su cuello mientras él seguía sollozando con siseos débiles. Estaba exhausta, manchada de sangre y rota por dentro, pero su ala estaba unida. Miré mis manos temblorosas y luego a Kaelthoryn, que me observaba con una mezcla de horror y una admiración que no supo ocultar. La noche de la gala había terminado en sangre, pero mi sombra seguía conmigo.
Kaelthoryn:
Me quedé arrodillado frente a ella, con las manos todavía manchadas de la sangre de Vharok y el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Nunca había visto a Zhaeryntha así. La mujer que hace unas horas me había dado un golpe seco capaz de derribar a un buey, la guerrera que se enfrentó a los gritos de un dragón de leyenda, ahora se estaba desmoronando.
Sus hombros, cubiertos por los jirones de esa seda azul que tanto me había costado dejar de mirar, se sacudían con sollozos violentos y roncos. No era el llanto delicado de una dama de la corte; era el lamento de alguien a quien le están arrancando el alma.
—Zhaeryntha... —murmuré, intentando acercarme, pero me detuve al ver el movimiento del dragón.
Vharok, a pesar del tormento que acababa de sufrir bajo la aguja, hizo algo que me dejó sin aliento. Con una debilidad que me dolió ver, el enorme reptil estiró el cuello, arrastrando el hocico por la hierba ensangrentada hasta alcanzar el regazo de su jinete. Soltó un siseo bajo, una vibración casi imperceptible que buscaba consolarla, y apoyó su pesada cabeza contra el pecho de ella.
Era un intento patético y hermoso de decirle que estaba vivo, que no la culpaba. Pero apenas podía mantener los ojos abiertos; sus párpados pesaban y su respiración era un silbido errático.
—Lo siento tanto, Vharok... perdóname, por favor —sollozó ella, enterrando la cara en las escamas oscuras del dragón, sus manos temblorosas acariciando el lugar donde la costura cerraba la carne—. No debí dejar que te acercaras, debí ser más rápida...
Me partía el alma verla así, tan pequeña y vulnerable bajo la sombra de su bestia herida. Me acerqué con cuidado, ignorando el riesgo de que el dragón me lanzara una dentellada por instinto, y puse una mano firme en su espalda. Sentí el calor de su piel a través de la tela rota y la tensión que la recorría.
—Está vivo, Zhaeryntha. Mírame —le dije, obligando a mi voz a sonar más segura de lo que me sentía—. Lo has salvado. Ningún otro jinete de esta maldita Academia habría tenido el valor de coser un ala de Annihilator en mitad del bosque mientras le llovían flechas.
Ella no levantó la cabeza, solo siguió llorando contra las escamas de Vharok, mientras el dragón cerraba los ojos, dejando escapar un último gruñido de cansancio extremo antes de caer en un sueño profundo y febril.
—No puedes quedarte aquí toda la noche —insistí, apretando suavemente su hombro—. El frío de la frontera matará lo que la herida no pudo. Tenemos que llevarlo a los establos calientes, o al menos cubrirlo.
Me miró entonces, y ver sus ojos grises, usualmente tan afilados como el acero, ahora anegados en lágrimas y rodeados de kohl corrido, hizo que algo se terminara de romper en mi pecho. En ese momento, me importaba un bledo Balerion, la guerra que venía o mi propio orgullo. Solo quería cargar con su dolor para que ella pudiera respirar de nuevo.
—No lo voy a dejar solo, Kaelthoryn —respondió con una voz que era apenas un susurro quebrado—. Si él no se mueve, yo no me muevo.
—Entonces yo tampoco me muevo —sentencié, sentándome a su lado en el barro, rodeándola con mi brazo para darle el calor que el vestido rasgado ya no podía ofrecerle—. Aquí nos quedaremos los tres hasta que salga el sol. Pero deja de llorar, Tormenta... me estás haciendo más daño con esas lágrimas que con el golpe que me diste en el salón.