En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un respiro en la oscuridad
Subieron nuevamente al auto emprendiendo la huida del hospital, el silencio reino entre ellos, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
—Cerca vive un amigo, podemos quedarnos ahí para descansar un poco —sugirió Ian.
—Está bien —la respuesta de Anya fue fría y distante.
—Siento mucho lo de tu amigo, debes estar muy afectada —comento Ian mientras conducía por un sendero oscuro.
—Estoy afectada desde que tú y el estúpido Registro apareció en mi vida —dijo Anya con sarcasmo.
—Sé que no debí... —Ian suspiró, apretando el volante con fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Pero no tuve elección, Anya. El Registro no es algo de lo que uno simplemente se retira con una carta de renuncia.
Anya soltó una risa seca, carente de humor, y clavó la mirada en el cristal empañado de la ventana. Fuera, la oscuridad del sendero parecía tragarse la luz de los faros.
—"Elección" —repitió ella, saboreando la palabra con veneno—. Siempre usan esa palabra para lavar sus culpas. Tú elegiste seguir órdenes. Tú elegiste buscarme. Y ahora, por esas malditas elecciones, mi mundo está reducido a un asiento de copiloto y un rastro de sangre que no puedo borrar.
Ian no respondió de inmediato. Un bache en el camino hizo que el auto se sacudiera, pero él mantuvo el rumbo con una precisión mecánica.
—El refugio está a dos kilómetros —dijo finalmente, su voz ahora era un susurro ronco—. Se llama Esteban. Era instructor en la Academia antes de que el Registro se volviera... lo que es hoy. Si alguien puede ayudarnos a desaparecer del radar, es él.
Anya se giró lentamente hacia él. Sus ojos, antes llenos de vitalidad, ahora reflejaban una dureza gélida bajo las luces del tablero.
—No quiero desaparecer, Ian —sentenció ella, y por primera vez en todo el trayecto, su voz no tembló—. Quiero que me devuelvas lo que me quitaron. Y si tu amigo Esteban tiene armas, mejor. Porque si el Registro me va a cazar como a un animal, voy a asegurarme de que el cazador también se desangre.
El silencio volvió a instalarse en el auto, pero esta vez ya no era de luto; era el silencio espeso que precede a una tormenta.
El auto se detuvo frente a una cabaña oculta tras una cortina de pinos densos. No había luces encendidas, pero apenas Ian apagó el motor, la puerta principal se entreabrió unos centímetros, revelando una sombra vigilante. Tras un breve intercambio de señas, la tensión se disipó.
—Entren. Rápido —ordenó una voz grave.
Esteban, un hombre de hombros anchos y mirada cansada, los guió hacia una estancia pequeña donde una estufa de leña emitía un calor reconfortante. Sin mediar palabra, les entregó mantas y dos tazas de café humeante. El silencio en la casa no era pesado como el del auto; era un refugio contra el caos del exterior.
—El cuarto del fondo está listo —dijo Esteban, mirando de reojo las manchas de sangre en la ropa de Anya—. Hay suministros médicos en el baño. Descansen. Mañana el mundo seguirá siendo una basura, pero esta noche aquí no hay Registro que valga.
Ian asintió con gratitud y guió a Anya hacia la habitación. Al cerrar la puerta, la calidez de la madera y el suave crujir del fuego a lo lejos parecieron ablandar, aunque fuera un poco, la armadura de hielo de ella.
Anya se sentó en el borde de la cama, dejando que la manta resbalara por sus hombros. Sus manos, aún temblorosas, sostenían la taza como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. Ian se arrodilló frente a ella, manteniendo una distancia respetuosa, y sacó con cuidado un pequeño botiquín.
—Déjame ver ese rasguño en tu mejilla —pidió él en un susurro, su voz carente de la autoridad de antes.
Ella no se alejó. El cansancio extremo había reemplazado al odio, dejándola en un estado de vulnerabilidad absoluta. Mientras Ian limpiaba la herida con movimientos lentos y casi tiernos, el ruido de la lluvia empezó a golpear rítmicamente contra el tejado.
—No tienes que decir nada —murmuró Ian, concentrado en su tarea—. Solo... respira. Por una noche, Anya, intenta solo respirar.
Por primera vez desde que todo comenzó, ella cerró los ojos, permitiendo que el calor de la habitación y la extraña calma de ese lugar la envolvieran. La furia seguía allí, guardada en un rincón oscuro, pero por unas horas, el sueño se sintió como la única victoria posible.