Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Traslado repentino
...CAPÍTULO 19...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
El trayecto a la oficina se sentía más largo de lo habitual. El vendaje en el brazo me latía con el ritmo de mi corazón. Gabriel conducía en un silencio inusual, hasta que soltó un suspiro y me miró de reojo.
—Sebas, hermano... tengo que preguntártelo. Ahora que esos dinosaurios aterrizaron y que el "clon de gel" está de vuelta, me acordé de algo que todavía no me cuadra —dijo Gabriel, doblando una esquina con cuidado—. Tú no eres un tipo violento. Eres el tipo que hace chistes cuando las cosas se ponen feas para calmar las aguas. Pero ese puñetazo que le diste a Mauricio Salazar hace cuatro años... fue de leyenda. En la oficina el chisme duró meses. Nadie podía creer que el arquitecto relajado le hubiera reacomodado la mandíbula al suegro en la fiesta de la tía Cordelia.
Me quedé mirando por la ventana, viendo los edificios pasar. Sentí que los nudillos me escocían por el puro recuerdo.
—Nunca me dijiste qué fue lo que te dijo —insistió Gabriel—. ¿Qué puede ser tan grave para que tú, el hombre más pacífico que conozco, reaccionaras así?
Suspiré, sintiendo una furia fría instalándose de nuevo en mi pecho.
—Dijo algo horrible, Gabriel. No fue un insulto hacia mí... bueno, empezó por ahí. Me llamó "muerto de hambre", "oportunista" y "error de cálculo". Me dijo que yo era como una mancha de humedad en una pared: algo que se limpia y se olvida.
Gabriel hizo una mueca de asco.
—Eso es típico de él, pero no parece suficiente para que le rompieras la cara en público.
—No fue eso —continué, bajando la voz—. En ese entonces estaba tan cerca que podía oler el vino caro en su aliento. Me dijo que Luciana era una "inversión" que no pensaba dejar perder. Me dijo que ella ya tenía un precio puesto desde que nació y que Enrique era el comprador que ya había pagado la reserva con su familia prestigiosa y sus contactos.
Me giré hacia Gabriel, que ahora tenía una expresión de absoluto shock.
—Pero lo que me hizo perder los estribos fue lo último que susurró. Me dijo:
"No te encariñes, muchacho. Luciana es como su madre; no tiene instinto, solo utilidad. Si se queda contigo, terminaré deshaciéndome de cualquier cosa que la ate a alguien tan pequeño como tú, incluso si llega a cometer el error de quedar embarazada. Yo mismo me encargaré de que 'solucione' ese problema antes de que arruine su linaje con tu sangre".
Gabriel frenó de golpe en un semáforo, mirándome con horror.
—¿Insinuó que obligaría a Luciana a...?
—Insinuó que mi hijo, el que ni siquiera existía en ese entonces, era un "problema" que él eliminaría para que ella volviera con Enrique —dije, apretando los puños sobre mis rodillas—. No lo pensé, Gabriel. Escuché su voz despreciando la vida de una criatura que aún no llegaba y despreciando a Luciana como si fuera un objeto de su propiedad... y simplemente exploté. Mi mano se movió sola.
El silencio en el auto se volvió pesado. Gabriel volvió a arrancar, pero esta vez con una determinación distinta.
—Ahora entiendo por qué tu reacción esa vez —dijo Gabriel seriamente—. Y ahora entiendo por qué no te arrepientes.
Llegamos a la oficina y el ambiente se sentía como una zona de guerra después del bombardeo. Fernando estaba rígido en su escritorio, con la mirada clavada en Gabriel, mientras que Felipe, el pasante, peleaba con la fotocopiadora como si fuera un enemigo personal. En cuanto cruzamos la puerta, Fernando se puso de pie de un salto.
—Gabriel, necesito hablar contigo en privado. Ahora. Es urgente —soltó Fernando, con una seriedad que me puso los pelos de punta.
Pero antes de que Gabriel pudiera dar un paso, Felipe levantó la cabeza desde la máquina de papel atascado.
—Jefe Gabriel, qué bueno que llega. Hay una mujer esperándolo en el lobby desde hace una hora. Dice que tiene una entrevista, pero usted no nos avisó nada y no sabíamos qué hacer con ella.
Gabriel cerró los ojos con fuerza y soltó una maldición entre dientes que resonó en todo el estudio. Se frotó la sien, claramente al borde del colapso.
—¡Cierto!... con todo el caos de Luciana y la loca de Vanesa, se me borró por completo que hoy le prometí la entrevista a la candidata para el reemplazo de Diego. No puedo dejarla ahí plantada después de una hora.
Fernando volvió a insistir, casi interceptando a Gabriel:
—Gabriel, lo mío no puede esperar. Es sobre el caso legal y lo que pasó con Vanessa.
Gabriel me miró con una mezcla de súplica y derrota. Me puso una mano en el hombro y suspiró.
—Sebas, hermano, hazme este favor. Entrevista tú a la candidata. Si ves que tiene algo relevante, que sabe de estructuras o que al menos no parece estar loca, pásala a mi oficina después. Lo siento mucho, pero ya ves cómo estamos con toda esta situación y no podemos darnos el lujo de perder talento ahora.
—¿Yo? Gabriel, mírame, parezco un extra de Grey's Anatomy después de una catástrofe —protesté, pero él ya se estaba metiendo a su despacho con Fernando.
—¡Eres el mejor arquitecto que tengo! ¡Úsalo a tu favor! —gritó antes de cerrar la puerta.
Resoplé, me ajusté el collarín lo mejor que pude y caminé hacia el lobby. Si esta mujer buscaba un ambiente de trabajo estable y tranquilo, se había equivocado de sitio.
Caminé hacia la zona de espera con mi mejor cara de "jefe ocupado", aunque el protector de cuello me hacía ver más como un sobreviviente que como un reclutador. La mujer estaba de espaldas, revisando unos planos en su tableta, pero en cuanto escuchó mis pasos se puso de pie con una energía que casi hace que me dé un latigazo cervical.
—Siento mucho la demora, tuvimos una emergencia médica y...
Me detuve en seco. La disculpa se me quedó atorada en la garganta y mis ojos casi se salen de sus órbitas.
—¿Sebastián? ¿Sebastián Vélez? ¿Eres tú el que viene a rescatarme de esta espera eterna o es que el hospital se mudó a la oficina? —soltó ella con una carcajada vibrante que llenó todo el lobby.
—¿Daniela Santos? —logré articular, mientras una sonrisa genuina, la primera de todo el día, aparecía en mi rostro.
Ahí estaba ella. La mujer que en la universidad era la única capaz de ganarme en un duelo de chistes y que tenía una personalidad tan arrolladora que podía convencer a un profesor de aprobarla incluso si entregaba el proyecto en una servilleta. Pasamos media carrera juntos, siendo el dúo dinámico de las entregas finales.
—¡Mírate! —dijo ella, acercándose y rodeándome con la mirada, analizando mi brazo vendado y el collarín—. Siempre supe que eras un arquitecto de "alto impacto", pero no pensé que fuera literal. ¿Qué te pasó? ¿Te peleaste con un ingeniero o ahora eres un mafioso?
—Es una larga historia, Dani. Digamos que el "trabajo de campo" se puso un poco agresivo —me reí, olvidando por un segundo a los suegros—. No puedo creer que seas tú la que viene por el puesto de Diego. Gabriel no me dio detalles, solo que te pasará con el si eras alguien "relevante", pero se quedó corto. Eres un huracán.
—Bueno, ya sabes cómo soy. Me enteré de que esta firma estaba haciendo cosas interesantes y decidí que necesitaban un poco de estilo real —me guiñó un ojo, dándole un golpe juguetón a mi hombro sano—. Pero en serio, Sebas, te ves como si te hubiera pasado un camión por encima. ¿Todo bien en casa?
—Más o menos —suspiré, invitándola a pasar a una de las salas de juntas—. Mi esposa está en la clínica y estamos lidiando con un par de... "inconvenientes" familiares. Pero tenerte aquí es como ver un oasis en medio del desierto.
Daniela se sentó y puso su portafolio sobre la mesa con esa confianza que siempre le envidié. Su carisma era contagioso; por un momento, el aire pesado de la oficina se sintió más ligero.
—Bueno, arquitecto herido, deja de mirarme como si fuera un fantasma y dime qué necesitas de mí para que Gabriel me firme el contrato hoy mismo. Porque te advierto, si me contratas, esta oficina va a dejar de ser tan aburrida.
—De eso no tengo la menor duda, Dani —respondí, sentándome frente a ella.
Pasaron minutos y después de la entrevista nos quedamos hablando de trivialidades.
Gabriel entró a la sala de juntas como un torbellino, con los pelos de punta y tres carpetas bajo el brazo, pero se frenó en seco al vernos a Daniela y a mí riéndonos a carcajadas de una anécdota de la universidad. Se quedó petrificado en el umbral de la puerta, con los ojos yéndose de Daniela a mí como si estuviera viendo un fallo en la realidad. La carpeta que traía estuvo a punto de resbalar de sus dedos.
—¿Tú... tú eres esa Daniela Santos? —tartamudeó Gabriel, y noté cómo el color se le escapaba de la cara—. No puede ser. Nunca pensé que fueras tú... ¡Como no pusiste foto en el currículum lo pasé por alto!
Daniela se cruzó de brazos, regalándole esa sonrisa ladeada que tantos dolores de cabeza les dio a los decanos en la facultad.
—¿Qué pasa, Gabo? ¿Te decepciona que la eminencia en estructuras que estabas esperando no sea un viejo con barba y mal humor? —le soltó ella con un tono de voz que era un calco del mío cuando estoy de buen humor.
Gabriel se llevó las manos a la cara y soltó un quejido que pareció un rezo de auxilio. Se giró hacia mí con una mirada de pánico absoluto, señalándola con el dedo índice.
—¡Es ella, Sebastián! ¡Es tu versión femenina! —exclamó Gabriel, perdiendo la compostura—Conozco las leyendas de la facultad, amigo. Sé perfectamente quién es ella. Si la contrato a ella, estando tú aquí en el mismo piso, este edificio va a colapsar por exceso de egocentrismo y chistes fuera de lugar. ¡Dios mío, es como si hubieran hecho una copia de seguridad de tu personalidad y le hubieran puesto tacones!
Me eché a reír, aunque el protector de cuello me recordara que no debía moverme tanto.
—¡Exacto! —dije, señalando a Daniela con orgullo—. Es como yo, pero con mejor caligrafía y más determinación. No te pongas celoso, Gabo. Sabes que tú siempre serás mi bestie. Ni Seraphine con toda su paciencia pudo desplazarte de mi corazón, ¿qué te hace pensar que Daniela lo hará? Cambia esa cara, que tú y yo siempre estaremos juntos en las buenas, en las malas y en las bancarrotas.
Gabriel bufó, tratando de recuperar su dignidad de jefe de la firma.
—Deja las idioteces, Vélez —refunfuñó Gabriel—Yo sé perfectamente que siempre estaré antes que cualquier copia barata de tú personalidad. Y aunque tengo claro que Luciana está por encima de mí, no hay nadie que logre desplazarme de ese segundo lugar. Es un puesto sagrado.
Me quedé pensativo un segundo, fingiendo una duda existencial que solo me hizo reír por dentro.
—Bueno... en realidad, el segundo lugar es de Doña Antonia —solté siguiendo el juego—. Ella me alimenta, Gabriel. El amor entra por el estómago y sus arepas no tienen competencia. Lo siento, amigo, te toca el bronce.
Daniela soltó una carcajada tan fuerte que Felipe, el pasante, casi tira la resma de papel que llevaba.
—¡Ay, por favor! Búsquense una habitación, par de tórtolos —se burló ella, señalándonos—. Me va a dar un coma diabético de ver tanta toxicidad amistosa. ¡Ni en las novelas de las ocho se ve este nivel de romance platónico!
Nos reímos todos, incluso Gabriel, que a pesar de su pánico no pudo evitar que se le escapara una sonrisa resignada ante el despliegue de carisma de su nueva pesadilla.
—Ya, ya, basta de estupideces —dije, tratando de ponerme serio aunque el protector de cuello me hacía ver ridículo—. Gabriel, te paso a Daniela para que hablen y le digas tu decisión final. Sé que la vas a contratar porque, en el fondo, te encanta el caos.
Dejé a “mi versión femenina" entrando a la oficina de un Gabriel que todavía se santiguaba, y caminé hacia el pasillo más tranquilo de la oficina. Saqué mi celular con la mano que no tenía vendada. Necesitaba escuchar la voz de Luciana. Entre la llegada de mis suegros y la aparición de Enrique, sentía que el mundo se estaba cerrando sobre nosotros y necesitaba asegurarme de que ella todavía estuviera tranquila en medio de todo.
El primer tono de llamada me dio esperanza, el segundo me dio ansiedad, pero lo que escuché al tercero me prendió fuego en la sangre. No fue la voz dulce y cansada de Luciana la que respondió. Fue ese tono engolado, esa voz de locutor de comerciales de yates que reconocería aunque estuviera en el fondo de un pozo.
—¿Sebastián? —soltó Enrique con una suficiencia que traspasaba la señal de satélite—. Qué oportuno. Pero ahora Luciana no puede hablar; estamos en medio de una reunión familiar privada.
Me quedé mudo un microsegundo, apretando el celular con tanta fuerza que el vendaje del brazo amenazó con soltarse. La furia me subió por el cuello.
—Escúchame bien, idiota—mascullé, bajando la voz a ese tono que uso cuando estoy a un paso de cometer una locura—. Tienes exactamente tres segundos para pasarle el teléfono a mi esposa antes de que me olvide de que soy un ciudadano civilizado y vaya al hospital a explicarte, de la misma forma que se lo expliqué a Mauricio hace cuatro años, por qué no debes tocar sus cosas.
Escuché una risita seca al otro lado.
—Sigues siendo un tipo tan... impulsivo, Sebastián. Por eso sus padres están tan preocupados. Precisamente estamos discutiendo el bienestar de Lulú y del bebé. Como entenderás, ahora que su "familia real" está aquí, tú eres un poco... irrelevante en esta situación. No te preocupes, nosotros la cuidamos. Adiós.
El imbécil me colgó.
—¡Hijo de...! —el insulto se quedó flotando en el aire.
Lancé el celular contra el sofá del pasillo (afortunadamente cayó en lo blando) y empecé a caminar de un lado a otro como un león enjaulado. La imagen de Enrique sentado al borde de la cama de Luciana, con sus padres dándole la razón mientras ella estaba indefensa y conectada a un monitor, me estaba volviendo loco.
Fernando, que me estaba viendo desde su escritorio con los ojos como platos, se acercó con cautela.
—¿Sebastián? ¿Estás bien? Te pusiste de color violeta —preguntó Fernando, sosteniendo una carpeta negra.
No esperé ni un segundo más. Agarré mi celular del sofá y salí disparado hacia el ascensor, ignorando el dolor punzante en el brazo. Justo cuando las puertas se estaban cerrando, mi teléfono volvió a vibrar. Era Sera.
—¡Sera! ¿Qué está pasando? —contesté casi gritando.
—¡Sebastián, esto es una locura! —la voz de Sera sonaba entrecortada, llena de indignación y miedo—. Salí de la habitación solo cinco minutos para buscarle una gelatina a Luciana porque a la pobre se le antojó. ¡Cuando volví, había dos tipos enormes de traje negro bloqueando la entrada!
—¿Guardaespaldas? ¿En un hospital público? —pregunté, sintiendo que la presión arterial me iba a hacer estallar las sienes.
—¡Sí! Me dijeron que por órdenes de los señores Salazar el acceso está restringido y solo podían entrar "personal médico" y familia directa.—Sera soltó un suspiro de frustración—. Y lo peor no es eso. Me pegué a la puerta un segundo antes de que me echaran y escuché a tu suegro hablando con un médico privado por teléfono. Dijo que este hospital es "mediocre" y que van a trasladar a Luciana a una clínica al norte mañana mismo.
Me quedé helado. Trasladarla en su estado, con el desprendimiento de placenta y el reposo absoluto, era peligroso. Pero a Mauricio Salazar no le importaba la salud, le importaba el control. Querían llevársela a un lugar donde ellos manejaran las visitas, donde Enrique pudiera jugar al salvador y donde yo no pudiera poner un pie.
—No dejes que la saquen, Sera. Haz un escándalo, llama a la jefa de enfermeras, di que eres su asistente legal, ¡inventa lo que sea! —le ordené, mientras llegaba al estacionamiento y me subía al auto de un salto—. Estoy a diez minutos. Si intentan mover esa camilla antes de que yo llegue, diles que el esposo va en camino con la policía.
—Date prisa, Sebas —susurró Sera—. Enrique está adentro con ellos y tiene unos papeles en la mano. Parece que quieren obligarla a firmar algo antes del traslado.
Colgué y arranqué el motor haciendo chillar las llantas. La furia que sentía hace cuatro años cuando le rompí la cara a Mauricio no era nada comparada con esto. Esta vez no se trataba solo de un insulto; estaban jugando con la vida de Luciana y de mi hijo.