esta hermosa novela se trata de una mujer que dejó de vivir sus sueños juventud por dedicarse a sacar adelante a sus hermanos también nos muestra que que no importa la edad para conseguir el amor.
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capítulo 19
Al llegar a su casa, la mujer se acercó a su chofer y le entregó un fajo de billetes.
—Ya sabes que es mejor tener la boca callada. Esto es para que te compres algo.
Salió del auto furiosa y, al entrar a la casa, lo único que hacía era gritar.
—¡Susana, tráeme un té! ¡Pero muévete, siempre eres así de inútil!
—Buenas noches, Melissa. ¿Cómo estás? No tienes que gritarle a la señora Susana.
Al girarse, Melissa quedó en shock. Siempre fingía ser una mujer totalmente diferente frente a su suegro, y justo en ese momento él había visto su verdadera cara. De inmediato bajó la voz, cambió el gesto y, con una sonrisa dulce, se acercó al hombre. Lo saludó con dos besos en la mejilla.
—Lo siento mucho… he tenido un día demasiado estresante.
—Hoy tuviste problemas con tu fotógrafo —respondió él—, pero eso no te da derecho a descargar tu ira con el personal.
—Lo sé perfectamente.
Melissa volvió a cambiar el semblante y se dirigió a Susana.
—Lo siento mucho.
La mujer solo asintió con la cabeza. Qué hipócrita, pensó. Esa era la verdadera mujer que había llegado gritando. Se preguntaba si no se cansaría de fingir ser buena, pero sabía que no podía hacer nada en su contra: necesitaba ese trabajo, y el sueldo era excelente.
—Con permiso, tengo un fuerte dolor de cabeza.
Melissa subió a su recámara y, al entrar, tiró todo lo que había sobre el tocador. Estaba frustrada. Sabía que tenía que calmarse y pensar con la cabeza fría. No debía actuar como una mujer impulsiva; siempre había aprendido a manejar sus emociones, y eso la había llevado hasta donde estaba.
Al llegar a su casa y encontrar a su padre allí, fue una sorpresa para Enrique. Su padre pocas veces viajaba a Francia; prefería París, quizá porque huía de los recuerdos. Siempre que iba terminaba en la pequeña finca donde había convivido tanto tiempo con su madre, donde habían sido tan felices.
Se acercó a él, lo abrazó y le dio la bienvenida.
—Tengo tantas cosas que contarte… algunas te harán feliz y otras te decepcionarán —dijo su padre—. Fui a visitar a tu abuela y te manda saludos.
El hombre intentaba que su hijo pudiera perdonar a su madre. Sabía que ella se había equivocado mucho por orgullo, sobre todo al darse cuenta de que su padre había decidido dejar el testamento a un solo nieto. Para ella eso había sido indignante. Aunque él no justificaba lo que su madre había hecho, ahora entendía por qué nunca llegó a aceptarlo: estaban hablando del futuro de la familia De la Torre, depositado en una sola persona.
Después de esa pequeña charla, Enrique subió a su recámara. Al entrar, encontró a su esposa mirándose en el espejo. No se acercó; solo preguntó:
—¿Cómo estuvo tu día?
Ella se acercó y comenzó a besarlo con pasión.
—Terrible… pero ahora que te miro, se ha convertido en un día mucho mejor.
—¿Y ese dolor de cabeza? ¿Ya tomaste algo?
—Sí, no te preocupes. Pero me encantaría darme un baño contigo.
—Mi padre acaba de llegar —respondió él—. Estoy pensando salir con él.
Desde que Enrique había vuelto de Colombia, estaba distante. Siempre tenía una excusa. Y después de haber mencionado a Victoria, ese nombre no se le salía de la cabeza. Estaba segura de que todo era por esa mujer.
Enrique bajó las escaleras y le dijo a su padre:
—¿Por qué no vamos a nuestro lugar favorito?
Al salir de casa, Andrés iba con ellos. No se les pegaba demasiado; era uno de sus guardaespaldas y el que lo ayudaba en los negocios. Wilson se encargaba de otras cosas.
Llegaron a uno de los edificios más nuevos de la ciudad. Por fuera se veía elegante; por dentro, aún más. Era una de las empresas más reconocidas de Francia: AX. Nadie conocía a su dueño. Era un hombre invisible.
Allí trabajaban los mejores hackers del mundo. Cuando su hijo decidió montar esa empresa, él se negó: era un peligro constante. Su hijo siempre buscaba más poder, quizá para llenar el vacío que había dejado su madre y su primer amor.
En el piso cincuenta nadie entraba sin autorización. Ese lugar era su segundo hogar.
Al ver que Enrique se servía una copa de whisky, su padre se la quitó de la mano.
—Creo que no es hora de tomar.
Desde la cocina, Andrés se rió.
—Mejor un café… ¿o qué dices tú, Enrique?
—Un café está bien.
Andrés les sirvió a cada uno una taza.
Enrique guardó silencio. No sabía por dónde empezar. Su padre sabía que parte de la historia no le iba a gustar; era demasiado correcto. Y enterarse de que se había metido con la ex de su tío sería aún peor.
El hombre miraba a Andrés y luego a Enrique. Sabía que Andrés siempre era su cómplice, aunque tuviera cuarenta y dos años.
—Está bien —dijo Andrés—. Ya que Enrique no puede hablar, empiezo yo.
Felicitaciones, señor Enrique número uno: va a ser abuelo muy pronto. Va a sostener dos hermosos niños en sus manos.
El hombre quedó paralizado de felicidad.
—¿Por qué no me habías dicho que Melissa está embarazada? Ahora entiendo por qué llegó gritando de esa manera.
Enrique miró fijamente a Andrés, pidiéndole ayuda.
—Lo siento, señor —continuó Andrés—, no es la señora Melissa. Es otra mujer. Quizá haya escuchado hablar de ella: Victoria Hernández.
Ese nombre y ese apellido los había escuchado durante años en los labios de su hermano. Incluso podía decir que fue la única vez que lo vio actuar diferente.
—Voy a resumir la historia —añadió Andrés—. Su hijo compró la finca El Paraíso. Como sabe, odia profundamente a su tío. Su plan era enamorar a la ex de él y mostrarle fotos para hacerlo sentir miserable… pero terminó enamorándose de la mujer. Ella espera dos hijos y no sabía que él era casado.
El hombre se levantó y le dio dos cachetadas a su hijo. No sabía cómo reaccionar ante tanta estupidez. Intentó calmarse mientras Enrique permanecía inmóvil, en silencio.
—Ya lo sabes —dijo Andrés—. Ella no quiere saber nada de él.
El hombre abrió la puerta para irse, pero regresó, la cerró y se sentó junto a su hijo.
—Tienes que cuidarla. Ese es tu objetivo. Tú elegiste esto y debes protegerla con tu vida.
Si algo le pasa a mi nieto… te haré responsable. Y si me fallas, olvídate de que tienes padre.
Enrique no entendía el tono de su padre, pero él sí sabía por qué hablaba así. La vida le había enseñado a ser desconfiado. Siempre lo habían visto como el perdedor de la familia De la Torre, el imbécil, el inútil. Pero era mucho más inteligente de lo que creían.
Había aprendido que, a veces, es mejor fingir ser ignorante que sabio. Así la gente te subestima. Así lo había tratado Melissa.
Había mandado a investigar a su nuera, y lo que encontró no le gustó. Pensó contárselo a su hijo, pero parte de esa historia involucraba a su hermano. Callar fue lo mejor.
—Mañana quiero conocer a esa mujer —dijo finalmente—. Siempre oí hablar de ella… sobre todo a Franco. Ojalá entre ustedes no crezca más ese odio. Son familia.
Mientras Victoria miraba las fotos que el fotógrafo le había enviado, sonrió. Se veía hermosa. Y Vivian Lucía… una pequeña princesa radiante. Pensó, con ironía, en la verdadera madre de la niña: una mujer que solo la trajo al mundo.
Un mensaje llegó a su celular. Era Enrique.
Espero que tu día haya sido excelente. Espero que esas fotos no se publiquen. Y que tu hermano cambie de fotógrafo.
Entonces comprendió que él decía la verdad: la estaba vigilando.
Mañana iré por ti. Mi padre desea conocerte. Nadie se dará cuenta. Te llevaré a uno de mis lugares favoritos.
Victoria frunció el ceño.
¿Se había golpeado la cabeza de pequeño?
Respondió sin dudar:
“Enrique, ¿te acabas de golpear la cabeza o qué? No entiendes que no quiero verte, que no eres nadie en mi vida. Déjame en paz.
Que duermas bien… amor. Cuida muy bien de los niños.”
—Vaya imbécil… —murmuró—. Ahora Lucía… como si realmente le importara.