La vida de Ricardo parece estar completa, tiene una novia hermosa y un empleo prometedor pero un día al reencontrarse con un amor del pasado se dará cuenta que su vida había estado vacía todo ese tiempo. Sin dudarlo más tiempo decide recuperar el amor de aquella mujer que alguna vez tiempo atrás lo había sido todo para él, aunque no le será del todo fácil.
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Siguiendo al corazón
—Detente, Ricardo —le escuché decir con la intención de sonar elocuente en su petición, el gemido que trató de ocultar en su garganta la delató —alguien podría vernos.
—No te preocupes, amor. Estamos en mi oficina —le dije al oído al tiempo que mis manos se colaban bajo su blusa —Fernando se acaba de ir a comer, es el único que podría venir.
—Pero… no está bien.
Era un argumento poco convincente, sobre todo si no oponía resistencia a que la sentará en el escritorio y me acomodara entre sus piernas, estaba agradecido de que vistiera esa falda negra. Angie tiene un lado travieso que cualquier hombre podría adorar, por suerte era yo quien estaba disfrutando de esa faceta suya.
—No podría resistir un día más sin besarte —le dije levantando unos centímetros más su falda, el borde del encaje de su ropa interior fue visible para mí, era negra y me encantaba como lucía en su piel. Angie arqueo su espalda y un sonido de placer salió involuntario de su boca cuando sintió mis dedos rozar por encima de la tela, su centro húmedo y caliente —sin hacer esto.
—Te dije que solo lo haríamos una vez…después seguiríamos con nuestras vidas.
—Y yo te dije que lo haríamos una vez y después no podríamos separarnos.
Angie soltó un pequeño grito cuando hundí un dedo en ella, no tan fuerte como para que alguien supiera lo que pasaba en esa apartada oficina, pero sí lo suficiente para hacer que me sacudiera debajo del pantalón. Aún no se terminaban las sacudidas de su orgasmo cuando comencé a penetrarla y moverme dentro suyo, sus manos aferrándose a mi como si de un salvavidas se tratara, con sus piernas alrededor mío seguramente era una imagen muy erótica y sensual.
…
—Hey, ¿Qué pasa contigo? — me dijo Fernando con su típico tono burlón.
—No se a que te refieres —me reí por la pregunta. Tal vez tenía razón y estaba siendo demasiado evidente con mi felicidad.
—No sé. Es solo que, estamos a media semana y aún no se te ha borrado esa sonrisa. Pasó algo que deba saber.
—Sí, pasó algo —respondí —pero no es algo que debas saber —respondí burlándome un poco de él —solo estaba recordando algo.
—Me imagino que se trata de Angelica. Ya no me has dicho nada ¿Ya conseguiste que te hiciera caso?
Nunca he sido alguien al que le sobren los amigos, Julian era mi mejor amigo desde secundaria pero hacía un año se había ido a trabajar a otra ciudad y cada vez hablábamos menos. Fuera de él solo tenía conocidos y estaba Fernando; estuve a punto de contarle todo a, él era como un amigo pero eso último lo dijo con un toque de envidia que me hizo pensar que no era buena idea. El tono de mensaje de mi teléfono interrumpió la conversación.
—Ricardo, creo que olvide mi pinza para el cabello en tu oficina.
Sonreí por el mensaje de Angie, la pinza que mencionaba estaba en mi bolsillo, yo mismo la había quitado de su cabello momentos antes.
—Te la devolveré si aceptas salir a comer conmigo —respondí en un mensaje.
—Entonces, ¿qué? ¿estás saliendo con Angie o no? —Fernando me miró con el ceño ligeramente fruncido, justo cuando iba a responderle, mi teléfono vibró sobre mi escritorio.
—¿Acaso me estás chantajeando?
—Si no sales ahora mismo de tu oficina, entonces entraré por ti para llevarte a comer.
Para ese momento Fernando había dejado de verme; enojado parecía trabajar en su computadora, la verdad por mucho que me intrigara su actitud no podía ni quería prestar atención a eso.
—Está bien, Ricardo vamos.
—Voy para allá.
—Voy a salir —le dije a Fernando cerca de la puerta —necesito que termines ya esa propuesta, no podemos retrasarnos más —le dije en un tono formal que daba a entender que podíamos hablar sobre asuntos personales pero en cuanto al trabajo yo seguía siendo su jefe.
—Claro, como digas. Pero ¿a dónde vas?
No me detuve a responder, Angie ya me estaría esperando y no quería perder tiempo dando explicaciones que no estaba obligado a dar. Al otro lado del pasillo, saliendo de la oficina, Angie me esperaba luciendo hermosa también con su cabello ondulado suelto.
…
—¿Te gustó la pizza?
Angie y yo caminábamos de regreso al trabajo, en realidad no habíamos ido tan lejos,solo un par de cuadras. Parecíamos un par de adolescentes caminando y riendo tomados de la mano. Quizás sí, tenía la impresión de que había estado en modo suspendido desde que nos separamos y al tenerla de nuevo conmigo, estaba viviendo desde donde nos quedamos. A veces también me parecía como si nunca hubiésemos estado lejos el uno del otro, como si todo el tiempo hubiésemos estado juntos.
—Sabes que adoro todo tipo de comida chatarra. Creo que eso nunca va a cambiar —me dijo divertida y yo no pude evitar reír. Era tan natural como respirar —. Ya me puedes entregar mi pinza.
Angie se paró de frente a mí y extendió su mano, con esa mirada que solía hacer, esa con la que se burlaba y me retaba a la vez.
—Si, pero antes tienes que darme un beso —le dije metiendo sin pensar la mano en mi bolsillo, como para confirmar que el objeto seguía en mi poder —pero tiene que ser un buen beso, no uno corto.
—Ese no era el trato —dijo fingiendo molestarse.
—Esa es mi condición, tómalo o déjalo.
—Está bien, un beso —Angie acortó la distancia metiéndose entre mis brazos que se amoldaron a su estrecha cintura, me incline un poco para estar a su altura, aunque Angie ya no era tan bajita como antes, también había que considerar los zapatos, entre cinco y siete centímetros tal vez.
—Uno. Pero de larga duración.
La sonrisa que se dibujó en su rostro era como ver a una zorra complacida de haber conquistado a su zorro. Cuando Angie junto sus labios con los míos pude sentir como el tiempo se detenía, (esto siempre me ha pasado con ella) la calidez de su cuerpo fundiéndose con el mío hacía que mi corazón golpeara con fuerza para salir de mi cuerpo y unirse con el de ella. Ella inundaba todos mis sentidos convirtiendo mi mente en una masa blanda y caliente que solo podía pensar en lo delicioso de sus labios.
—Nos vamos —me dijo separándose solo un poco, sin hacer ningún esfuerzo por soltarse de mis brazos.
—¿Me esperarás a la salida? —mi pregunta fue como una súplica silenciosa, acompañada de la inseguridad de que ella dijera que no, que no podía o no tenía tiempo; tenía la certeza de su amor, pero aún podía notar el ligero titubeó de duda.
—Sabes que sí —susurro avergonzada.
Angie, mi Angie. El amor de mi vida. Ella tenía el poder (siempre lo ha tenido y siempre lo tendrá) de hacer que mi corazón saltará dentro de mi pecho lleno de amor o se hiciera pequeño por la pena.