Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
NovelToon tiene autorización de Marceth S.S para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 11: Mi mate
No está en ningún lugar real, lo sé, pero mi cuerpo reacciona como si lo estuviera. Como si ella estuviera cerca, observándome desde algún punto invisible. Como si el sueño no fuera un sueño, sino un llamado.
En una de las noches, recuerdo haberla tenido entre mis brazos. No desnuda, no de forma explícita… sino encajada contra mí, su espalda apoyada en mi pecho, mi barbilla sobre su hombro. El gesto era íntimo de una manera más peligrosa que cualquier acto físico. Como si ese lugar hubiera sido siempre suyo.
—Luke… —creo haber escuchado.
O tal vez lo imaginé.
Despierto con el nombre flotando en el aire, con la sensación de haber perdido algo al abrir los ojos. Algo importante.
No sé quién es.
No sé de dónde viene.
No sé por qué mi cuerpo, mi lobo y mis instintos la reconocen como propiedad absoluta
Solo sé que cada noche, cuando el sueño me atrapa, ella vuelve.
Pelirroja.
Sin rostro.
Con un aroma dulce que me reclama.
Y que, por primera vez en mi vida, tengo la terrible sensación de que no estoy soñando solo.
—¿Todo bien? —pregunta Alexander, sacándome de mis pensamientos.
—Sí —respondo, automático—. Continúa.
Pero no estoy bien.
Y no tengo idea de qué es este sentir...
solo sé que no piensa dejarme en paz.
Alexander se recuesta contra el respaldo de la silla y se pasa una mano por el rostro, cansado.
—Ya nos estamos ocupando de esos lobos rebeldes —dice—. Hemos enviado emisarios, intentado razonar con ellos… pero se niegan a cooperar.
No me sorprende. Los que reclaman sin derecho rara vez buscan diálogo.
—Manténme informado —respondo con firmeza—. Si la situación escala, llámame. No dudes en pedir ayuda.
Alexander asiente, serio.
—Lo haré. No pienso permitir que esto se convierta en un conflicto mayor.
Seguimos adelante con más papeleo, mapas extendidos sobre la mesa, firmas, sellos, estrategias. Todo lo necesario para mantener la paz… o para preparar la guerra una vez más, si llega a ser inevitable.
Cuando finalmente damos por terminada la reunión, me pongo de pie y tomo mi abrigo.
—Ya debo volver —digo—. Mañana será un día caótico, y aún tengo papeleo atrasado en la reserva.
Y, aunque no lo digo en voz alta, algo más me está llamando con una insistencia que ya no puedo ignorar.
Alexander se levanta también y me acompaña hasta la salida.
—Nos veremos pronto —dice, esbozando una sonrisa cansada
Nos estrechamos el antebrazo en señal de respeto y me alejo, retomando el camino de regreso. El frío me golpea el rostro, despejándome apenas.
Salgo del territorio de la manada vecina y no espero más.
El cambio me recorre como un relámpago.
Huesos que se acomodan, músculos que se expanden, sentidos que se afilan hasta doler. En segundos estoy sobre cuatro patas, el pelaje dorado erizándose contra el frío nocturno. El bosque se abre ante mí y corro, galopando con fuerza, dejando que el suelo vibre bajo mis patas.
Necesito moverme.
Necesito llegar.
Mi lobo ruge dentro de mí, inquieto.
Esto no está bien
Dice Ian, mi otra mitad, con un tono que no le había escuchado antes. No es alerta de peligro.
Es… incomodidad.
—¿Qué sientes? —le pregunto mientras esquivo árboles y cruzo claros a toda velocidad.
"Calor"
Responde sin dudar.
"Demasiado calor. Mi piel arde. Mi sangre está… espesa."
Frunzo el ceño incluso en esta forma.
—¿Estás herido?
"No"
Hay una pausa. Una tensión que se estira.
"Siento que algo se acerca. Algo que me descoloca. Luke… —su voz baja— creo que estoy entrando en celo."
Mis patas se frenan en seco, clavándose en la nieve.
—¿Qué? —gruño mentalmente—. Eso no es posible.
Nunca lo ha sido.
Los machos no entramos en celo. No así. No como las hembras. Nuestro deseo existe, claro, pero controlado, estable. Siempre lo ha sido.
Excepto cuando...
Reanudo la carrera, pero ahora mi respiración es más pesada, mi cuerpo más tenso.
—No tiene sentido —insisto—. Jamás hemos pasado por algo así.
Jamás hemos estado tan cerca de esto, replica él.
No dice qué es esto.
No hace falta.
Ese aroma vuelve a rozarme incluso mientras corro. Dulce. Persistente. Invisible. Mi lobo lo persigue como si supiera exactamente hacia dónde se dirige.
Y por primera vez en toda mi vida, siento algo que me desconcierta más que cualquier amenaza externa.
Es el presentimiento de que algo fundamental está cambiando en mí…
El tiempo pasa sin que me dé cuenta y llegó pronto a la reservada, siendo recibido con un aullido por los guardias en cada torre de control.
Entro en mi forma de lobo galopando, mientras me dejó guiar por mis instintos.
El aire está cargado. Denso. El aroma dulce vuelve con más fuerza que nunca y ahora ya no es fugaz ni imaginado.
Está ahí.
Lo reconozco.
Cerezas...
Mi pecho se tensa al reconocerlo y mi lobo se agita de inmediato, inquieto, alerta.
El olor me guía y me deja un poco desconcertado al encontrar el origen.
—Ahí… —murmuro.
Entro primero a mi casa.
No veo a nadie, aprovecho y me concierto en humano. Abro un pequeño armario preparado para estás ocasiones, tomo un pantalón y me lo pongo con rapidez.
—¿Aria? —llamo, cerrando la puerta tras de mí.
Silencio.
Frunzo el ceño y avanzo unos pasos más.
—¿Aria?
Nada.
Supongo que no está. No sería raro. Subo las escaleras y me detengo frente a la puerta de su habitación. Golpeo con los nudillos, por costumbre más que por expectativa.
—Aria.
No hay respuesta.
Me devuelvo y abro la puerta de mi habitación.
El olor me golpea de lleno.
Cerezas maduras, dulces, envolventes… mezcladas con algo más profundo, más cálido.
Humano.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda procesarlo. El calor me atraviesa de golpe, brutal, incendiándome la sangre.
Gruño bajo, involuntario.
"Ahí está" dice Ian con una claridad que me sacude.
"La encontramos"
Mis manos se tensan a los costados y cierro la puerta tras de mí con un movimiento rápido y fuerte, como si necesitara encerrar ese aroma entre estas paredes.
El cuarto está impregnado de él.
De ella.
Cada respiración es una embestida directa a mis sentidos, una provocación imposible de ignorar.
—No… —susurro, aunque no sé exactamente a qué me opongo.
La cama está desordenada. La camisa que dejé aquí no está donde la recuerdo. Mi lobo vuelve a gruñir, esta vez cargado de necesidad, de una urgencia que no reconozco como propia.
"Luke" advierte Ian, tenso. "Esto es peligroso"
Lo sé.
Porque nunca he reaccionado así.
Porque jamás he sentido este nivel de necesidad.
Este deseo...
Y por primera vez, entiendo con una certeza que me eriza el alma entera
Aquello que me ha estado inquietando toda la semana no es una amenaza externa.
Es mi mate.
Y está en mi casa.
Que paso con los otros capítulos /Cry/