Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Banquete
El banquete en honor a Alban Bristol fue todo lo que uno esperaría de la familia Evenhart… y más.
El gran salón estaba iluminado por candelabros de cristal que derramaban luz dorada sobre los invitados. La música suave de un cuarteto llenaba el aire, mezclándose con murmullos alegres, risas sinceras y el tintinear de copas. Todo estaba decorado con flores blancas y verdes, sencillas pero elegantes, como si quisieran celebrar la vida nueva sin ostentación innecesaria.
Florence caminaba entre los invitados con gracia natural, vestida aún de negro, pero esa noche el negro no parecía luto. Parecía realeza. Poder. Serenidad.
Ginger, radiante a pesar del reciente parto, iba de un lado a otro acompañada de James, recibiendo felicitaciones. Y cada vez que alguien se acercaba a ver al pequeño Alban, el ambiente se volvía aún más cálido, casi familiar.
Florence se sorprendió a sí misma… sonriendo.
Sonreía de verdad.
No la sonrisa cortés que había aprendido a usar en reuniones de negocios, ni la sonrisa fría que utilizaba cuando alguien intentaba aprovecharse de ella. No. Era una sonrisa ligera, auténtica, que nacía sin esfuerzo, acompañada de una risa suave cuando alguien hacía una broma o cuando Ginger la arrastraba a una conversación trivial.
Y fue entonces cuando se dio cuenta.
Desde que había renacido… no había tenido un solo momento que pudiera llamar “ligero”. Su vida se había convertido en una sucesión de decisiones, estrategias, planes, protección del ducado… y pensamientos constantes sobre un esposo que el mundo daba por muerto.
Sobre un hombre que la había amado a su manera… pero que la había dejado sola.
Y sin darse cuenta, había construido una jaula hecha de responsabilidad y recuerdos.
Pero allí, en Mercia, entre gente que la apreciaba por quien era ahora no por su título, no por ser “la viuda del duque” sino por ser Florence… algo empezó a aflojar en su pecho.
Se permitió respirar.
Se permitió mirar el salón sin tensión.
Se permitió disfrutar del vino dulce, de las miradas amistosas, de la compañía sincera.
En un momento, Ginger la tomó del brazo y la llevó cerca de una ventana abierta. La brisa fresca de la noche entraba con suavidad.
—Te ves feliz —le dijo con una sonrisa cómplice.
Florence la miró, un poco sorprendida… y luego bajó la mirada.
—Creo que… lo soy —respondió despacio—. Hace mucho tiempo que no me sentía así.
Y era verdad.
Por primera vez desde que volvió a vivir, no estaba cargando el peso del pasado ni el miedo al futuro.
Solo estaba allí.
Y disfrutaba.
Y mientras el banquete continuaba entre risas, música y luz… Florence sintió algo nuevo dentro de sí.
La certeza de que merecía momentos así.
La certeza de que la vida su vida.. no tenía por qué girar siempre alrededor de un hombre que había decidido desaparecer.
Cuando la música cambió y los primeros compases del vals llenaron el salón, las parejas comenzaron a dirigirse hacia la pista de baile. Los vestidos se mecían como olas suaves, los pasos marcaban un ritmo armonioso, y el ambiente se volvió aún más mágico, iluminado por luces cálidas y risas suaves.
Florence observaba desde su lugar, tranquila, con una copa entre las manos. Ver a los demás bailar le resultaba agradable… pero no se imaginaba a sí misma allí. Aun vestida de negro, se sentía como una espectadora ajena al mundo luminoso que se movía en círculos.
Hasta que Ginger apareció frente a ella.
Con esa energía suya que nadie podía contradecir, tomó su mano sin previo aviso.
—Ven conmigo.
—¿Qué haces? —preguntó Florence, entre divertida y confundida.
—Evitando que te conviertas en una estatua elegante —respondió Ginger con una sonrisa pícara.
La condujo hacia el centro del salón, donde ya esperaba un hombre alto, de porte distinguido, cabello oscuro y mirada serena.. su hermano mayor, Greofrey Evenhart.
—Hermano —dijo Ginger con voz dulce—, hazme el favor de invitar a bailar a mi amiga. Si no lo haces, creo que empezaré a llorar. Ya sabes… estoy muy sensible después del parto.
Greofrey suspiró con paciencia fraterna, mientras Florence reprimía una risa.
—No abuses de esa excusa, Ginger —murmuró él.
—¿Entonces? —insistió ella, cruzándose de brazos.
Greofrey se volvió hacia Florence e hizo una reverencia impecable.
—Lady Evenson, ¿me concedería este baile?
Florence iba a negarse con amabilidad, pero entonces vio la carita triunfante de Ginger… y no pudo evitar sonreír.
—Será un honor, Lord Evenhart.
—Gracias —susurró Ginger, teatral—. Mi frágil corazón se siente aliviado.
Ambos rieron suavemente, y finalmente, Florence y Greofrey avanzaron hacia el centro de la pista.
Cuando la mano de él tomó la de ella, fue con una delicadeza impecable, cortés, respetuosa. El contacto fue ligero, casi simbólico, y el primer paso fue tan suave que Florence se sorprendió de lo natural que resultaba.
El mundo pareció ralentizarse.
Los vestidos giraban.
Las luces ardían como estrellas quietas.
Y Florence… bailaba.
Greofrey era un excelente bailarín. Guiaba con la justa firmeza, sin imponerse, atento a cada pequeño movimiento, facilitándole el paso en lugar de dominarlo. Ella se sintió segura. Cómoda. Tranquila.
—Mi hermana puede ser… insistente —comentó él con una leve sonrisa.
—Lo he notado —respondió Florence, divertida.
—Pero lo hace porque le importas.
Florence lo miró, sorprendida por la honestidad en su voz.
—Lo sé —dijo suavemente—. Y eso… significa mucho para mí.
Bailaron en silencio unos segundos más. No era incómodo. Era… sereno.
Y entonces, Florence se dio cuenta.. no había dolor en ese momento. No había sombras. No estaba comparando, no estaba recordando, no estaba lamentándose.
Solo estaba flotando en la música.
Sonrió de verdad.
Y desde su asiento, Ginger los observaba con satisfacción, apoyada en el hombro de James, murmurando algo que hizo reír a su marido.
Así, bajo la luz cálida del salón y entre los acordes suaves del vals, Florence Evenson.. la joven viuda de negro, la mujer que había cargado con tanto peso se permitió sentir algo diferente.. ligereza.
Cuando la última nota del vals se desvaneció, los aplausos llenaron el salón. Las parejas se separaron lentamente, algunas riendo, otras inclinándose con elegancia. Greofrey soltó con suavidad la mano de Florence, pero no se alejó. Permaneció allí, a su lado, como si aquella conversación recién hubiera comenzado.
Caminaron juntos hacia una zona más tranquila del salón, donde la luz era más suave y la música continuaba, pero ya como un murmullo amable. Greofrey le ofreció una copa y ella la aceptó, agradecida.
—Baila usted muy bien, Lady Evenson —comentó él con serenidad.
Florence sonrió, y esta vez no fue la sonrisa controlada y diplomática que usaba en el ducado, sino una sonrisa real, ligera.
—Hace mucho que no bailaba —confesó—. Pensé que ya había olvidado cómo hacerlo.
—No lo parece.
Hubo un silencio breve, pero no incómodo. Greofrey tenía esa presencia tranquila que no exigía nada, que no presionaba, que permitía respirar.
Y Florence… se dio cuenta de algo.
No estaba actuando.
No estaba midiendo sus palabras.
No estaba calculando la impresión que daba.
En esa mansión, con esa familia, ella no era la fría y firme duquesa que gobernaba el ducado Evenson como una fortaleza. No era la viuda poderosa que imponía respeto. No era la mujer a la que todos observaban buscando un error.
Allí era simplemente Florence.
La amiga de Ginger.
La invitada apreciada.
La mujer que podía reír sin culpa.
Greofrey le habló de cosas sencillas.. de Mercia, de la vida cotidiana, de lo mucho que había cambiado todo desde que su sobrino había nacido. Florence respondía con naturalidad, sin esfuerzo. Cada tanto, ambos reían de alguna broma suave o comentario casual.
Y en medio de esa conversación tranquila, ella sintió una calidez inesperada.
No era romance.
No era atracción.
Era algo más profundo y simple.. pertenencia.
Por primera vez desde que “murió” Jason, Florence no sentía el peso de sostenerlo todo. No sentía la necesidad de aparentar fortaleza. Allí nadie dudaba de ella, nadie la juzgaba, nadie la vigilaba.
Solo la aceptaban.
Y ese gesto, silencioso y cotidiano, fue más sanador que cualquier palabra de consuelo.
En un rincón del salón, Ginger la observaba con una sonrisa cómplice, apoyada en James, orgullosa de haberla traído hasta allí. Porque al fin su amiga estaba viviendo… no sobreviviendo.
Florence lo supo en ese momento..
Mercia no era su hogar.
Pero ahí…
se sentía segura.