Trilogía: Corazón De Acero
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 22: La Dama de Calibre
Victoria Morgan.
El aroma intenso y amargo del espresso que llevaba en el vaso térmico era lo único cálido que lograba combatir la brisa fresca de la tarde, mientras mis botas altas de piel negra marcaban un compás firme y elegante sobre las calles empedradas de Reggio Calabria, Italia. Me ajusté los botones del abrigo cruzado color camel para protegerme del viento marino que soplaba desde el mar Tirreno y, tras la montura de mis gafas de sol oscuras, observé con cautela los antiguos balcones de hierro forjado y el vaivén pausado de la vida local. Saboreaba el anonimato perfecto que me otorgaba mi nueva apariencia: enfundada en un vestido negro de corte midi y con el cabello largo y lacio cayendo en una cascada castaña oscura por mi espalda —tras haberme tenido que teñir obligatoriamente mi característico rubio platino, complementado con lentes de contacto que ocultaban temporalmente el verde natural de mis ojos bajo un tono celeste frío, me perdí deliberadamente en el encanto del sur italiano.
Para el mundo exterior, yo era simplemente una turista de clase alta disfrutando de los paisajes del Mediterráneo; para la F.E.E.M., era la punta de lanza de una operación de infiltración de alto riesgo.
A lo lejos, al doblar una esquina flanqueada por fachadas de tonos ocres y terracota, distinguí mi objetivo. Salvatore Varone caminaba con paso imponente, flanqueado discretamente a unos metros por un par de escoltas que intentaban pasar desapercibidos. Me aseguré de que cada detalle de mi cobertura estuviera en su sitio, respiré hondo y aceleré el paso para interceptarlo justo en el momento propicio.
Como si se tratara de una coreografía milimétricamente ensayada por el destino, di la vuelta al flanco de una fuente de piedra y choqué deliberadamente contra su hombro. El impacto hizo que el vaso térmico se inclinara, derramando el café caliente directamente sobre la solapa de su traje a medida y salpicando parte de mi vestido negro.
—¡Oh, Dios mío! Lo siento muchísimo, iba completamente distraída y no lo vi venir —me disculpe de inmediato, adoptando un tono de voz suave, ligeramente apenado y con el acento extranjero perfectamente calculado.
Salvatore se detuvo en seco, bajando la mirada hacia la mancha oscura en su ropa antes de alzar los ojos para examinarme de arriba a abajo. Su mirada era afilada, calculadora, propia de un hombre que desconfiaba hasta de su propia sombra, pero que al verme quedó momentáneamente desarmado por la sorpresa.
—No te preocupes, descuida. Llevaba prisa y el despistado fui yo —respondio con una voz profunda, de acento italiano marcado, mientras contenía un gesto de fastidio.
—No soy de por aquí, supongo que es obvio —bromeé ligeramente, esbozando una sonrisa amable.
—No, no pareces de Calabria —admitio él, arqueando una ceja con curiosidad—. ¿Turista?
—Sí, estoy pasando unos días de vacaciones en la costa y justo iba en busca de un lugar decente para comer algo antes de que oscurezca —explique con naturalidad.
Salvatore evaluó mis facciones una vez más, y un destello de interés genuino cruzó por sus oscuros ojos.
—Permíteme compensar lo del café. Conozco un excelente restaurante a pocos minutos de aquí, y de todos modos tenía pensado almorzar algo —se arriesgó a invitarme, extendiendo una mano cortés pero firme—. Acompáñame.
Sin esperar una negativa formal, uno de sus hombres de confianza se adelanto para abrir la puerta trasera de un sedán negro de lujo que aguardaba junto a la acera. Salvatore me indicó que subiera primero y él lo hizo justo después. Apenas el vehículo se puso en marcha, el chófer deslizó un pañuelo de tela impecable desde la guantera sin decir una sola palabra y me lo entregó hacia atrás. Lo tomé murmurando un agradecimiento y me dediqué a secar con delicadeza la ligera mancha en la tela de mi vestido negro, agradeciendo mentalmente haber elegido un atuendo oscuro que disimulara el percance.
Durante el trayecto, el interior del auto se mantuvo en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido suave del motor. No fue hasta que el vehículo se detuvo frente a la fachada de un restaurante exclusivo de dos plantas, con ventanales polarizados y un par de vigilantes en la entrada, que Salvatore rompió el hielo. Al descender del coche, una mujer elegante nos recibió en la puerta principal. Sin mediar palabra, Salvatore alargó el brazo y deslizó mi mano con firmeza para enrollarla alrededor del suyo. No me opuse; mantuve la postura erguida y me deje guiar al interior.
—Benvenuto, signor Varone —saludó la recepcionista en perfecto italiano, inclinando ligeramente la cabeza. Acto seguido, me miró de arriba a abajo con una mezcla de desdén y evaluando mi presencia con recelo.
La ignoré por completo, manteniendo la barbilla en alto con la altivez propia de la aristocracia. Salvatore, notando la actitud de la empleada, endureció el tono de inmediato....
—Te sugiero que dejes de mirar mal a mi acompañante y te comportes con la profesionalidad que exige este lugar —espetó el capo con voz fría y cortantes matices de advertencia.
La mujer palideció al instante, balbuceo una disculpa y se apresuró a guiarnos hacia un reservado privado en la planta alta, donde una mesa larga estaba ocupada por varias personas que conversaban animadamente. Justo antes de llegar a los asientos, Salvatore se detuvo un segundo, se inclinó ligeramente hacia mí y me habló en voz baja, cambiando por completo las reglas del juego en cuestión de segundos.
—Escúchame bien... Las personas que ves ahí sentados son mis padres, mi hermano menor con su novia, y una mujer insoportable con la que mi familia está empeñada en casarme por conveniencia —me confesó con fastidio en la mirada—. Necesito un favor enorme, ponte este anillo que llevo en el bolsillo, hazle creer a todos que eres mi prometida oficial desde hace un par de meses, y finge que apenas lograste viajar a Italia para reunirte conmigo porque tus compromisos laborales en el extranjero te lo impedían. Dime... ¿Eres inglesa? —me interrogó con rapidez.
Mantuve la compostura ante semejante giro argumental. Era una oportunidad de oro caída del cielo, la infiltración se había abierto paso sola sin necesidad de forzar los protocolos de la F.E.E.M.
—Sí, soy de Londres. De la alta sociedad y los círculos cercanos a la realeza británica —le respondí con una seguridad imperturbable, adoptando el personaje al instante—. Mi nombre es Amira Jones. Y que conste... odio la comida gourmet y los protocolos absurdos; solo bebo vino de excelente cosecha.
Una sonrisa genuina, de auténtica diversión y alivio, se dibujó en los labios de Salvatore al escucharme.
—Mucho gusto, Amira Jones. Soy Salvatore Varone, el hijo mayor de esta dinastía. Yo también bebo únicamente buen vino, detesto la comida pretenciosa de los restaurantes caros pero la soporto por compromiso familiar, y para que lo sepas... soy alérgico a los frutos secos —me soltó a modo de confesión íntima.
—Perfecto. Yo no tengo ninguna alergia alimentaria, y para redondear la historia... mis padres fallecieron recientemente, razón principal por la cual no había podido viajar antes a Calabria a visitarte —improvisé con frialdad profesional, tejiendo la tragedia perfecta.
Los ojos de Salvatore se suavizaron con un destello de genuina compasión.
—Eso es... perfecto para la farsa, aunque lamento profundamente lo de tus padres. Es una tragedia terrible. Hace poco mi familia me exigía presentar a una prometida oficial ante la alta sociedad calabresa, saber esto de tu situación familiar nos da el pretexto perfecto para justificar el luto y la discreción... Te lo agradezco, Amira.
—¿Salvatore? ¡Por fin llegas! —exclamó una voz femenina, aguda y cargada de pretensión, interrumpiendo nuestra rápida charla justo cuando estábamos por llegar a la mesa.
El heredero de la 'Ndrangheta se giró con elegancia. Una mujer rubia, de rasgos afilados y un vestido de diseñador exageradamente llamativo, la misma que su familia le tenía asignada como esposa, se interpuso en nuestro camino con las manos en la cintura.
—¿Y ella quién demonios es? —pregunto la rubia con tono altanero, clavando sus ojos llenos de desprecio en mí.
Salvatore ni siquiera titubeó; pasó su brazo por mi cintura, acercándome a su cuerpo con una posesividad calculada.
—Ella es Amira Jones, mi prometida oficial —soltó el capo con absoluta naturalidad, dejando a la mujer con la boca abierta.
Pasamos de largo sin darle tiempo a replicar y nos acercamos al gran comedor donde la familia Varone nos aguardaba en completo silencio, con todas las miradas clavadas fijamente en nosotros, analizando cada uno de mis pasos.
—Familia... —anunció Salvatore con ese acento italiano profundo y dominante que imponía respeto en toda la sala—. Les presento a Amira Jones, la mujer con la que me voy a casar.
—Es un verdadero placer conocerlos a todos —saludé con una sonrisa educada, fingiendo un toque de timidez perfectamente medido para encajar en el papel de la prometida extranjera.
—¡El placer es nuestro, querida! Yo soy Emma Taylor, la novia de Enzo, el hermano menor de tu flamante prometido... supongo que ya te habló de nosotros —me recibió con entusiasmo una joven de cabello castaño claro, sonriéndome con calidez. Asentí de inmediato—. Por cierto... ¿Eres de Londres? Tu acento es fascinante.
—Sí, así es... —respondí con elegancia.
Mientras tanto, Salvatore se encargó de retirar la silla con extrema caballerosidad para que me sentara justo a su lado. En el extremo inmediato quedó ubicada la rubia descartada, cuya expresión reflejaba un veneno puro que apenas podía contener.
—Y dinos, querida Amira... ¿Qué te trae exactamente por Calabria, o desde cuándo conoces a mi hijo Salvatore? —interrogó el patriarca de la familia Varone, evaluándome con la frialdad de un viejo lobo de mar.
Mantuve la calma y solté el discurso que había ensayado mentalmente segundos antes
—Suelo viajar por Europa cuando el peso de mi apellido y las obligaciones de la aristocracia se vuelven demasiado asfixiantes. Pertenecer a la alta sociedad londinense y a la burocracia de la corona a veces te ahoga el alma... Y en una de mis visitas privadas a esta hermosa región de Calabria, el destino hizo que cruzara caminos con Salvatore —expliqué con una naturalidad pasmosa, como si cada palabra fuera una verdad absoluta.
—¿Y tus padres, querida? ¿Por qué no te acompañan en una ocasión tan importante? —inquirió la madre de Salvatore con suspicacia, escudriñando mis gestos sin disimulo.
—Fallecieron hace poco tiempo, señora Varone... Por eso mismo mi llegada a Calabria se había retrasado indefinidamente. Como les comentaba, cargar con el linaje de una dinastía burocrática es pesado, y más ahora que, tras la pérdida de mis padres, prácticamente solo quedamos mi hermano y yo gestionando los títulos familiares —respondí con un tono sutilmente melancólico, bajando la mirada de forma estratégica.
Usar una falsa tragedia familiar resultó ser un recurso magistral; la dureza en los ojos de los padres de Salvatore se desvaneció parcialmente, transformándose en una mezcla de respeto y lástima protocolaria. Sin planearlo, el propio Salvatore me había abierto las puertas de su vida y de su mesa sin sospechar ni por un segundo que estaba invitando al zorro directamente al gallinero. Esta posición privilegiada facilitaba de forma colosal mi misión, no necesitaba forzar las cosas ni levantar sospechas, solo debía mantener la fachada, asegurar pruebas clave y esperar a que la F.E.E.M. diera el golpe final para sacarme de allí antes de que descubrieran que la "aristócrata británica Amira Jones" no era más que un fantasma con placa militar.
—Y supongo que, ya estando aquí, la boda se celebrará muy pronto —interrumpió con malicia la rubia desairada, cruzándose de brazos—. Por cierto... ni siquiera nos has dicho tu nombre, querida invitada.
—Allegra... Allegra Davies —se adelantó ella misma con falsa dulzura.
—Mucho gusto, Allegra. Y para responder a tu pregunta sobre la boda... sí, los planes están en marcha —repliqué con una sonrisa helada.
—¿Exactamente cuándo piensan casarse? —soltó de repente Enzo, el hermano menor, con genuina curiosidad, antes de recibir un codazo rápido y certero en las costillas por parte de Emma.
Salvatore me miró de reojo por una fracción de segundo, buscando mi aprobación. Sentí su mano grande y cálida posarse con firmeza sobre mi rodilla por debajo de la mesa, apretándola ligeramente en un gesto silencioso que pedía apoyo absoluto en la farsa. Inhalé hondo, recordándome a mí misma que todo esto era estrictamente trabajo táctico, que el equipo de la F.E.E.M. llegaría a tiempo, y que mi deber era evitar a toda costa que este peligroso y atractivo mafioso terminara conmigo atado de por vida a un imperio criminal intocable... o peor aún, que me descubriera.
Me volví hacia Salvatore, le devolví la sonrisa con una mezcla de complicidad ensayada y respondí con la frase que iba a dinamitar el tablero de la mafia calabresa:
—Así es... Nos casaremos en exactamente un mes....