En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 21: La Vieja que Sabía Parir y el Barco que Sabía Cantar
La casa de la comadrona estaba al final de la calle del Humo, que era la calle más pobre del puerto, la que bajaba hacia el sur y terminaba en un playón de arena negra donde las lavanderas tendían la ropa y los perros dormían la siesta. La comadrona se llamaba Melchora Rivas, tenía ochenta y seis años, y era, según la leyenda del pueblo, la mujer que más vidas había traído al mundo y la que más muertes había visto. Decían, también, que tenía una memoria de elefante y una lengua de tijera, y que la combinación de las dos cosas la hacía, en un pueblo como aquel, una de las mujeres más peligrosas que pisaran la tierra.
Luis y Clara llegaron a la casa a media mañana, y la puerta se la abrió Melchora en persona, que era una viejita seca, arrugada como una pasa, con un ojo casi cerrado y el otro muy abierto, y con un delantal blanco, tan blanco, que parecía que lo había lavado con agua bendita. Los miró, los midió, y antes de que abrieran la boca, les dijo, con la voz ronca de una mujer que ha gritado muchas noches y que ya no tiene fuerza para gritar más:
—Vienen por lo del niño, ¿verdad? Siéntense, que les voy a hacer un agua de panela, y mientras se la toman, les cuento lo que sé. Pero antes de que se sienten, les aviso una cosa: lo que yo les cuente se queda entre estas cuatro paredes, y si sale de aquí, lo van a negar todo, hasta el color del cielo. ¿Estamos?
Luis y Clara asintieron, y Melchora los llevó a la sala, que era una sala pequeña, con un suelo de tierra, una mesa de madera, un taburete, y un altar en la pared, con una virgen del Valle rodeada de velas. Les sirvió el agua de panela, se sentó frente a ellos, y empezó a hablar, sin que nadie la interrumpiera, porque su voz, cuando se ponía a contar, era como la voz del mar: no se podía parar, solo se podía dejar pasar.
—Yo atendí a Rosalía la noche en que el niño nació. Fue en el mes de junio, una noche de lluvia, una de esas noches en que el cielo se pone tan negro que parece que se va a caer. Rosalía vino a mi casa, sola, sin nadie, con un dolor en el vientre que la doblaba, y yo la metí en el cuarto de parir, que era el cuarto de al lado, y la acosté en la mesa, y le dije que se agarrara, que viniera lo que tuviera que venir. Ella agarró un trapo, se lo metió en la boca, y parió. Parío como paren las mujeres del mar, sin quejarse, sin llorar, casi sin respirar, y cuando el niño salió, que era un niño hermoso, con la cara roja y los ojos muy abiertos, lo tomó en los brazos, lo miró, y me dijo, con la voz rota: "Melchora, este niño va a ser un hombre bueno, y va a vivir más que todos los Villalobos juntos, y va a volver a este puerto, y va a hacer justicia". Y yo le creí, porque las mujeres que paren en silencio tienen un instinto que no falla nunca.
Melchora se tomó un sorbo de agua, y siguió hablando:
—Esa misma noche, mientras yo le cosía el ombligo al niño, llamaron a la puerta. Eran tres hombres, los mismos que después se la llevaron a ella camino del convento. Me dijeron que si no les entregaba al niño, me mataban a mí y mataban a Rosalía, y como yo tenía una hija pequeña que estaba durmiendo en el cuarto de al lado, no me quedó más remedio que entregárselo. Se lo llevaron envuelto en una manta, y Rosalía, cuando se enteró, gritó, pero ya era tarde. Al día siguiente, la Condesa me llamó a la casa grande, y me dijo, con la voz de una mujer que ha entendido demasiado tarde, que el niño estaba vivo, que lo habían puesto con una familia del muelle, y que como ella no podía hacer nada, me pedía que guardara el secreto, y que me daría, a cambio, una paga todos los meses hasta el día de mi muerte. Yo le dije que sí, porque la Condesa era la Condesa, y porque en aquel tiempo una comadrona no le decía que no a nadie. Pero le dije, también, que si el niño algún día volvía y preguntaba, yo iba a contar la verdad, porque las verdades enterradas, en este puerto, se vuelven piedras, y las piedras, con el tiempo, revientan.
Luis, que estaba escuchando con la cara empapada, le preguntó, con la voz más firme que pudo:
—Melchora, ¿usted me vio a mí, aquella noche?
—Te vi, hijo, te vi —le respondió Melchora, y le tomó la mano, y se la apretó, y se la besó—. Y te digo más: te vi hace tres años, cuando llegaste al puerto, con tu barco, con tu fama, con tu fama de demonio. Y te reconocí en el acto, porque tienes los mismos ojos que tenía Rosalía, y las mismas manos que tenía Rodrigo, y la misma cara de hombre bueno que tienen los que no se han vendido nunca a nadie.
Clara, que estaba tomando notas, levantó la cabeza, y le preguntó, con la voz suave:
—Melchora, ¿y el barco? ¿Usted sabe algo del barco en el que Rodrigo salió aquella noche?
Melchora se levantó del taburete, fue al altar de la virgen, y sacó de detrás de la imagen un papel doblado en cuatro, que era un mapa dibujado a mano, con tinta y con carboncillo, en el que se veía, con todo detalle, la bahía, el bajo de los ahogados, y la posición exacta en la que se había hundido el bote de Rodrigo, marcada con una cruz roja y con la fecha de la noche escrita al lado: 14 de junio de 1801.
—Esto me lo dio Casimiro el Mozo, al día siguiente de la muerte, porque él sabía que yo guardaba secretos, y porque pensó, con razón, que algún día iban a hacer falta. Y aquí lo tienen, hijos, aquí lo tienen. Vayan al bajo, sáquenlo, y verán cómo el casco tiene un boquete que ningún temporal del mundo puede hacer.
Luis tomó el mapa, lo miró, lo dobló, y se lo metió en el bolsillo interior de la casaca, al lado de la libreta con la lista de testigos, y le dijo a Melchora, con la voz de un hombre que está a punto de cerrar el capítulo más largo de su vida:
—Melchora, ¿usted estaría dispuesta a declarar todo esto delante del juez de Caracas?
—Hijo, yo he parido a tres generaciones de este pueblo, y he visto morir a dos, y a las tres les he mentido, y a las dos les he dicho la verdad. Así que sí, hijo, sí. Yo declaro. Y no te cobro nada, porque la deuda que tenía con Rosalía, que en paz descanse, ya se la estoy pagando hoy.
Luis la abrazó, Clara la abrazó, y los tres se quedaron un rato en la sala, en silencio, mientras afuera, en la calle del Humo, los perros ladraban y los gallos cantaban y el mar, que siempre está, seguía cantando la misma canción de siempre.
Cuando salieron de la casa, el sol estaba en lo alto, y el puerto se veía, desde la colina, como un mosaico de techos rojos, de barcas blancas y de agua azul, y Luis, que llevaba la libreta en un bolsillo y el mapa en el otro, le dijo a Clara, con la voz entera de un hombre que sabe que la guerra está por terminar:
—Ahora sí, mi amor. Ahora sí estamos listos. Ahora sí tenemos a la comadrona, tenemos a los pescadores, tenemos el documento de Rodrigo, tenemos la declaración de mi madre, y tenemos el mapa del barco. Ahora sí, con todo esto, no le gana nadie a Adrián, ni con un juez comprado, ni con un barco venido de La Habana, ni con todos los demonios del infierno.
Clara lo miró, y le respondió, con la voz firme de una mujer que sabe que las últimas batallas son las más difíciles:
—Vamos, mi amor. Vamos a la casa, que tu madre nos espera, y que el juez de Caracas ya debe estar bajando del barco.