Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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Cuando el refugio deja de existir
El refugio nunca había sido un hogar.
Pero hasta esa noche, había sido un respiro.
Las luces parpadeaban con intermitencia mientras ella caminaba por el pasillo estrecho, sintiendo cómo la grieta del vínculo palpitaba de forma irregular. Ya no era un latido firme. Era un eco fracturado, inestable, como un corazón que dudaba si seguir latiendo.
—Esto no está bien… —murmuró.
Él se detuvo a su lado, apoyando una mano en la pared para sostenerse. Su respiración era superficial, contenida.
—Lo sé —respondió—. Kael dejó algo abierto. No se fue del todo.
Antes de que pudiera decir algo más, el medallón se congeló.
No ardió.
No vibró.
Se apagó.
El silencio que siguió fue antinatural.
—¿Lo sientes? —preguntó Liora desde el fondo del pasillo, tensa—. No es Kael.
El aire se comprimió de golpe.
Las paredes temblaron.
Y entonces… el refugio explotó desde adentro.
Una onda de energía los lanzó contra el suelo. El mundo se volvió ruido, polvo y gritos ahogados. Ella rodó, golpeándose el hombro contra una esquina, intentando incorporarse mientras sentía algo nuevo recorrerle el cuerpo: miedo puro, primitivo, visceral.
—¡Levántate! —gritó Liora—. ¡Ahora!
Las luces se apagaron por completo.
Entre el humo y los escombros, una silueta comenzó a formarse.
No caminaba.
Flotaba.
—No… —susurró él, con los ojos abiertos de par en par—. Eso no es posible…
La figura descendió lentamente. Su presencia era aplastante, mucho más pesada que la de Kael. No había burla, ni provocación. Solo una certeza aterradora.
Poder absoluto.
—Ustedes no debían sobrevivir —dijo la voz, profunda, antigua, resonando como si viniera de debajo de la tierra—. El vínculo ya debería haberse consumido.
Ella se puso de pie como pudo, interponiéndose entre la entidad y él.
—¿Quién eres? —exigió, con la voz temblando pero firme.
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
—Soy Atherion —respondió—. Y Kael… es solo un mensajero torpe.
El nombre cayó como una sentencia.
Liora retrocedió un paso, pálida.
—No… —susurró—. Tú estás prohibido. Sellado. No puedes cruzar.
Atherion sonrió por primera vez. Una sonrisa fría, sin alegría.
—Y, sin embargo, aquí estoy —dijo—. Gracias a ella.
Ella sintió el golpe directo al pecho.
—¿Qué hiciste? —preguntó, con rabia y confusión—. ¡Yo no te llamé!
—No con palabras —respondió Atherion—. Pero tu decisión de resistir, de no romper el vínculo… abrió una grieta mucho más grande de lo que imaginaste.
El medallón comenzó a resquebrajarse.
No físicamente.
Energéticamente.
Él cayó de rodillas con un grito ahogado.
—¡No! —ella corrió hacia él—. ¡Déjalo!
Atherion levantó una mano.
El vínculo se tensó de forma brutal.
—Este lazo es inestable —dijo—. Imperfecto. Y por eso… inútil.
Ella sintió cómo algo se desgarraba dentro de sí. No era solo dolor. Era pérdida. Como si una parte de ella estuviera siendo arrancada lentamente.
—¡Para! —gritó—. ¡Me quieres a mí, no a él!
Atherion la observó con atención, casi con curiosidad.
—Exacto —respondió—. Pero primero debo demostrarte algo.
El vínculo se rompió por un segundo.
Solo uno.
Fue suficiente.
Ella gritó, cayendo al suelo mientras una oleada de vacío la atravesaba. No sentía su presencia. No sentía su voz. Nada.
—¡No lo siento! —sollozó—. ¡No lo siento!
Él jadeaba, temblando, con los ojos perdidos.
—Yo… yo tampoco —susurró—. Algo se llevó una parte…
Liora atacó, lanzando un pulso de energía que apenas rozó a Atherion.
—¡Aléjate de ellos!
Atherion ni siquiera se movió.
—Este lugar ya no sirve —dijo—. El refugio ha cumplido su función.
Con un gesto leve, todo el edificio comenzó a colapsar.
—¡Corran! —gritó Liora.
Ella tomó a él del brazo, arrastrándolo mientras el techo se desplomaba detrás de ellos. El mundo se rompía en fragmentos, polvo y fuego. Piedras caían, vigas se partían, y el polvo asfixiante llenaba sus pulmones.
Cuando lograron salir a la calle, el refugio ya no existía.
Solo ruinas.
Silencio.
Ella cayó de rodillas, con el pecho ardiendo y una sensación insoportable de ausencia.
—El vínculo… —susurró—. Está dañado.
Él se sentó frente a ella, con la mirada perdida.
—No sé cuánto tiempo más podré sostenerme así —dijo—. Algo se rompió… y no sé si puede repararse.
Liora los observó, con el rostro grave.
—Atherion no vino a destruirlos —dijo—. Vino a prepararlos para elegir.
Ella alzó la mirada, con lágrimas y furia mezcladas.
—¿Elegir qué?
Liora tragó saliva.
—A quién salvar… cuando llegue el momento.
El medallón dio un último pulso débil.
Y por primera vez desde que todo comenzó,
ella entendió la verdad más cruel:
no todos sobrevivirán a esta guerra.