Desperté años en el pasado con una misión: eliminar al futuro Rey Demonio.
Sin embargo, cuando lo encontré, era solo un bebé.
Un bebé demasiado inteligente.
Un bebé que conocía mi nombre.
Un bebé que me miró con tristeza y susurró:
—Te encontré otra vez, mamá
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parte 2 : Cuando Lucien dejó de hacer travesuras
La conversación terminó poco después.
Pero la sensación incómoda permaneció.
Al menos para Lucien.
Porque cuanto más pensaba en las palabras de Elena...
Más inquieto se sentía.
Alguien estaba ocultando recuerdos.
Alguien estaba modificando las líneas temporales.
Y lo peor era que no sabía quién.
Aquella tarde decidió alejarse un poco de la academia.
Necesitaba pensar.
Sin Lyra vigilándolo.
Sin Elena haciéndole preguntas.
Sin profesores intentando enseñarle cosas que ya había aprendido en otras veinte vidas.
O treinta.
Había perdido la cuenta.
—Definitivamente fueron más de treinta.
Murmuró.
Caminó por uno de los senderos menos transitados del bosque que rodeaba la academia.
Las hojas se movían suavemente.
La luz atravesaba las ramas.
Todo parecía tranquilo.
Normal.
Por un instante incluso consiguió relajarse.
Entonces escuchó una voz.
—Te encontré.
Lucien se congeló.
Aquella voz.
Era suave.
Hermosa.
Familiar.
Y, por alguna razón, aterradora.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Giró inmediatamente.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
No había nadie.
Los árboles permanecían inmóviles.
El sendero estaba vacío.
Lucien frunció el ceño.
Sabía lo que había escuchado.
No lo había imaginado.
—Muéstrate.
Nadie respondió.
El pequeño dio algunos pasos.
Observando los alrededores.
Buscando cualquier señal.
Y entonces lo vio.
Flotando entre dos árboles.
Un hilo rojo.
Muy fino.
Brillante.
Como si estuviera tejido con luz líquida.
Lucien se quedó inmóvil.
Porque reconoció aquel hilo.
No sabía de dónde.
No sabía cuándo.
Pero lo reconoció.
Y eso fue suficiente para ponerlo nervioso.
Lentamente extendió una mano.
Cuando sus dedos tocaron el hilo...
Una imagen apareció en su mente.
Una mujer.
Cabello largo.
Vestido oscuro.
Una sonrisa extraña.
Y ojos imposibles de olvidar.
La visión desapareció tan rápido como llegó.
Lucien retrocedió.
Sobresaltado.
El hilo rojo se desintegró en pequeñas partículas de luz.
Como si nunca hubiera existido.
—¿Qué fue eso...?
Murmuró.
Pero en el fondo ya conocía la respuesta.
O al menos una parte de ella.
La Tejedora.
Aquella misma noche...
Muy lejos de la academia.
En una torre abandonada oculta entre montañas negras.
Una mujer abrió los ojos.
Lentamente.
Como alguien despertando de un sueño demasiado largo.
Las sombras comenzaron a moverse a su alrededor.
Danzando.
Susurrando.
Obedeciendo.
La mujer observó sus propias manos.
Como si hubiera olvidado cómo se veía.
Luego sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Demasiado tranquila.
—Cuánto tiempo ha pasado...
Murmuró.
Las sombras respondieron con un leve estremecimiento.
Como si celebraran su regreso.
La mujer se levantó.
Su vestido oscuro rozó el suelo de piedra.
Miles de hilos rojos aparecieron a su alrededor.
Uniendo paredes.
Techo.
Sombras.
Recuerdos.
Destinos.
Todo parecía conectado a ella.
Todo parecía formar parte de una gigantesca red invisible.
La red del tiempo.
La red de las vidas.
La red de los destinos.
La Tejedora observó uno de aquellos hilos.
Y sonrió con ternura.
Una ternura que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.
—Sigues siendo igual...
Susurró.
Frente a ella apareció la imagen de un pequeño niño de ojos rojos.
Lucien.
La imagen se balanceó suavemente dentro del hilo.
Como un recuerdo atrapado.
Como un destino inevitable.
—Incluso después de tantas vidas.
La sonrisa de la mujer se volvió más profunda.
Más melancólica.
Más peligrosa.
—Intentaron alejarte de mí.
Los hilos comenzaron a vibrar.
—Intentaron borrar mis recuerdos.
—Intentaron cambiar la historia.
La habitación entera tembló.
Pero ella siguió sonriendo.
Porque parecía divertirse.
Como alguien observando una partida cuyo resultado ya conoce.
Entonces tomó uno de los hilos.
Y tiró suavemente de él.
Muy suavemente.
En ese mismo instante...
A cientos de kilómetros de distancia...
Lucien sintió un escalofrío.
Una sensación extraña recorrió todo su cuerpo.
Como si alguien acabara de pronunciar su nombre.
Como si algo estuviera acercándose.
Algo antiguo.
Algo que llevaba buscándolo durante mucho tiempo.
La Tejedora cerró los ojos.
Y susurró una última frase.
—Después de tantas vidas...
Abrió lentamente los ojos.
—Por fin volveremos a encontrarnos, Lucien.
Y en algún lugar del mundo...
Un antiguo reloj detenido durante siglos volvió a funcionar.
Tic.
Tac.
Tic.
Tac.
Como anunciando que algo había comenzado.
Algo que ya no podía detenerse.
Fin del Capítulo 21