Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 15: Lealtades en Llamas
El rugido del motor de la camioneta blindada era lo único que llenaba el silencio denso mientras ascendían por las trochas serpenteantes de la cordillera. El paisaje de Antioquia, con su verde profundo y su niebla traicionera, parecía observar el regreso de los hijos de la traición. En el asiento trasero, Beatriz dormía bajo el efecto de los sedantes, ajena a que se dirigía al lugar donde su vida se detuvo hace veinte años.
Elena Vargas miraba por la ventana, pero sus ojos no veían el bosque. Veía las manos de Samael sobre las suyas. Sentía el peso de la placa de metal que cargaba en su bolsillo táctico.
—Estamos a diez kilómetros del punto de entrada —dijo Maira desde el asiento del copiloto, sin despegar la vista de su tableta—. Samael, el satélite muestra actividad de convoyes en la vía principal. Silas no nos ha perdido el rastro.
Valeria, que conducía con una agresividad contenida, apretó el volante hasta que sus nudillos endurecidos se pusieron blancos. No había dicho una palabra desde que salieron del piso franco de Samael. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de quebrarse.
—Busca una ruta alterna, Maira —ordenó Elena—. No podemos permitir que nos acorralen antes de llegar al yacimiento.
—¿"Nos" acorralen, Leni? —la voz de Valeria cortó el aire como un látigo—. ¿Desde cuándo hablas por este malparido y por nosotras como si fuéramos un solo equipo?
El silencio que siguió fue asfixiante. Samael, sentado en la parte trasera junto a los suministros, ni siquiera se inmutó. Su mirada de gris acero se cruzó con la de Elena por el retrovisor, una comunicación silenciosa que Valeria no pasó por alto.
—Para el carro, Val —dijo Elena con suavidad, pero con firmeza.
—No voy a parar ni un carajo —Valeria frenó en seco en medio de un claro, haciendo que todos se sacudieran. Se bajó de la camioneta y abrió la puerta de Elena—. Bájate. Ahora.
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Elena bajó, sintiendo el aire frío de la montaña en su piel. Valeria se paró frente a ella, su constitución musculosa y su mirada de fiera herida desafiando la "gema tallada" que era Elena.
—Huelo a Samael en ti, Leni —le soltó Val, con un asco que le dolió a Elena más que cualquier golpe—. Te vi salir de esa habitación con él en el piso franco. Vi cómo lo mirabas. ¿Ese es tu plan? ¿Entregarte al hijo del hombre que quemó a tu familia para sentirte "protegida"?
—No entiendes lo que pasó, Val —intentó explicar Elena, pero la rabia de su amiga era un muro de fuego—. Él me dio la información, él salvó a mi madre...
—¡Él te está usando! —gritó Valeria, dándole un empujón que Elena detuvo con un movimiento técnico—. Él es un Blackwood. Ellos no salvan personas, ellos coleccionan activos. Y tú, con esa cara de tonta enamorada, le estás entregando nuestras vidas en bandeja de plata. ¡Él nos va a vender apenas encuentre esas esmeraldas!
Samael bajó de la camioneta, su imponente figura de 1.90 metros proyectando una sombra de dominación sobre ambas mujeres.
—No la estoy usando, Valeria. Estoy terminando lo que mi padre no pudo.
—¡Tú te callas! —Valeria sacó su arma y le apuntó directo a la frente—. Un paso más y te juro que no llegas vivo a ver tus piedras.
—¡Basta! —Elena se interpuso, poniéndole la mano sobre el arma a Valeria—. Val, confía en mí. Sé lo que estoy haciendo.
—No, Leni. Ya no confío en ti —dijo Valeria con los ojos llenos de una ternura amarga y decepcionada—. Porque la Elena que yo entrené nunca se hubiera dejado poseer por el enemigo.
Valeria se dio la vuelta y se alejó hacia el borde del camino, necesitando espacio. Maira se quedó en la camioneta, atrapada en medio de una lealtad que se estaba desintegrando.
La tensión era tan alta que Elena sentía que iba a explotar. Samael se acercó a ella en la penumbra del bosque, mientras la niebla empezaba a ocultar la camioneta. La agarró del brazo y la arrastró hacia una pequeña construcción abandonada, una antigua estación de guardabosques que apenas se mantenía en pie entre la maleza.
—Déjame, Samael. Ya causaste suficiente daño —dijo Elena, aunque su cuerpo se inclinaba hacia él por puro instinto de supervivencia emocional.
—Tu amiga tiene razón en algo, Leni —susurró él, acorralándola contra las tablas de madera húmeda—. No deberías confiar en mí. Pero tampoco puedes dejar de desearme.
Samael la besó con una pasión salvaje que buscaba ahogar la culpa de Elena. Fue un beso cargado de la adrenalina de la pelea con Valeria, un choque de dientes y lenguas que sabía a desesperación. Él la alzó, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, y la llevó hacia un banco de madera cubierto de polvo.
Él no fue paciente. Sus manos grandes y de dedos largos rasgaron el top táctico de Elena, dejando sus pechos firmes y de piel canela expuestos al aire frío, que se calentó de inmediato con el contacto de la boca de Samael. Él devoró sus pezones con una urgencia dominante, provocando que Elena soltara gemidos que se perdían en el espesor del bosque.
—Dime que me odias —gruñó Samael, bajándole los pantalones con un tirón impaciente—. Dime que me odias mientras te hago olvidar quién eres.
—Te odio... te odio tanto que me quema —respondió ella, hundiendo las uñas en sus hombros anchos, buscando el dolor para confirmar que esto no era un sueño.
Samael se deshizo de su ropa y la penetró de una sola embestida, profunda y poderosa, que hizo que Elena arqueara la espalda y golpeara su cabeza contra la pared de madera. El ritmo era frenético, una lucha de dominación carnal donde Samael reclamaba cada centímetro de su ser. Sus estocadas eran lentas y pesadas, llenas de una posesividad que no admitía competencia. Elena lo rodeó con sus brazos, pegando su pecho sudado al de él, sintiendo el latido errático de dos corazones que solo sabían de guerra.
Ella se entregó al placer con una ferocidad nueva, una que nacía de la ruptura con Valeria. Si el mundo se estaba acabando, si su círculo de lealtad se rompía, al menos quería arder en los brazos del hombre que la entendía en su oscuridad. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados en el cuello de Samael, mientras él la sujetaba por las caderas con una fuerza bruta, elevándola para entrar más profundo, buscando el núcleo de su resistencia hasta que Elena se quebró. El clímax llegó como un rayo, una explosión de sensaciones que los dejó temblando, sudorosos y unidos por un pacto de piel que las palabras de Valeria no podían borrar.
Salieron de la construcción minutos después, con las roscas de la ropa todavía desordenadas y la mirada de quienes han compartido un secreto prohibido. Valeria los esperaba junto a la camioneta, con el rostro de piedra. No dijo nada, pero la forma en que miró el cabello desordenado de Elena y el labio partido de Samael lo dijo todo. La grieta en el equipo era ahora un abismo.
—Maira detectó drones —dijo Valeria fríamente, sin mirar a Elena—. Silas está a menos de cinco minutos. Si nos vamos a morir aquí por culpa de tus hormonas, Leni, al menos ten la decencia de cargar tu arma.
Elena subió a la camioneta en silencio. La ternura de su amistad con Val se había convertido en un hielo cortante. Samael tomó el asiento del conductor, sabiendo que ahora él era el único que podía guiarlos por el laberinto de las montañas.
—Mantenlas vivas, Samael —susurró Elena mientras el vehículo se ponía en marcha—. Porque si algo les pasa a ellas por tu culpa, no habrá rincón en el infierno donde puedas esconderte de mí.
—Ya estamos en el infierno, Leni —respondió él, acelerando hacia el corazón de la montaña—. Solo estamos decidiendo quién de nosotros se queda con las llaves.
De repente, una explosión sacudió la vía metros adelante. El primer ataque de Silas había comenzado. El misterio de las esmeraldas estaba a punto de ser bautizado con sangre, y Elena Vargas tenía que decidir si su lealtad pertenecía al pasado que la formó o al hombre que la estaba transformando en algo que ella misma no reconocía.