Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22
Alexander.
El problema de enamorarse —aunque sea de una forma que uno se niega a nombrar— es que deja de existir el lujo de reaccionar tarde.
Luciana dormía boca abajo, el cabello desparramado sobre la almohada, una pierna cruzada sobre la mía como si ese fuera su lugar natural. No lo era. Nada de esto lo era. Y aun así, mi cuerpo parecía haberlo aceptado antes que mi cabeza.
Me quedé observándola unos segundos más de los prudentes.
Rodrigo había cometido un error.
No uno financiero.
No uno mediático.
Había tocado a Luciana.
Y lo había hecho creyendo que ella era solo una extensión mía.
Deslicé con cuidado mi brazo para liberarme sin despertarla. Tomé el teléfono. Diecisiete mensajes sin leer. Dos llamadas perdidas del jefe de seguridad. Uno solo bastó para confirmar lo que ya sabía: la filtración que había salido esa madrugada no venía de una fuente improvisada. Había intención. Dirección. Cronograma.
Luciana no sabía todavía quién había movido la pieza final. Y no porque yo quisiera proteger a Rodrigo… sino porque necesitaba que ella eligiera cómo responder.
Porque algo había cambiado.
Antes, yo protegía desde arriba.
Ahora… protegía desde al lado.
Cuando despertó, estaba sentada en la terraza del hotel, envuelta en una bata ligera, con una taza de café entre las manos. El sol comenzaba a elevarse sobre el mar. Hermosa. Tranquila. Peligrosamente lúcida.
—Estás muy silencioso —dijo sin mirarme—. Eso en ti nunca es buena señal.
Sonreí apenas.
—¿Te preocupa?
Giró el rostro hacia mí. Me estudió. No como esposa. No como aliada. Como alguien que ya había aprendido a leer mis grietas.
—Me ocupa —corrigió—. Porque cuando te quedas callado es porque ya decidiste algo… y quiero saber si estoy incluida en esa decisión.
Ahí estaba.
La diferencia.
Antes nadie me pedía inclusión. Solo resultados.
—Rodrigo cree que no voy a mover nada hasta después de la luna de miel —dije con calma—. Cree que sigo el protocolo.
Luciana arqueó una ceja.
—Y tú odias que te marquen el ritmo.
—Exacto.
Dejó la taza sobre la mesa. Se acercó. No invadió mi espacio. Lo reclamó con naturalidad.
—Entonces dime —dijo—, ¿cuál es el plan… y dónde entro yo?
La miré de frente.
—Quiero que seas tú quien responda públicamente a la filtración.
No se sorprendió. Sonrió. Lenta. Afilada.
—Rodrigo no espera eso.
—No —admití—. Espera que yo aplaste. Que intimide. Que compre silencio.
—Y eso lo aburre —añadió ella—. Lo ha visto antes.
Asentí.
—Pero no te ha visto a ti —continué—. No ha calculado lo que sabes hacer cuando te atacan directamente.
Luciana cruzó los brazos.
—¿Y qué ganas tú?
La pregunta no era fría. Era justa.
La respuesta tampoco fue inmediata.
—Gano que deje de pensar que puede tocar lo que es mío.
Se produjo un silencio tenso.
—¿Mío… o nuestro? —preguntó con suavidad peligrosa.
La miré. No esquivé.
—Nuestro —dije finalmente—. Pero si alguien vuelve a ponerte en la mira… no voy a negociar tiempos.
Sus ojos se oscurecieron apenas. No por miedo. Por comprensión.
—Entonces haz algo, Alexander —dijo acercándose un poco más—. Porque si él abrió esta guerra creyendo que yo iba a esconderme detrás de ti… va a aprender lo caro que es subestimarme.
Extendió la mano y apoyó los dedos en mi pecho. Justo donde días atrás había dejado su marca sin saberlo.
—Y tú —añadió—… tendrás que decidir si confías en mí tanto como dices.
La tomé de la muñeca. No para detenerla. Para anclarla.
—Eso ya lo decidí —respondí.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Mensaje entrante.
Fuente confirmada.
Movimiento de Rodrigo en marcha.
Luciana lo vio en mi expresión antes de que yo dijera nada.
—¿Empezó? —preguntó.
Asentí.
Ella sonrió.
—Perfecto —susurró—. Entonces que aprenda… que yo también sé atacar.
Y en ese instante entendí algo que me tensó la mandíbula y me aceleró el pulso:
Rodrigo no había activado mi respuesta definitiva.
Había activado la de ella.
Y esa…
ni siquiera yo la había visto venir.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/