Todo un imperio es una fortaleza casi inquebrantable y poco impenetrable. Una jerarquía que durante años sigue y seguirá en la cima del mundo, llevándose consigo todo a su paso. Cuando las traiciones azotan en el punto más débil del mismo, la cordura y la venganza sale con fuerza, sin importar que entre el odio haya amor de por medio. La traición es la ofensa más grande para los integrantes de la mafia más poderosa de Italia y del mundo. Los Lombardi no tienen otro significado en su lengua, que no sea el de la muerte para quienes quiebran esa fortaleza que a pulso han logrado levantar después de su caída. Quien estaba tentado por poder, sufrirá en carne viva lo que sin pensar causó en un imperio unido y forjado para destruir el mundo por proteger a los suyos.
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Capítulo 21
Limpié mi arma, como si esta misma se hubiese manchado de tan asquerosa y repugnante sangre que derramó la vieja. De su cabeza salía la sangre a gran velocidad, a la vez que el reguero de sesos caía a un costado en el suelo. Voltee su cuerpo con el pie, y un grito doloroso y furioso me llevó a mirar a Nikola. Sus lágrimas no se detenían, por más en que intentara retenerlas.
—¡No la toques, hijo de puta! — vociferó, entrecortada.
Reí, elevando una ceja.
—Saquen a esta muñeca de mi vista; lo que menos quiero es que su asquerosa sangre vaya a infectar mi merca o mis billetes — ordené.
—Sí, señor André — respondió rápidamente uno de mis hombres.
—Eres tan despreciable... — murmuró, sin apartar la vista de su madre.
—Sí, lo sé; soy muy agradable — dejé mi arma sobre una mesa y Diana resopló.
—Date prisa. Debemos irnos cuanto antes.
—Después arreglo contigo, mi reina — sonrió, a pesar de estar de mal humor.
Agarré un cuchillo de hoja larga y mango corto y cómodo bañado en oro. En la punta de la filosa hoja, varias púas abren el metal en estilo de estrella cerrada y a lo largo de la misma hoja, mínimas púas le dan la visión de un tallo con espinas. Las armas filosas son un fetiche para mí, incluso me generan más placer que el sexo. Desde pequeño mi gran fascinación por los cuchillos ha sido inigualable. He mandado hacer cada uno de mis más preciados instrumentos de trabajo a mi propio gusto e imaginación. Mi abuela debe estar orgulloso de mí, pues ese gusto por las armas blancas lo heredé de ella.
Caminé hacia Nikola a paso tranquilo. Mientras una bala acaba la vida momentáneamente sin el más mínimo dolor, un desgarre por la filosa hoja, hace que la agonía se convierta en pura satisfacción y placer; yo solo quiero ver cómo es que su carne se abre a la vez que sus gritos suplicantes aumenta cada segundo el gran apetito por su sangre.
—André... por favor... perdóname — bajó la cabeza —. ¡Te lo suplico!.
—Ya estoy harto de tener que escuchar las mismas palabras. Desde que me viste no has dejado de decir lo mismo — le hice señas a mis hombres e inmediatamente se acercaron a mí —. Amarrenla.
Entre dos de mis hombres la colgaron de las muñecas en las sogas que caen del barrote. Sus pies fueron presos del par de esposas que están fundidas con el suelo, quedando como una X en versión humana. Esa mujer sabe de pelea y si le doy posibilidad de poder contraatacar, estoy seguro que no desaprovechará la más mínima oportunidad que vea.
Al levantar su rostro, sus ojos temerosos se posaron en los míos. Me fascina el poder que ejerzo en cada uno de mis muertos con tan solo una mirada o una mínima acción. A veces puedo ser como mamá; agradable y animoso, mientras otras soy como papá; una bestia sin sentimiento alguno.
—Tu maldito arrepentimiento no te salvará la vida — tragó saliva —. Ni tú mami ni la milicia te dijeron lo más importante en un mundo como el mío; cuando mates a alguien, asegúrate que el muerto esté bien muerto, o de lo contrario serás cebo para gusanos.
Acerqué el cuchillo a su cuello, haciendo que el frío metal la hiciera estremecer. Sus ojos se cerraron con fuerza, esperando a que hundiera la hoja en su carne, pero no llegué a hacerlo. Descendí el cuchillo hasta el centro de su pecho y este mismo empezó a subir y a bajar rápidamente. El fino y fugaz roce dejó un hilo de sangre desde su cuello hasta su pecho. El jadeo que salió de su boca se mezcló con el fuerte llanto que no cesaba.
—André... yo no quería hacerlo. Yo te amo; te amé.
—El querer es un sentimiento que te doblega y te convierte en una persona frágil, pero si lo sabes llevar con perspicacia e inteligencia, el poder que adquieres es sumamente extraordinario.
Afirmé el agarre en el mango y mi mano se movió por sí sola. El hecho de haberme traicionado, tratado de matarme no solo a mí, sino a mi familia, me cegó por completo. De un solo empuje la larga y afilada hoja quedó enterrada en el centro de su pecho; un solo quejido agonizante y aterrador se mezcló con el crujir que provocó el golpe del puñal en su carne.
Me quedé viendo los enormes ojos que puso y sonreí moviendo el cuchillo en círculos sin sacarlo de su cuerpo. Murió instantáneamente, mientras seguí encarnizado, desgarrando el centro de su cuerpo hasta llegar a su ombligo. La fuerza que ejercí para romper todo a mi paso fue mínima, pues el cuero humano no es más que una simple capa sin protección; los huesos sí causan problema cuando no se tiene el arma adecuada. No pretendía dejar viva a una hija de puta que ocasionó tanto malestar en mi vida y en mi familia. Mi mano, aún y con los guantes puestos, quedó cubierta por la gran cantidad de sangre que iba saliendo.
Saqué el cuchillo completamente complacido. Caminé de nuevo hacia la mesa, y tomé el cuchillo machete entre mis manos. Según me acerqué al inservible cuerpo, corté sus pies y sus manos liberando las ataduras. El cuerpo impactó contra el suelo fuertemente, y, una vez allí, no perdí ni un solo segundo en cortar su cabeza, sus brazos y sus piernas, dejando el tronco por último. Es esto lo que me da vida y me genera satisfacción día tras día. El único arrepentimiento que siento, es haber mentido a mi familia y ponerlos en riesgo durante largos meses.
—Que corten a la vieja y las envuelvan bonito — ordené, limpiándome el rostro con el ante brazo —. Quiero mi regalo a primera hora de mañana con su gente; que sepan quién es su jefe de ahora en adelante.
—Como tu mandes, papacito — Diana tiene los ojos más brillantes y hermosos que jamás haya visto en la vida —. ¿Te he dicho lo sexy que eres?.
—No recuerdo haber escuchado esa palabra de tu rica boquita, mi reina — sonrió —. Ya he acabado con mi trabajo, ahora soy todo tuyo.
—Primero date un buen baño. No quiero tener que oler de esa asquerosa en lo que es mío — reí, quitando los guantes de mis manos —. Eso sería asqueroso.
—No tienes idea de lo mucho que me pones con tus celos — la envolví entre mis brazos e hizo una mueca de asco —. Ya sabes lo que ocurrirá a como sigas poniéndome esa carita, ¿verdad?.
Sonrió descarada, tirando del cuello de mi camisa y uniendo nuestros labios en un beso que nos cortó la respiración. Diana es perfecta para mí; mi otra mitad, esa que complementa la parte bestial que me sobra y que no tengo.
Después de darme una buena ducha y asegurarme de que enviaran mi regalo a la gente de Nikola, salimos rumbo a la casa de seguridad de mis padres. Estoy ansioso de conocer a mi sobrina, y de paso, dialogar pacíficamente con toda mi familia. Lo único que no me agrada es que nos toca permanecer escondidos por un largo tiempo. No podemos darnos el lujo de ser atrapados, aunque derrocar a un imperio como el nuestro, es imposible e inquebrantable.