Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.
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CAPÍTULO VEINTIDÓS
016 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día del Último Aliento, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Cathanna se levantó de un salto, siendo ayudada por Riven, quien se contenía para no soltar una carcajada estruendosa. Ella le regaló una mirada de enojo y se limpió las manos llenas de tierra en el pantalón. Se encontraban en un camino resbaladizo, bajo la fuerte lluvia que impedía que muchos lograran mantener los ojos abiertos por más de cinco segundos. Al frente de los quince, estaban Odysseus y Loraine, guiándolos. Cathanna agradeció a todos los dioses que Zareth no estuviera presente; no quería verlo.
Al girar, apareció un camino angosto y empedrado que subía hacia una entrada grande en forma de calavera. A cada lado de ella estaban dos gigantescas estatuas de guerreros con la cabeza tapada por un velo negro, tallados en hierro directamente sobre la roca detrás.
Cathanna y Riven se observaron, tragando saliva al mismo tiempo. Se obligaron a avanzar, hasta adentrarse en el túnel sombrío, apenas iluminado por unas antorchas. Era de madrugada, por lo que el frío era insoportable, más aún dentro de esa piedra mojada.
Después de varios minutos, llegaron a un campo enorme de tiro con arco. La tierra estaba dura en algunas partes, mezclada con el césped mojado por la lluvia que aún no se detenía, y algunas líneas marcaban las distancias: diez, veinte, treinta, cuarenta.
Cathanna hizo una mueca de confusión, mientras llevaba la mirada a las filas rectas, unas separadas de las otras con una distancia más que exagerada, donde se levantaban dianas de madera, pintadas de rojo, dorado y verde, montadas sobre soportes robustos. En la parte de atrás, había muchísimos estudiantes, lanzando las flechas con una habilidad impresionante. Curvó una ceja. Nunca había visto un campo de arcos, mucho menos había tenido uno entre las manos.
—¡Reúnanse todos aquí, reclutas! —gritó Louie, tomando un arco del pequeño cobertizo de madera, junto con una flecha—. Presten mucha atención a todo lo que les diré. —Recorrió a todos con la mirada hasta terminar en Cathanna. La escaneó de arriba a abajo y luego cambió de objetivo, con una media sonrisa—. El tiro con arco es algo muy sencillo para algunos, otros sufren más en comprender las técnicas necesarias. Todos tomen un arco, rápido.
Cathanna agarró un arco y la flecha. Todo pesaba más de lo que había anticipado. Se posicionó entre Shahina y Loraine.
—Lo que haremos primero es pararnos con las piernas abiertas al ancho de los hombros. La cadera debe ir apuntando hacia el blanco. —Todos imitaron de inmediato su posición—. Lo segundo es colocar la flecha en el rest. —Encajó la flecha suavemente y un clic apenas audible se dejó escuchar—. Ese sonido significa que la flecha está bien puesta. La pluma guía siempre debe estar mirándome a mí. —Elevó el arco con calma—. Colocamos tres dedos en la cuerda: uno arriba, dos abajo. Con dos jalo y a punto con la flecha y suelto.
Cathanna torció los labios.
—Todos a las mesas —ordenó Louie, bajando el arco—. Odysseus les enseñará todas las partes del arco. Sin eso, jamás lograrán dominarlo como se debe. Cathanna, tu ven aquí.
Cathanna miró a sus compañeros y asintió, dándoles a entender que siguieran. Nunca había cruzado palabra con Louie, solo miradas que ella no entendía, pero que tampoco le prestaba mucha atención; las consideraba irrelevantes. Llegó con Louie y se alejaron, hasta que la mujer se detuvo frente a ella, con los ojos entrecerrados, analizando cada una de sus facciones: la forma en la que movía los labios, dejando notar su nerviosismo, como desviaba la mirada a todas partes y, por último, bajó la mirada a sus manos inquietas.
—¿Eres así todo el tiempo? —examinó Louie, tratando de conectar su mirada con la de Cathanna.
—¿Así cómo, teniente? —Se removió incómoda.
—Tan inquieta —dijo Louie, volviendo su expresión dura, pasando una mano por su cabello corto. Muchos tenían la curiosidad de porque ella era la única en todo el castillo que llevaba el cabello así, cuando según el código, todas las mujeres, sin importar si eran cazadoras o simples estudiantes, debían tenerlo en un moño—. Pareces un ratón asustado. Tranquila. —Sonrió—. No te haré nada.
—¿Puedo saber que necesitas, teniente? —Se cruzó de brazos, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Tengo que estudiar con ellos. —Señaló la mesa donde estaban sus compañeros y Odysseus.
—Solo quiero preguntarte algo, recluta. —Relajó los hombros, bajando la guardia—. Me resulta muy extraño que Zareth y tú se conozcan. Y más aún que se haya atrevido a cuidarte cuando no lo hace con nadie. Su hermana también está aquí, y nunca le ha limpiado ni una herida. ¿Por qué contigo, de pronto, quiere hacerlo? ¿Hay algo entre ustedes? Déjame decirte que las relaciones entre los estudiantes y los del alto mando del castillo están prohibidas por la corte suprema.
—Creo que nos estamos subiendo en el tren equivocado —dijo Cathanna rápido, esforzándose por no darle una mala mirada—. Entre ese hombre y yo no hay nada que pueda confundirse con una relación amorosa. Él está cuidando de mí, porque así lo quiso el destino. Pero yo no quiero que me emparejen con él más. Muchos andan creyendo que yo soy su… Ni siquiera quiero decir ese término. —Rodó los ojos—. En serio, es muy cansado para mí soportar esta situación.
—¿Por qué lo niegas?
Cathanna apretó los puños con fuerza.
—No estoy negando algo que no existe, teniente —dijo, tensando la mandíbula—. No quiero que todos en Rivernum crean que tengo algún privilegio por culpa del comandante. —Quiso reírse, pero se obligó a mantener la mirada seria; si tenía privilegios, pero no era su culpa—. No quiero que me reconozcan solo por eso. Nadie sabe lo que se siente caminar y escuchar: «Ahí va la mujer de tal», «la perrita de tal», «la comida de tal». Por eso odio que me relacionen con él.
—De acuerdo. Ve con tus compañeros. —Antes de que Cathanna pudiera dar un paso, la tomó del brazo—. Si no quieres que los rumores sigan esparciéndose por todo Rivernum, mejor mantente al margen con Zareth. Que no ocurra de nuevo eso que pasó hace días.
—Ni que me interesara estar cerca de él. —Se soltó del agarre y corrió hasta llegar a la mesa, donde se sentó entre Riven y Shahina, quienes estaban pendiente a cada palabra de Odysseus.
Cathanna respiró hondo, obligándose a poner atención a las palabras de Odysseus, que explicaba con paciencia las partes del arco. Aun así, no podía evitar sentir las pesadas miradas de sus compañeros de vez en cuando, como si no tuvieran mejor cosa que hacer —cómo observar al cazador— que estar pendientes dé con quién interactuaba.
Los minutos pasaron de forma lenta hasta que finalmente los hicieron levantarse para guiarlos hacia las dianas de madera. Cathanna plantó sus pies en la tierra y, tras unos segundos, giró la cabeza hacia un lado. Detrás estaba Shahina —lo suficientemente lejos como para que ninguna flecha intentara rozarla— preparando su arco. Lo levantó y soltó la flecha con una facilidad que resultaba muy envidiable.
Pelear con la espada, entrenar y tirar con el arco era algo que hacía todos los días con su familia. Se había preparado tan bien para ingresar a Rivernum que disfrutaba cada oportunidad de demostrarlo.
—Muy bien, recluta Adamirante —dijo Louie.
Cathanna bajó la mirada al arco en su mano. Intentó acomodar la flecha, pero aquello se convirtió en un martirio, ya que cada vez que quería encajarla, se le resbalaba y terminaba en el suelo. La frustración se le fue dibujando en la cara con el pasar de los segundos, hasta que ya no pudo más. Se rindió de golpe, apretando los puños con fuerza, con el arco y la flecha rozándole los pies.
—Heartvern —pronuncio Odysseus detrás de ella—. Toma el arco y la flecha. Rindiéndote nunca lograrás nada.
Cathanna giró la cabeza hacia él y asintió. Se agachó para recoger el arco y la flecha, aferrándose a ellos como si eso le fuera a dar la habilidad que le hacía falta. Sentía la necesidad de ser tan buena como la mayoría de sus compañeros, como Shahina, quien no había fallado ni una sola vez, y le dolía en el pecho no lograrlo con rapidez. La envidia la estaba carcomiendo por dentro de una forma que solo la enojaba más, pues nunca había sentido envidia de nada ni nadie.
Llenó sus pulmones de aire y volvió a intentar encajar la flecha, pero esta solo se resbaló otra vez. Apretó los parpados, conteniendo las lágrimas que le quemaban los ojos, tragándose la rabia.
Las miradas se fueron posando en ella, como dagas filosas que querían encontrar el punto más débil de su cuerpo, y en ese momento, solo deseó con cada fibra de su ser convertirse en alguien más, alguien con una velocidad como Loraine, con una fuerza como Riven, con una destreza como Shahina, y esa maldita habilidad de Arien, que ella no quería reconocer, pero que sí la poseía. Todos tenían algo bueno. Pero ella… ella se sentía como una completa inútil por no poderlos igualar.
Los celos le estaban besando los pies, las manos, los labios. Cada parte de su cuerpo que se estaba conteniendo para no desplomarse en el suelo frente a todos ellos. Quiso intentarlo de nuevo, pero sus manos no respondieron; se quedaron paralizadas, mientras sus ojos seguían mirando al frente, a esa diana en perfecto estado.
Se mordió la lengua con tanta fuerza que un hilo de sangre se deslizó por la comisura de sus labios. Su mente no paraba de recordarle que todos ahí parecían manejar el arco como si hubieran nacido para tenerlo en las manos, mientras que ella jamás lo lograría. Porque no había sido educada para luchar, sino para servir a una persona, para quedarse quieta, para esperar con paciencia, para hablar con elegancia, al tiempo que ese mundo fuera del castillo la iba dejando atrás, congelada en el tiempo, volviéndola dependiente.
Ese pensamiento bastó para que la primera lágrima se le escapara, bajando lento por su mejilla hasta caer al suelo, perdiéndose en los charcos que había dejado la lluvia. Se sintió idiota. A veces lograba cosas que nunca imaginó que haría, pero en momentos como ese… su mente se apagaba por completo, dejándola vacía.
No entendía por qué le sucedía eso. Por qué su mente era tan traicionera. No comprendía por qué, cuando estaba tranquila, no podía hacer nada bien, como si la calma fuera un enemigo sin veneno que la mantenía prisionera. Y esa adrenalina en los momentos tensos fuera el motor que siempre necesitaría para encenderse. Depender únicamente de eso no era algo que quería. Anhelaba poder hacer las cosas por gusto, no por esa maldita necesidad de sobrevivir.
—No puedo hacerlo —le susurró al hombre detrás de ella—. No soy como los otros, no puedo hacerlo. —Dejó caer todo de nuevo—. No importa cuánto me esfuerce. No seré tan buena como nadie.
Louie se acercó rápido, recogió el arco y la flecha y se los puso en las manos. Cathanna comenzó a respirar con dificultad, con el impulso de tirarlos de nuevo y huir de todos esos murmullos de burla dirigidos hacia ella, pero Louie no se lo permitió. Le acomodó las piernas, alineándolas a la altura de sus hombros, y luego tomó sus manos con firmeza, guiándolas para preparar el arco.
—Puedes hacerlo, recluta —sentenció Louie, con una voz dura—. Y me importa una mierda lo que salga de tu boca. Apunta al arco y dispara. —Señaló con un dedo la diana—. Deja de ser una maldita debilucha, recluta. Fuiste la más sorprendente en el Finit. Todos quedamos encantados con lo que hiciste ese día, como para que ahora lo quieras arruinar porque piensas que no puedes. Si puedes, por algo estas en este lugar. O si no, lárgate de aquí. Tú eliges.
Cathanna tragó saliva con fuerza, sintiendo los dedos de Louie posarse de nuevo en los suyos, tensando el arco sin darle espacio a reprochar. Su pecho se contrajo de golpe, quitándole el aliento, pero se obligó a llevarlo de nuevo a su cuerpo. Nadie apartaba la mirada de ella, por lo que sentía que todos podían notar lo inútil que era.
—Respira todo lo que puedas, recluta —ordenó Louie, con la voz tranquila—. Concéntrate en la diana, no en tus compañeros. —La miró de reojo, con una sonrisa—. Ahora tira.
Cathanna asintió, con el aire quemándole los pulmones, mientras liberaba la flecha, la cual salió disparada, atravesando el aire a su alrededor, hasta clavarse con un sonido seco en el borde del blando. No en el centro, pero tampoco en el suelo como pensaba. Un murmullo recorrió a los reclutas a su alrededor, y Cathanna abrió un ojo despacio, con la respiración entrecortada, sin saber si sentirse orgullosa de sí misma o avergonzada por todos los ojos en ella.
Louie retiró lentamente sus manos de ella, dejándola sola con el arco aún elevado. Sonrió y le dio un pequeño golpe en el hombro.
—¿Ves, recluta? —le dijo, arqueando una ceja—. No era tan imposible. La próxima vez, procura que sea en el centro.
Cathanna rodó los ojos y bajó el arco, disimulando la emoción que le hervía por dentro. Loraine llegó con ella y la envolvió en sus brazos, al igual que Riven, pero ella seguía con su mirada en Louie.
—Gracias por ayudarme —habló a Louie.
—Es mi trabajo. —Se alejó rápido.
De repente, varias sombras alargadas comenzaron a moverse entre los reclutas. Cathanna retrocedió hasta que sintió que una la tomaba, inmovilizándola, al igual que a Loraine y Riven, quienes intentaron forcejear sin éxitos. Llevó su mirada a Louie; ella estaba tranquila, observando a todos con los brazos cruzados junto a Odysseus, y eso le dejó en claro que no se trataba de una amenaza real. Para cuando quiso reaccionar, ya se encontraba de pie en medio de un bosque, donde el aire parecía un simple deseo lejano, pues había tan poco que su garganta se cerró de golpe.
Caminó lento, con las manos en el cuello. No había rastro de nada ni nadie en ese lugar, solo árboles grandes y los arbustos con espinas puntiagudas. Por un momento, le recordó a Finit. No quería creer que se encontraba en el mismo lugar, pero considerando como era Rivernum, las posibilidades no eran demasiado descabelladas.
Sintió como los ojos se le humedecían por la falta de aire. Se obligó a no caer de rodillas, apretando las manos en el cuello, intentado con desesperación abrir paso al oxígeno. Un zumbido extraño se filtró entre los árboles, y Cathanna lo reconoció de inmediato: se trataba de un Vehion.
Comenzó a correr tan rápido como podía. No iba a quedarse a ver nuevamente la aterradora apariencia de una criatura de esas. Aunque no recordaba muy bien lo sucedido la última vez —porque su cabeza se había nublado por tantas cosas—, le había quedado claro que no quería volver a toparse con ellos nunca.
Corrió y corrió, con el pecho subiendo y bajando rápido, pero cada vez los sentía más cerca, hasta que paredes comenzaron a salir de la tierra como aquella vez, queriendo dejarla sin ningún escape.
Giró la cabeza y sus ojos se abrieron de golpe: no había uno, ni dos… había más de los que podía contar. Volvió la vista al frente, tragando saliva con fuerza, y se encontró con otra pared. Maldijo internamente y cambió la ruta, pero otra barrera apareció delante.
Para su suerte, había un pequeño agujero. No era muy grande, pero presentía que era suficiente para que su cuerpo lograra escapar. Los Vehion estaban cada vez más cerca y la pared se alejaba, como si se burlara de ella. Cuando una rama rozó su mano, se lanzó al suelo, impulsándose hacia el agujero y logró pasar en el último segundo.
Sus piernas quedaron suspendidas en el aire, mientras sus manos se aferraban a la tierra con fuerza, intentando subir, pero le resultaba imposible. Por inercia, bajó la mirada lentamente y notó varias barandas muy delgadas de piedra, que, a sus ojos, se miraban muy resbaladizas, entrelazándose unas con otras, pegadas a las paredes que se perdían en la oscura neblina. Tragó duro, mirando al frente, pero en ese instante vio a un Vehion que se deslizaba lento.
Un grito se le escapó de la garganta y se dejó caer sobre una de las barandas sin pensarlo demasiado. El impacto le rompió el tobillo, pero la adrenalina la mantuvo en pie, ignorando el dolor. Corrió de manera torpe sobre la estrecha piedra… hasta que esta comenzó a moverse, cambiando de posición como si tuviera vida propia.
Cayó de rodillas, aferrándose con fuerza para evitar que el brusco movimiento la lanzara hacia una muerte segura. Alzó la mirada hacia atrás, donde el Vehion estaba inmóvil, moviendo la cabeza de un lado al otro antes de tirarla hacia atrás, abriéndola.
Se levantó de golpe en cuanto la piedra dejó de moverse. Tenía buen equilibrio, era innato a su cuerpo por ser una nacida del aire. Entonces recordó lo que podía hacer; lo que tantas veces había practicado con Taris en el Valle de Lila. Tomó una bocanada profunda, y saltó sin pensarlo mucho. El viento no tardó en envolverla, levantándola rápido, y depositándola con fuerza en tierra firme.
—¡Mierda! —soltó entre dientes, poniéndose de pie.
Cayó de nuevo al suelo al sentir el ardor punzante recorrerle el tobillo y subirle por la pierna, provocando que sus dientes se adentraran en la carne de su labio inferior, ahogando un grito. Se arrastró con los brazos hacia el tronco más cercano y se apoyó en él, intentando pararse, pero apenas apoyó el pie malo, una descarga de dolor le arrancó un gemido ahogado, besando la tierra otra vez. La frustración se apoderó de ella y comenzó a llorar con fuerza, aunque en seguida se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
No sabía qué hacer, ni cómo salir de ese maldito lugar. La última vez al menos le habían dado una pista: buscar el castillo. Ahora ni siquiera eso. Se quitó la bota con torpeza y sintió náuseas al ver el hueso blanco sobresaliendo levemente de su pie. Pero no tuvo tiempo para simularlo cuando vio al Vehion flotando hacia ella con una velocidad que le detuvo el corazón por unos segundos. Se levantó como pudo y comenzó a correr, con lágrimas descontroladas bajándole por las mejillas a causa del dolor intenso en su pie.
Entonces, en un simple parpadeo, todo su panorama cambió. El bosque, el Vehion, todo eso se deshizo como humo. Y de pronto, se encontraba encima de uno de sus compañeros, en medio del campo de tiro con arco. Se apresuró a alejarse del hombre, tirándose a un lado, recorriendo el campo con la mirada: todos sus compañeros tenían caras de pánicos y heridas en el rostro y en la cabeza.
Primero buscó a Loraine, que estaba de rodillas —alejada de todos—, con el rostro hundido en las manos, atrapada en una especie de trance, mientras sollozaba. Después llevó los ojos a Riven, rígido de pie, con los ojos bien abiertos como si se los hubieran congelado. Y, por último, observó a Shahina, que miraba sus manos temblorosas, incapaz de controlarlas. Sintió unas ganas de acercarse a cada uno de ellos e intentar consolarlos con palabras de ánimo, pero con un tobillo roto que le impedía los movimientos, no podía hacer demasiado.
—Siempre deben estar preparados para cuando las cosas lleguen de sorpresa —dijo Odysseus, elevando la voz, recorriendo a los trece que habían quedado de pie—. La confianza es el peor enemigo de un militar, porque los hace sentirse intocables solo por llevar un maldito uniforme. Deben estar listos para todo. Créanme que los ataques pueden aparecer en cualquier momento y de criaturas extremadamente peligrosas. ¿Se imaginan si hubiera sido real? ¿De verdad creen que con esas caras de trauma iban a sobrevivir? Son patéticos, todos ustedes. —Los señaló con el dedo, lleno de desprecio.
Cathanna bajó la mirada a su pie. Estaba más que convencida de que nunca sobreviviría a un ataque que llegara de imprevisto.
Un sabor amargo se instaló en su boca al notar que Aliana, la única humana de la unidad, y Nathaniel, un hechicero que siempre estaba con Xantheus, fueron los únicos que no volvieron al campo. Nunca habían intercambiado más que algunas malas miradas desde lo sucedido el cuarto día, pero no le caían mal. De hecho, Nathaniel era bastante divertido… cuando no quería ser una persona arrogante.
—No puedo creer cómo terminaron por algo que ni siquiera es real —dijo Louie, negando con la cabeza, posando su mirada dura en cada rostro asustado—. Definitivamente hay mucho trabajo que hacer con ustedes. Solo espero que se adapten rápido al mundo de la guerra, porque créanme: en poco tiempo estaremos en una si Alastoria vuelve a atacar. Cada uno de ustedes será enlistado. A nadie le importará si son solo simples reclutas o cadetes con el pecho inflado de ego; los mandarán a enfrentarse al enemigo como a cualquier otro soldado.
—Recuerden —intervino Edil, quien había llegado hace pocos minutos, con los brazos cruzados y su habitual mirada de pocos amigos—, la disciplina no es algo opcional. Rivernum no tiene lugar para las personas débiles, mucho menos para los que dudan de sus conocimientos. —Llevó la mirada a Cathanna y le dedicó una sonrisa cínica—. Si quieren sobrevivir, deben usar la cabeza y moverse rápido. Cada error se paga con la propia vida. Si no aprenden a actuar por ustedes mismos cuanto antes, simplemente no llegarán al final.
—Lo dice la que ya está muerta —murmuró Cathanna, bajando otra vez la cabeza. Agarró el brazalete y comenzó a jugar con él.
—Lárguense ya a curarse esas heridas —ordenó Louie, poniéndose al lado de Edil—. Necesitamos a los reclutas completos.
Cathanna dejó escapar un suspiro pesado, mientras observaba a sus compañeros avanzar hacia la salida con pasos apresurados. Por un momento, pensó que se quedaría ahí hasta que su tobillo sanara solo, pero entonces, Riven llegó a su lado y, sin decir ni una palabra, la levantó en brazos. Sentir su tacto la hizo estremecer. No porque le gustara, sino porque le producía asco la cercanía masculina, aun así, se obligó a sostenerse. No tenía ninguna otra forma de moverse fuera del campo. Rodó los ojos al sentir la mirada de los demás en ella.
Desvió la mirada hacia el hombre que caminaba con las manos detrás de la espalda recta por el campo, en dirección a sus compañeros. Hacía días que no se acercaba a los reclutas ni por accidente, así que verlo ahí fue una sorpresa tanto para ella, como para los demás. Sus miradas se encontraron por unos segundos; Cathanna notó cómo su mandíbula se tensaba y sus ojos se entrecerraban ligeramente. Rápidamente, ella apartó la mirada, ignorando el calor en su rostro.
—Esa mujer sí que tiene mala suerte —le dijo Louie, cuando terminó de acercarse—. Primero se quedó en blanco, y ahora con el tobillo roto. ¿Acaso iras corriendo a curarla para que no se infecte? —Imitó una voz chillona, ganándose una mirada furiosa de Zareth.
—¿Podrías cerrar la boca? —le pidió, respirando con dificultad, mientras sus ojos miraban la sangre en el suelo—. No quiero que andes de chistosa ahora. ¿Qué tal les fue a todos ellos?
—Son malos para reaccionar rápido —explicó Odysseus—. Pero tienen buenas cualidades con el arco. Bueno, la mayoría.
Zareth asintió.
—De verdad no sé por qué haces esto, Zareth —dijo Edil, con el ceño fruncido—. Ni siquiera deberías estar al mando de una unidad como esta. Has liderado a miles de soldados y ahora te limitas a un grupo tan pequeño. Eres un comandante, Zareth, no un teniente. Alguno de nosotros tres debería estar liderando, no tú. No entiendo por qué le suplicaste a Logística para que te asignara este grupo.
—Es más que obvio, Edil. —Louie rodó los ojos, con una sonrisa sarcástica—. Quiere estar cerca de esa recluta. ¿Es que no piensan con la cabeza? ¿No les parece raro que Zareth haya querido liderar este grupo de inútiles, así como así, cuando nunca se ha involucrado con los estudiantes de Rivernum? —Se cruzó de brazos, apoyando la cabeza en el hombro de su superior—. Y que justo la mujer que cuidó esté entre ellos. Por los dioses, es más que obvio que este hombre quiere estar lo más cerca posible de ella. Pero está tan ocupado que se olvida de sus propios chicos y nos deja a nosotros.
—¡Eso es completamente idiota! —gruñó Edil, con los labios temblando de enojo—. ¡Es pura coincidencia!
—Sí, sí, por supuesto. Pura coincidencia —dijo Louie, mirando a Zareth con una risa picará—. A mí Zareth le interesa una mujer.
—¿Qué carajo estás diciendo? —soltó, empujando a Louie lejos de él—. Te estás haciendo una obra sin sentido en la cabeza. ¡Dioses! Ya no soporto que ustedes sigan con esta mierda. —Respiró profundo, calmándose—. Tenemos que irnos rápido. Hay problemas en la corte.
Edil miró a Louie y luego a Zareth, enojada.
—¿Qué tipo de problemas? —investigó Louie.
—Alastoria.
Cathanna apoyó su cuerpo sobre la cama negra del sanatorio —un salón enorme lleno de camas y closets repletos de frascos—, mordiéndose el labio para no soltar ningún sonido, pero le resultó imposible, ya que el dolor era insoportable. Poco tiempo transcurrió para que una alquimista llegara con ella, examinó la herida y se alejó, causando confusión en Cathanna, quien llevó la mirada a Riven. Él asintió con la cabeza y después de acariciarle el cabello, se dispuso a salir. Estaba herido, pero no lo suficiente como para quedarse ahí.
Llevó aire a los pulmones y se recostó por completo, buscando ignorar el dolor mirando un punto fijo del techo. Tras unos segundos que se le hicieron eternos, la alquimista volvió acompañada por otra mujer, una estudiante del castillo, que en las manos sostenía unos frascos de vidrio con hierbas molidas mezcladas con un líquido rojo.
—Debió ser una caída muy fuerte para que tu tobillo terminara de esta manera —dijo la alquimista, de cabello rubio—. Ella es Anahí, estudiante de alquimia de último año. —Le dedicó una mirada rápido a Anahí—. Nos encargaremos de tu lesión rápido.
Anahí destapó el primer frasco, dejando la tapa sobre la pequeña mesa al lado de la cama donde había colocado el resto de los utensilios, y comenzó a esparcir el contenido sobre sus manos cubiertas con guantes. Luego se acercó a Cathanna, que la miraba asustada, pero sin moverse. Puso sus manos sobre el tobillo lastimado, y con movimientos demasiado rápido, comenzó a masajearlo.
Cathanna soltó un grito que llenó todo el sanatorio, acompañado de lágrimas, mientras intentaba moverse sin éxitos; la alquimista había conjurado un hechizo para paralizarla. Sintió un crujido extraño en el hueso, seguido de una calma que la tranquilizó por unos segundos. Después, una corriente eléctrica la recorrió por completo, provocándole un grito aún más intenso; y finalmente, solo sintió tranquilidad. El dolor había desaparecido. Su pecho subía y bajaba de forma errática y su cabeza daba vueltas.
Anahí se quitó los guantes y se puso otros nuevos. Luego agarró los vendajes que la alquimista le extendió y comenzó a envolver el tobillo de Cathanna. El hueso ya estaba en su lugar, pero la piel tardaría unas horas en sanarse por completo.
—Descansa, recluta —dijo la alquimista.
—Gracias por la ayuda.