Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 21: Cuando amar deja cicatrices
Darío no durmió esa noche.
No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía, el pasado volvía a abrirlos por él. La casa estaba en silencio, pero dentro de su cabeza el ruido era ensordecedor. Las palabras de Abril, dichas sin gritos ni reproches, se repetían una y otra vez como un eco imposible de callar.
—No quiero salvarte, Darío. Quiero que te salves tú.
Eso había dicho ella.
Y era precisamente eso lo que más le dolía.
Se levantó de la cama antes del amanecer. Caminó descalzo por la sala, encendió la luz de la cocina y se sirvió un vaso de agua que apenas probó. Su reflejo en la ventana le devolvió una imagen que no quiso reconocer: un hombre cansado, con ojeras profundas y una culpa que ya no podía esconder.
Durante años se había contado la misma mentira: que hacía lo que hacía porque amaba, que controlar era proteger, que exigir era cuidar. Pero algo se había quebrado. No de golpe, sino lentamente, como se rompen las cosas que duelen más.
Abril no lo había dejado.
No todavía.
Pero había puesto un límite.
Y los límites, Darío lo sabía, no eran amenazas: eran decisiones.
Tomó el celular. Abrió el chat con ella. Escribió. Borró. Volvió a escribir. Volvió a borrar.
Nada parecía suficiente. Nada parecía honesto.
Finalmente, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Por primera vez, entendió que pedir perdón no era lo mismo que cambiar.
Abril, en cambio, había dormido poco, pero con una extraña calma. El tipo de calma que llega después de tomar una decisión difícil. Se despertó antes de que sonara la alarma y se quedó mirando el techo, respirando despacio, como si temiera que un movimiento brusco hiciera desaparecer esa sensación de firmeza que tanto le había costado construir.
Se levantó, se duchó y eligió la ropa con cuidado. No para verse bonita. Para sentirse fuerte.
Mientras se maquillaba frente al espejo, se observó con atención. Había algo distinto en su mirada. No era felicidad. Tampoco tristeza. Era claridad.
Recordó cuántas veces había callado para evitar discusiones. Cuántas veces había cedido por miedo a perder. Cuántas veces había confundido paciencia con amor.
—No más —susurró.
Al salir de casa, el aire de la mañana le pareció distinto, como si el mundo no hubiera cambiado, pero ella sí.
En el trabajo, intentó concentrarse, pero la mente se le escapaba. Cada notificación del celular la ponía en alerta. Parte de ella esperaba un mensaje de Darío. Otra parte temía recibirlo.
A media mañana, finalmente llegó.
Darío:
“Necesito verte. No para discutir. Para hablar de verdad.”
Abril leyó el mensaje varias veces. Su corazón latía rápido, pero no como antes. Ya no era ansiedad. Era cautela.
Respondió después de unos minutos:
Abril:
“Podemos vernos hoy. Pero solo si hablamos con respeto. Y con honestidad.”
La respuesta no tardó.
Darío:
“Lo prometo.”
Ella cerró el chat. No sabía si creerle, pero sabía algo más importante: esta vez no iba a traicionarse a sí misma.
Se encontraron esa tarde en un café pequeño, lejos de los lugares que solían frecuentar juntos. El ambiente era tranquilo, casi neutral, como si el sitio mismo hubiera sido elegido para evitar recuerdos.
Darío llegó primero. Cuando Abril entró, se puso de pie de inmediato. Sus miradas se cruzaron y, por un segundo, todo lo no dicho flotó entre ellos.
—Gracias por venir —dijo él.
—Gracias por respetar el espacio —respondió ella, sentándose frente a él.
Hubo un silencio incómodo. Darío jugueteó con la taza de café. Abril lo observaba sin interrumpirlo. Ya no iba a llenar los vacíos por los dos.
—He estado pensando mucho —empezó él—. En nosotros. En mí.
Ella asintió, invitándolo a continuar.
—Siempre creí que el amor era… estar pendiente, cuidar, no dejar que el otro se equivoque. Pero me di cuenta de que muchas veces crucé líneas. Y lo peor es que no lo hice por maldad. Lo hice por miedo.
Abril sintió un nudo en la garganta, pero se mantuvo firme.
—El miedo no justifica el daño —dijo con suavidad—. Yo también tuve miedo. Pero no por eso te quité la libertad.
Darío bajó la mirada.
—Lo sé. Y no quiero excusarme. Solo… quiero entender de dónde viene todo esto. Quiero cambiar.
Ella respiró hondo.
—Cambiar no es prometer. Es hacer. Y no sé si estoy lista para acompañarte en ese proceso como pareja.
Esa frase cayó como un golpe seco.
—¿Entonces esto es un adiós? —preguntó él, con la voz quebrada.
Abril negó despacio.
—No lo sé. Es un “todavía no”. Es un “necesito ver hechos”. Y también necesito pensar en mí.
Darío asintió, con dificultad.
—Acepto eso —dijo finalmente—. Aunque me duela.
Por primera vez, Abril sintió que él no intentaba convencerla.
Esa noche, Darío volvió a casa con una mezcla de tristeza y determinación. Se sentó en el sofá, sin encender la televisión, sin música, sin distracciones.
Pensó en su infancia. En las discusiones que había visto. En cómo había aprendido que amar era poseer. En cómo había repetido patrones que juró no repetir.
Por primera vez, no huyó de esos recuerdos.
Buscó en internet información sobre terapia. Dudó. Cerró la página. La volvió a abrir.
Pidió una cita.
El simple gesto le pareció enorme. Aterrador. Necesario.
Abril, por su parte, llegó a casa exhausta. Se quitó los zapatos y se dejó caer en la cama. No lloró. No porque no doliera, sino porque estaba cansada de llorar sin cambios.
Tomó su cuaderno y empezó a escribir. No para Darío. Para ella.
Escribió sobre lo que quería. Sobre lo que ya no aceptaría. Sobre el tipo de amor que merecía.
Cuando cerró el cuaderno, sintió algo parecido a esperanza. No por una reconciliación. Sino por la posibilidad de un futuro distinto, con o sin él.
Los días siguientes fueron extraños. No se escribían a cada rato. No se llamaban. Había silencios largos, incómodos, pero necesarios.
Darío comenzó terapia. Las primeras sesiones fueron duras. Salía con más preguntas que respuestas. Pero también con una verdad que ya no podía ignorar: amar no debía doler así.
Abril, mientras tanto, empezó a reconectar con partes de sí misma que había dejado de lado. Salió con amigas. Retomó un proyecto personal. Aprendió a decir “no” sin culpa.
Una tarde, recibió un mensaje inesperado de Darío.
Darío:
“Solo quería decirte algo, sin esperar nada a cambio. Empecé terapia. No para recuperarte, sino para no volver a ser quien fui.”
Abril leyó el mensaje con el corazón apretado.
Respondió:
Abril:
“Gracias por decirlo. Me alegra saberlo.”
Nada más.
Y, por primera vez, eso fue suficiente.
El amor entre ellos ya no era el mismo. Estaba herido. Marcado. Lleno de cicatrices visibles e invisibles. Pero en medio de todo, algo había cambiado.
Ya no se trataba de aferrarse.
Se trataba de sanar.
Y aunque ninguno sabía si el camino los llevaría de nuevo el uno al otro, ambos empezaban a entender una verdad que antes ignoraban:
A veces, amar implica soltar.
Y a veces, soltarse es la única forma de no perderse.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas