León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 19
La enfermera terminó de revisar las vendas del rostro de Mateo por última vez antes de darle el alta. Las quemaduras eran dolorosas, pero sanarían con el tiempo. Quedarían pequeñas cicatrices, quizás, pero a Mateo no le importaban.
Lo único que le importaba estaba sentado a su lado, sujetando su mano como si temiera que fuera a desaparecer.
—Puede irse —dijo la enfermera con una sonrisa—. Pero debe cuidarse las vendas y venir a revisión en tres días.
Mateo asintió, pero antes de levantarse, miró a León. Luego a la enfermera.
—Una consulta —dijo—. ¿Puedo llevármelo a él también?
León lo miró sorprendido.
—¿Cómo?
Mateo le apretó la mano.
—De ahora en adelante te quedarás conmigo en mi casa —dijo, con esa voz que no admitía discusión pero estaba llena de ternura—. Voy a hablar con mis padres apenas lleguemos, pero no me importa lo que digan. No voy a arriesgarme a dejarte solo con ese demente dando vueltas por ahí.
León quiso protestar. Quiso decir que podía cuidarse solo, que no necesitaba que lo protegieran, que había sobrevivido años antes de conocer a Mateo.
Pero luego recordó la escena del café hirviendo. Recordó a Mateo interponiéndose. Recordó el miedo que sintió al verlo caer.
Y solo asintió.
—Está bien —susurró.
...
La mansión de los Valdés los recibió con sus puertas abiertas, pero lo primero que escucharon fueron unos pequeños pasos corriendo por el mármol del recibidor.
—¡Mateo! ¡Mateooo! —la hermanita pequeña apareció como un torbellono de energía y coletas, lista para lanzarse a los brazos de su hermano mayor.
Pero se detuvo en seco cuando lo vio.
Las vendas. El rostro cubierto. Su hermano, su héroe, su compañero de bailes matutinos, estaba lastimado.
El labio inferior de la pequeña comenzó a temblar.
—Waaaa —los ojos se le llenaron de lágrimas en cuestión de segundos—. ¡Mi hermano está enfermo!
Mateo se arrodilló frente a ella, abriendo los brazos a pesar del dolor.
—Tranquila, mi pequeña —dijo con una sonrisa tierna—. Estoy bien, ¿ves? No llores, por favor. No soporto verte llorar.
Pero la niña no dejaba de sollozar, aferrándose a su cuello con cuidado, como si pudiera romperlo.
Entonces Mateo tuvo una idea.
—Mirá —dijo, señalando a León—. León se va a quedar con nosotros.
La pequeña levantó la cabeza, sus ojos todavía llenos de lágrimas, y miró al omega pelirrojo que observaba la escena con una ternura que no podía ocultar.
Parpadeó una vez. Dos veces.
Y de repente, las lágrimas se detuvieron como por arte de magia.
—¿Hermano León se queda? —preguntó, con una sonrisa asomándose tímidamente.
León, conmovido hasta los huesos, se arrodilló junto a Mateo.
—Sí —dijo, con voz suave—. Me quedo.
La niña lo sujetó de la mano con una fuerza inesperada para su tamaño.
—¡Hermano León! ¡Vamos a jugar! —exclamó emocionada, tirando de él hacia el interior de la casa.
León miró a Mateo, una sonrisa genuina apareciendo en su rostro por primera vez en días.
Mateo le devolvió la mirada, con los ojos brillantes.
—Ve —dijo—. Yo hablo con mis padres.
Y mientras la pequeña arrastraba a León hacia el jardín, contándole ya veinte historias diferentes sobre sus juguetes favoritos, Mateo se quedó ahí, de pie en el recibidor, viéndolos alejarse.
Su omega.
Su hermana.
Su familia.
Sonrió, a pesar del dolor.
...
En algún lugar de la ciudad, Cala caminaba furioso por el barrio donde solía vivir León.
Golpeó la puerta de su antiguo departamento una y otra vez. Nada.
Miró por la ventana. Vacío.
—No está aquí —masculló, apretando los puños—. Maldita sea.
Había planeado todo. Esperar a que León estuviera solo, vulnerable. Entrar, abusar de él, marcarlo a la fuerza. Hacerlo suyo de una vez por todas, para que ese maldito Mateo entendiera que no podía competir con un alfa de verdad.
Pero León no estaba.
—¿Dónde estás? —siseó, dando un puñetazo a la pared—. ¿Dónde te escondes?
No se le pasaba por la cabeza que León no se estaba escondiendo.
Se estaba quedando en la mansión de los Valdés.
Con su alfa.
Con su nueva familia.
Lejos de su alcance.
Y aunque Cala no lo supiera aún, esa misma noche, mientras él rondaba las calles como un perro rabioso, los padres de Mateo serían informados de todo.
Y la madre alfa, esa mujer de sonrisa dulce y mirada de hielo cuando hacía falta, comenzaría a hacer algunas llamadas.
Cala no lo sabía, pero su tiempo se estaba acabando.
Pero mientras tanto, en la mansión, todo era paz.
León corría por el jardín persiguiendo a la hermana de Mateo, sus risas mezclándose con el atardecer.
Mateo los observaba desde la ventana, con el corazón lleno.
Y por un momento, solo por un momento, el mundo estuvo en orden.
espero el siguiente capítulo