NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 20
...JULIETA ÁLVAREZ...
Pasó exactamente una semana. Una semana en la que seguía quedándome en el apartamento de Dani, porque no quería cruzarle con mi familia.
No era capaz de decirles nada; todavía me daba muchísima vergüenza admitir ante mi madre que estaba embarazada y que el padre era un hombre que resultó estar comprometido y que ni siquiera se encontraba en la ciudad.
Ya había tenido suficiente drama y humillaciones con lo de Roberto como para volver a decepcionarla de esa manera.
Ese lunes llegué a la editorial con una pesadez enorme en el cuerpo. Me senté en mi cubículo tratando de concentrarme en la pantalla, pero las náuseas ligeras me tenían incómoda. A los pocos minutos, Daniela apareció sonriendo y me dejó un plato con fruta picada sobre el escritorio.
—Toma, para tus antojos matutinos —me susurró guiñándome un ojo.
—Gracias, Dani, de verdad —murmuré, tomando un pedazo de papaya.
En ese preciso instante, el murmullo de la oficina pareció disminuir.
Alejandro acababa de cruzar las puertas de cristal. Lucía notablemente cansado: traía sombras oscuras bajo los ojos y una expresión de agotamiento absoluto.
Sin embargo, lo que me molestó fue su actitud. Pasó de largo por mi escritorio sin saludar, sin mirarme y sin hacer el menor gesto.
Simplemente caminó directo a su cubículo, se sentó y encendió su computadora como si yo fuera transparente.
Me quedé mirando hacia su dirección, masticando la fruta.
¿De verdad me va a aplicar la ley del hielo?
¿Él es el que miente, el que tiene una prometida y una vida secreta, y resulta que el indignado es él?
A los pocos minutos, el director editorial lo llamó a su despacho. Alejandro tardó exactamente treinta minutos ahí dentro. Cuando salió, caminó con paso firme hacia mi cubículo, llevando un manuscrito nuevo en la mano.
Lo dejó caer sobre mi escritorio con un golpe seco.
—Es la revisión del último capítulo del autor asignado —dijo. Su voz era el mismo tono formal, distante y profesional de siempre, pero mucho más denso que antes. Ni siquiera me sostuvo la mirada; mantenía los ojos fijos en los papeles—. Necesito los correcciones listas antes de las cuatro de la tarde.
El descaro y la frialdad con la que me habló me encendieron la sangre al instante. El coraje le ganó por completo al cansancio y al miedo.
—¿Qué te pasa? —le reclamé en un siseo, poniéndome de pie de golpe para encararlo.
Alejandro se quedó inmóvil por un segundo.
—Aquí no, Julieta —murmuró entre dientes.
Dio media vuelta y caminó a pasos rápidos hacia la puerta de servicio que daba a la zona de las escaleras de emergencia. Sin pensarlo dos veces, lo seguí de cerca, sintiendo cómo el corazón me latía a mil por hora contra las costillas.
En cuanto la pesada puerta de metal se cerró detrás de nosotros, aislándonos del ruido de la oficina, me giré hacia él lista para soltarle todo.
—¿Ahora por qué carajos me vuelves a tratar así? —le solté en un siseo furioso en cuanto la puerta de las escaleras se cerró detrás de nosotros—.¿Es que acaso yo fui la que te mintió? ¿Yo fui la que te escondió que tenía un compromiso con alguien?
Alejandro ni siquiera me miró de inmediato. Tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada, como si estuviera conteniendo una marea interna.
—Es mejor que terminemos las cosas, Julieta —dijo con una voz plana, carente de todo afecto—Dejemos todo hasta aquí. No creo que podamos estar más juntos.
No podía creer lo que estaba escuchando. El impacto de sus palabras fue como un golpe directo al pecho que me dejó sin aire.
Sentí cómo la temperatura se me bajaba del cuerpo y las primeras lágrimas calientes comenzaron a brotar sin que pudiera contenerlas.
—¿Qué...? —susurré, sintiendo que la voz se me quebraba—. Alejandro... yo sé que no hemos pasado tanto tiempo juntos ni... ni sé exactamente qué es lo que sea que tengamos, pero ¿no crees que estás siendo demasiado cruel conmigo? Al menos merezco saber por qué estás terminando las cosas.
Alejandro echó la cabeza hacia atrás, mirando al techo de concreto mientras suspiraba con pesadez y tensaba la mandíbula al límite. La vena de su cuello latía con fuerza, pero se negaba rotundamente a sostenerme la mirada.
—Es muy difícil de explicar, Julieta —respondió, seco, distante.
—Al menos mírame a los ojos, Alejandro —le supliqué con la voz ahogada por el llanto, dando un paso hacia él—. Dime que realmente jugaste conmigo y déjame... pero dímelo a los ojos.
Un silencio sofocante llenó el espacio de las escaleras. Finalmente, Alejandro giró el rostro y me miró.
Tenía los ojos inyectados en sangre, rojos y brillantemente llorosos, aunque su orgullo se negaba a dejar caer una sola lágrima. Esa vulnerabilidad detrás de su máscara de hielo me partió el alma en mil pedazos.
—Lo siento, Julieta —murmuró, casi sin aliento.
—¿Entonces será así? —pregunté, limpiándome las mejillas con torpeza mientras los sollozos me ahogaban—. ¿Así de simple van a terminar las cosas, Alejandro?
—No me lo hagas más difícil, por favor —soltó entre dientes, cerrando los ojos por un segundo.
—¿Y crees que para mí esto es fácil? —le reclamé, sintiendo que la amargura y la rabia le ganaban al dolor—. ¿Crees que lo que me estás haciendo no me duele, Alejandro? ¿Por qué, maldita sea? ¡¿Por qué?! Al menos merezco una puta explicación.
Alejandro no dijo nada.
Guardó un silencio sepulcral que me carcomía por dentro. Se acomodó el saco y recuperó esa maldita apatía que tanto odiaba.
—Estarás más tranquila —dijo sin mirarme—. En unos días voy a presentar mi renuncia formal a la editorial y no me volverás a ver.
Su forma de evadir la situación, su indiferencia y la cobardía de huir dejándome destrozada me encendieron la sangre. La rabia me cegó por completo, haciéndome olvidar el miedo, el pánico y las dudas.
—Estoy embarazada —le solté a quemarropa, directo a la cara y sin anestesia.
🪱🪱🪱🪱🪱🪱🪱🪱