Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 22
Roberto Serrano no levantó la voz.
Eso fue lo peor.
Se quedó de pie en la entrada, con una bata gris encima del pijama, los brazos cruzados y la vista fija en la camioneta negra como si estuviera evaluando una adquisición sospechosa. La luz amarilla del recibidor le marcaba las arrugas de preocupación alrededor de los ojos.
Valentina bajó primero.
—Papá.
Roberto miró el abrigo masculino que le cubría los hombros. Luego miró a Adrián, que había bajado por el otro lado y ya caminaba hacia ellos con una serenidad indecente para un hombre que acababa de aparecer en la puerta de una casa ajena pasada la medianoche.
—Vale —dijo Roberto—, ¿me vas a explicar por qué llegas a esta hora con un desconocido?
Adrián se detuvo a una distancia correcta.
—Buenas noches, señor Serrano. Adrián Castellán.
Roberto no le ofreció la mano de inmediato.
Valentina sintió que el estómago se le encogía.
—Es... un amigo.
El silencio que siguió fue tan largo que hasta Joaquín, junto a la camioneta, pareció volverse parte de la reja.
Roberto levantó apenas una ceja.
—¿Un amigo que se presenta con nombre completo?
—Papá.
—¿Un amigo Castellán?
Adrián aceptó la pregunta sin pestañear.
—Sí, señor.
Roberto por fin le dio la mano. Fue un apretón breve, firme, sin cortesía sobrante.
—Roberto Serrano.
—Lo sé.
—Qué tranquilidad.
Valentina cerró los ojos un segundo. Dios mío. Dos hombres con traje invisible midiendo territorio en la puerta de su casa. Justo lo que le faltaba a la noche.
Desde dentro llegó la voz de Carmen.
—¿Roberto? ¿Es Vale?
La madre apareció con un chal encima de los hombros y el cabello recogido de prisa. En cuanto vio a Valentina, se llevó una mano al pecho.
—Mi niña, ¿qué pasó?
—Nada grave, Mamá.
—Si fue nada grave, ¿por qué traes cara de funeral y abrigo de hombre?
Valentina se quitó el abrigo de inmediato, como si el gesto pudiera borrar media evidencia. Adrián lo recibió sin comentario. Ese detalle, la forma natural en que extendió la mano justo cuando ella la necesitó, hizo que Carmen los mirara con más atención.
—Un problema con una empleada del taller —explicó Valentina—. Mónica. Hubo una amenaza por una deuda familiar y tuve que ir por ella.
Roberto giró la cabeza.
—¿Tuviste que ir?
—No empecemos.
—Vamos a empezar, claro que vamos a empezar.
Adrián intervino con una calma impecable.
—La señorita Serrano llegó antes de que yo pudiera enviar apoyo. La situación ya está bajo revisión legal.
—¿Apoyo de quién? —preguntó Roberto.
—De mi equipo.
—¿Su equipo?
—Capital Solaris tiene abogados externos para estos casos.
Carmen miró a Valentina.
—¿Capital Solaris?
Valentina quiso meterse debajo de una maceta.
—Mamá, no lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga si entra a mi casa el señor de Capital Solaris a las doce y media de la noche?
—Técnicamente todavía no ha entrado.
Roberto la miró.
—Valentina.
—Ya me callo.
No se calló, pero bajó la voz.
Adrián hizo una inclinación mínima.
—Lamento la hora. La traje porque no me pareció correcto dejar que volviera sola después de lo ocurrido.
—Eso se agradece —dijo Carmen, todavía estudiándolo—. Pero mi hija no suele necesitar guardaespaldas.
—Esta noche sí.
La frase no sonó posesiva. Sonó factual, y por eso Roberto tardó un segundo más en responder.
—Pase, Señor Castellán. Cinco minutos. Si va a hablar de mi hija como si hubiera estado en riesgo, prefiero escucharlo sentado.
—Papá, no.
—Sí.
Adrián miró a Valentina.
—Puedo irme.
Era la salida perfecta. Ella podía decir que sí, cerrar la puerta, soportar el sermón familiar y fingir que nada de esa noche había removido más de la cuenta.
Pero Roberto ya había visto su temblor. Carmen ya había visto el abrigo. Y Adrián, por una vez, estaba esperando una señal en lugar de imponerla.
Valentina respiró hondo.
—Pasa cinco minutos.
La sala de los Serrano olía a madera encerada y canela. En una mesa lateral había una corona de adviento con dos velas nuevas, todavía sin encender. La casa no era ostentosa como La Hacienda Castellán; era amplia, cuidada, llena de fotos familiares y objetos elegidos por alguien que vivía allí de verdad. Adrián miró una imagen de Valentina a los dieciséis años con un vestido blanco de graduación. No sonrió, pero su mirada se detuvo un segundo de más.
Carmen lo notó.
—¿Café?
—No quiero molestar.
—Ya molesta —dijo Roberto—. Tome café.
—Papá.
—¿Azúcar, Señor Castellán?
—Sin azúcar, gracias.
Valentina se sentó en el borde del sofá. Adrián tomó el sillón individual más cercano a la salida, como si entendiera que en esa casa no tenía derecho a ocupar el centro. Ese gesto le bajó a Roberto media línea de tensión, aunque no lo admitió.
—Cuéntenos —pidió su padre—. Sin adornos.
Valentina habló antes de que Adrián pudiera hacerlo.
Les contó lo de Mónica desde el taller, la amenaza de Carlos, el club, Braulio y la revisión de documentos. No mencionó el abrazo. No mencionó la discusión afuera. No mencionó "te voy a encerrar de verdad". Adrián tampoco la corrigió.
Cuando terminó, Carmen dejó la taza frente a ella.
—¿Y tú pensaste que era buena idea meterte a Club Dorado?
—No fue mi plan más brillante.
—Eso no responde.
—No. No fue buena idea.
La aceptación simple hizo que Carmen se sentara a su lado.
—Hija, ayudar no significa ponerte en manos de cualquier hombre con corbata y amenazas.
—Lo sé.
Roberto miró a Adrián.
—¿Y usted cómo entra en esto?
Valentina abrió la boca.
Adrián respondió primero:
—Como amigo.
Valentina lo miró de reojo.
Él no cambió la cara. Traidor.
Roberto dejó la taza sobre la mesa.
—¿Amigo de cuánto tiempo?
—Poco.
—Muy honesto.
—Sería inútil mentirle.
Carmen ocultó una sonrisa en la taza. Valentina la vio y entendió, con horror, que su madre estaba disfrutando aquello.
—Valentina trabaja conmigo en un proyecto de joyería —añadió Adrián—. Su criterio me importa. Y si alguien usa su taller o su nombre para presionarla, intervengo.
Roberto sostuvo su mirada.
—Mi hija tiene familia.
—Lo sé.
—Tiene padre.
—También lo sé.
—Entonces no actúe como si fuera el único que puede protegerla.
Adrián no respondió rápido. Ese silencio, en él, fue casi respeto.
—Tiene razón.
Valentina parpadeó. Roberto también.
—Qué raro se oyó eso —murmuró ella.
Carmen le dio un golpecito en la rodilla.
—Compórtate.
Adrián siguió mirando a Roberto.
—No vine a reemplazar a nadie. Vine porque esta noche yo tenía información antes que ustedes. La próxima vez, si Valentina lo autoriza, los aviso también.
Valentina se enderezó.
—Yo puedo avisarles.
—Entonces avísales tú.
Otra vez ese espacio. Esa forma de ceder sin soltarla del todo.
Roberto pareció anotarlo en alguna libreta mental.
La conversación habría terminado ahí si Carmen no hubiera mirado la corona de adviento.
—Y hablando de avisar —dijo—, ¿qué vas a hacer en Navidad?
Valentina se quedó quieta.
—¿Ahora?
—Ahora. Porque tu hermano acaba de escribir que no llega de Los Ángeles hasta el veintiséis, tu papá tiene que revisar la planta en Querétaro el veinticuatro temprano y yo voy a pasar Nochebuena con tu tía Lidia en Guadalajara. Tú dijiste que tenías invitación de Mariana para Valle de Bravo, pero nunca confirmaste.
Adrián dejó la taza sobre el platito sin hacer ruido.
Valentina sintió que la sala entera giraba hacia ella.
—Sí. Mariana va. Paloma probablemente también. Santiago Montiel organizó unos días en la Hacienda Valle de Bravo.
—¿Santiago Montiel? —preguntó Roberto.
—Familia conocida —dijo Carmen—. Su mamá y yo coincidimos en el patronato.
Roberto no apartó la vista de Adrián.
—¿Usted también va?
Adrián pudo mentir. No lo hizo.
—Sí.
Valentina se tapó la cara con una mano.
—Ay, por favor.
Roberto apoyó la espalda en el sillón.
—Qué casualidad.
—No hay nada casual en mi agenda, señor Serrano.
Carmen soltó una risa breve. Roberto no.
—Vale —dijo su padre—, eres adulta. No voy a prohibirte viajar con tus amigos. Pero después de lo de esta noche, quiero dirección, contacto del anfitrión, horarios y una llamada diaria.
—Papá.
—Una.
Valentina iba a discutir. Miró a Adrián. Él no dijo nada, pero su expresión decía lo mismo: elige tus batallas.
—Está bien —aceptó ella—. Una llamada diaria.
Carmen le apretó la mano.
—Y si te sientes incómoda, regresas. Sin pena.
—Sí, Mamá.
Roberto se puso de pie. La reunión había terminado.
Adrián también se levantó.
—Gracias por recibirme.
—No lo recibí —dijo Roberto—. Lo interrogué.
—Entonces gracias por interrogarme en sala y no en la banqueta.
Por primera vez, Roberto casi sonrió.
Valentina acompañó a Adrián hasta la puerta. Afuera, Joaquín seguía junto a la camioneta como si llevara años esperando.
Ella le devolvió el abrigo.
—Lo hiciste bastante normal.
—Mentí dos veces.
—¿Cuáles?
Adrián se inclinó un poco, lo suficiente para que solo ella lo oyera.
—Dije que era tu amigo. Y dije que no quería molestar.
Valentina tuvo que morderse la sonrisa.
—Vete antes de que mi papá vea esa cara.
Adrián bajó la mirada a su boca, pero no la besó. Solo abrió la puerta de la camioneta.
—Mañana te mando los datos de Valle de Bravo para tu padre.
—¿Tan obediente?
—Hoy aprendí que los Serrano toman café sin perdonar.
Ella soltó una risa pequeña, cansada.
Adrián subió al auto. Antes de que Joaquín arrancara, bajó la ventana.
—Duerme, Vale.
No fue una orden. Fue una despedida.
Valentina cerró la reja y volvió a la casa con el corazón todavía acelerado.
Carmen la esperaba en el pasillo con los brazos cruzados y una expresión demasiado tranquila.
—Amigo, ¿verdad?
Valentina se quitó los zapatos.
—Muy amigo.
—Ajá.
Roberto apareció detrás de Carmen con la taza vacía en la mano.
—Mañana me das el contacto de Santiago Montiel.
—Sí, Papá.
—Y Valentina.
Ella se detuvo en el primer escalón.
—¿Qué?
Roberto miró hacia la calle, donde la camioneta negra ya doblaba la esquina.
—Ese hombre no mira como amigo.
excelente
Gracias.