Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 19
El silencio de la mansión frente al Coliseo era tan grande que yo juraba que podía oír mis propios remordimientos masticándome el cerebro. Era una paz ofensiva, una quietud que solo el dinero de siglos puede comprar. Me senté en el borde de una silla de terciopelo que probablemente costaba más que el motor de Junior, con el traje de boda todavía puesto. La tela me picaba, el cuello me asfixiaba y el anillo de diamantes en mi dedo me pesaba como si estuviera hecho de plomo sacado del fondo del mar.
Miré la pantalla del celular. El mensaje de Elizabeth brillaba en la oscuridad de la habitación como una acusación directa al corazón: *"Alis, no puedo dormir. Siento que te estoy perdiendo"*. Sentí un frío en el pecho, una presión que no tenía nada que ver con el aire acondicionado central de la casa de los Valenti. Era el miedo de quien sabe que está construyendo un palacio sobre un pantano.
—Ay, mi gringa... si tú supieras el toyo en el que estoy metida —susurré para mí misma, con la voz quebrada.
Con los dedos temblorosos y el sudor frío corriéndome por la nuca, empecé a escribir la mentira más grande, más gorda y más rastrera de mi vida. Cada palabra que tecleaba era como un clavo en mi propia cruz: *"Mi amor, tú no crees que estás siendo muy paranoica. ¿Cómo que me estás perdiendo? Estoy aquí en la República Dominicana, metida en el campo con mi tío resolviendo el problema de los terrenos. Tú sabes que el sistema aquí es un desastre, los papeles duran una eternidad y el abogado es un vago que solo aparece cuando él quiere. No he podido ir a casa por eso, no hay buena señal entre estas lomas, pero confía en mí. Yo no te voy a mentir nunca. Te amo y todo esto lo hago por nosotros, por el futuro de ese bebé"*.
Le di a "enviar" y cerré los ojos. Sentí que el alma se me ponía negra, carbonizada por el engaño. Yo, Alismeidy, la Alfa que siempre iba de frente, la que no le bajaba a nadie, ahora era una experta en cuentos de camino, una actriz de telenovela barata pagada por la aristocracia italiana. Me guardé el celular en el bolsillo, me pasé la mano por la cara para borrar el rastro de las lágrimas y regresé a la habitación principal.
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Cuando entré, el panorama era digno de una película de esas que ve mi mamá los domingos. El vestido de novia de Alessandra, esa obra de arte de seda y encaje que costaba una fortuna, estaba tirado en el piso de mármol como una cáscara vacía. Alessandra ya se había bañado; el vapor del agua caliente todavía flotaba en el aire, mezclado con su perfume y de su aroma jazmín. Estaba sentada en la cama inmensa, vestida con un camisón de seda que gritaba "millonaria" por los cuatro costados.
—Yo voy a dormir en la otra habitación, jefa —dije, señalando la puerta con el pulgar, tratando de mantener la distancia profesional que ya se había roto mil veces.
—Ni se te ocurra, Alismeidy —soltó ella, sin mirarme. Su voz era un látigo de seda. Tenía ese tono de mando que a veces me daban ganas de bajarle los humos, pero esta vez noté algo más: era miedo—. Los sirvientes de esta casa son de mi papá. Cada uno de ellos es un micrófono abierto hacia el despacho de Don Vittorio. Si uno de ellos ve que la "pareja del año" durmió en cuartos separados la primera noche de boda, mi padre sabrá que esto es una farsa antes de que se cuele el café del desayuno. Y si él se entera, se acaba el trato, se acaba la protección legal para tu hijo y tú terminas en la calle o en una zanja.
Me quedé parada ahí, rascándome la nuca, sintiéndome como un animal enjaulado. La lógica de la jefa era infalible, pero mi cuerpo tenía memoria. Mi piel todavía recordaba demasiado bien el calor de la noche del té afrodisíaco, la forma en que ella se arqueaba bajo mis manos y cómo su olor de fermonas de la Omega me nublaba el juicio. A regañadientes, me metí al baño, me di una ducha con agua casi hirviendo para ver si el calor quemaba la culpa, y salí vestida con un pantalón corto y una camiseta vieja que me traje escondida en la mochila de Junior, algo que oliera a mi mundo, no al de ella.
Me acosté en el borde extremo de la cama, lo más lejos posible de ella. dejando un océano de sábanas entre nosotras. Alessandra apagó la luz, pero el silencio no trajo descanso. El aroma de su piel inundaba el espacio. Lo que ella no decía, y lo que yo me negaba a aceptar, era que su corazón estaba palpitando a un ritmo que no era normal.
Bajo esa máscara de hielo y arrogancia, Alessandra se estaba dando cuenta de que esta Alfa dominicana, con sus malas palabras, su rebeldía y su falta de modales, le había movido el piso de una forma que ningún banquero suizo podría haber hecho. Esa noche no pasó nada físico, pero el silencio en esa habitación hablaba más que un programa de chismes a mediodía en la capital.
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La regla de Don Vittorio fue un decreto real: tres días de encierro total en la mansión para "disfrutar la luna de miel". Fue una tortura de lujo. Si no fuera por la sombra de Elizabeth persiguiéndome, yo me hubiera dado vida de reina. La mansión era magnífica; tenía una piscina que parecía un lago privado y una cocina donde los chefs nos hacían de todo, desde pasta hecha a mano hasta mariscos que yo ni sabía cómo pronunciar.
En esos tres días, ocurrió lo inevitable: las defensas empezaron a caer. Alessandra ya no me llamaba "chofer" con ese tono despectivo, y yo hacía un esfuerzo sobrehumano para no decirle "jefa", porque soltar un "jefa" delante de su padre sería nuestra sentencia de muerte. Empezamos a llamarnos por nuestros nombres. Comimos juntas bajo el sol de Roma, caminamos por los jardines discutiendo de la vida, y por momentos, el engaño se sentía tan cómodo que me asustaba.
—Alismeidy —me dijo ella el tercer día, mientras mirábamos el atardecer que pintaba el Coliseo de color naranja—, gracias por cumplir tu parte. Sé que esto es un sacrificio enorme para ti.
—Es difícil, Alessandra, porque yo no sé vivir de mentiras —le respondí, mirándola fijamente—. Pero por mi hijo y por la tranquilidad de mi mujer, yo soy capaz de morderle la oreja a un león y pedirle perdón después.
Ella bajó la mirada, y por un segundo, vi a la mujer detrás del apellido. Estábamos atrapadas en la misma red, cada una por razones distintas, pero unidas por un contrato que empezaba a sentirse como algo mucho más pesado que un simple papel.
Continuará....🔥
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