Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 23
Isabela
El sol entraba tímidamente por las cortinas pesadas de la habitación.
Un rayo de luz se filtraba sobre las sábanas revueltas… sobre mi piel desnuda…
Sobre nosotros.
Sentí su mano antes de abrir los ojos. Fuerte, firme, cálida.
Luciano estaba a mi lado, aún pegado a mí, como si no pudiera soltarse ni un segundo.
—Buenos días, mia regina —susurró con una voz grave, ronca, que me hizo temblar por dentro.
—Buenos días —dije, sonrojada, sintiéndome distinta. Nueva. Completa.
—Ahora eres Isabela Viteli. Mi esposa. Mi reina.
Y todo lo que tengo… te pertenece.
Su boca rozó la curva de mi cuello con una devoción salvaje. Sentí su respiración, su piel encendida, su cuerpo ya despierto… su deseo enardecido contra mi muslo.
Me giré para mirarlo y encontré esos ojos negros que lo decían todo. Oscuros, intensos, peligrosos… pero brillando solo para mí.
—Te necesito otra vez, amore mio. No sabes cuánto.
Sus palabras eran fuego.
Y su boca fue lava cuando se fundió en la mía.
No hubo espacio para dudas ni reservas.
Me hizo el amor como si fuera la primera vez, como si me reclamara otra vez para sí, como si su vida dependiera de marcarme con cada beso, cada gemido, cada movimiento dentro de mí.
—No me mires así —murmuró con los labios sobre mi pecho—. No me pidas suavidad si no quieres que me rompa por dentro.
—No quiero suavidad. Te quiero a ti, Luciano.
Sus manos me rodearon con hambre contenida, y sus caderas marcaron un ritmo lento, profundo, firme.
Cada estocada era una promesa.
Cada jadeo, una marca.
Cada orgasmo, un lazo más fuerte que cualquier anillo de oro.
Cuando finalmente nos rendimos al agotamiento, me abrazó por la cintura, envolviéndome como si el mundo pudiera quitármelo todo… menos a mí.
—No me temas —dijo de pronto, su voz baja, vulnerable—. No me temas, Isabela. Yo sé lo que soy. Lo que soy para los demás. Pero tú… tú eres el único lugar donde puedo descansar.
Apreté su mano con la mía.
No había miedo. Solo esa extraña calma que él despertaba en mí.
Luciano
Verla a la luz del amanecer, con mi apellido en sus labios y mi semilla en su vientre, aunque aún no haya vida…
Era la visión más perfecta que había tenido en mi existencia maldita.
Quería tatuarla a mi lado.
Encadenarla al infierno si hacía falta… pero que fuera conmigo.
Cuando bajamos juntos al comedor privado, había ordenado que el personal desapareciera. Solo Dante estaba cerca, en silencio, custodiando a distancia.
Un desayuno perfecto esperaba: frutas frescas, pan artesanal, café fuerte y té negro —su favorito—. Me senté a su lado, no frente a ella. Quería tocarla incluso al comer.
—Tenemos que hablar de algunas cosas —dije mientras le servía té en una taza delicada.
Ella alzó una ceja con una sonrisa, divertida.
—¿Reglas, señor Viteli?
—Reglas, mi esposa. No por control… sino por seguridad.
Su expresión se volvió más seria.
—No puedes salir sola. No sin Dante. No sin mí.
Tu seguridad es lo más importante del mundo para mí. Y no es negociable.
Tampoco vas a recibir visitas no autorizadas, ni llamadas sin pasar por mí o por Dante.
Y aunque sé que te gusta el arte, el estudio que construí para ti está dentro de esta propiedad por esa misma razón. Quiero que pintes, que sueñes, que te sientas libre… pero bajo mi protección.
Ella asintió lentamente.
—¿Esto es lo que implica ser la reina del Demonio?
—Esto es lo que implica ser mi todo.
No soy un hombre fácil, Isabela. No pretendo serlo. Pero no hay nada que no haría por ti.
Y si alguien —cualquiera— intenta dañarte o alejarte de mí… te prometo que el mundo sabrá de nuevo lo que significa el infierno.
Ella no dijo nada por unos segundos. Luego, tomó mi mano.
—Entonces, hazme tuya cada día.
Enséñame tu mundo.
Y deja que yo te enseñe a vivir en él.
Y con esa sonrisa suya, dulce y fuerte, supe que el infierno acababa de encontrar su redención.
Y que yo, Luciano Viteli, el Demonio sin alma, ya no era libre.
Ni quería serlo.