La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 14
Helios se dio la vuelta, haciendo un gesto a Caius y Mirea para que lo siguieran.
—¡Te arrepentirás de esto, Voran! —gritó Hestor a sus espaldas—. ¡Hoy has creado un cisma que no podrás cerrar! ¡Has perdido el norte antes de empezar la batalla!
El camino de regreso al refugio fue tenso. La noticia del rechazo de Helios voló más rápido que el viento. Los nobles que aún dudaban en apoyarlo ahora tenían una excusa para alejarse. Había despreciado la alianza más poderosa de la región por una cuestión de principios... o algo más oscuro.
Cuando llegaron a la cámara privada de Helios, Mirea cerró la puerta de un golpe. Su rostro, habitualmente una máscara de calma, estaba encendido por una furia contenida.
—¿Eres idiota, Helios? —le espetó ella, cruzándose de brazos—. Eran diez mil hombres. Diez mil. Tenías la guerra ganada.
Helios se quitó la capa y la lanzó sobre una silla. Se sentía agotado, con los nervios a flor de piel.
—No iba a hacerlo, Mirea. No voy a empezar mi reinado encadenado a una mujer que no deseo para satisfacer la ambición de un herrero.
—¡Esto no se trata de deseo! —gritó ella, acercándose a él—. Se trata de estrategia. Podrías haberte casado con ella, usar sus tropas y luego... no sé, dejarla en una torre o buscar un divorcio cuando el poder fuera tuyo. Pero rechazarlo así, en su propia forja... has convertido a los Ferrum en enemigos potenciales o, en el mejor de los casos, en aliados de Valerius.
Helios la agarró por los hombros, obligándola a detenerse. Su mirada era salvaje.
—¿Eso es lo que quieres para mí, Mirea? ¿Que sea un mentiroso más en esta corte de víboras? —la sacudió levemente—. ¿O es que te molesta la idea de que otra mujer tenga un título oficial mientras tú sigues siendo la "aliada estratégica" en las sombras?
Mirea se quedó sin aliento, su pecho subiendo y bajando con rapidez. El espacio entre ellos se cargó de una electricidad peligrosa, una mezcla de odio político y atracción física irrefrenable.
—Me molesta que seas un romántico estúpido en un mundo de asesinos —susurró ella, aunque sus ojos decían otra cosa.
Helios no respondió con palabras. La atrajo hacia él en un beso que sabía a desesperación y rabia. La empujó contra la pesada mesa de roble donde planeaba sus conquistas, y esta vez no hubo sutilezas. Sus manos, todavía calientes por la temperatura de la forja, se deslizaron bajo la seda de su bata, desgarrando el tejido con una urgencia que Mirea respondió con la misma violencia.
La alzó y la sentó sobre la madera, separando sus piernas con brusquedad. El contraste entre la piel fría de ella y el calor abrasador de Helios era una tortura deliciosa. Él la penetró de un solo golpe, profundo y posesivo, arrancándole un grito que ella ahogó en su cuello, mordiéndole el hombro con fuerza suficiente para sacarle sangre.
—Si voy a perder un reino —gruñó Helios contra su oído, su ritmo volviéndose frenético y despiadado—, lo haré bajo mis propios términos. No bajo los de Hestor, ni los de Valerius... ni siquiera bajo los tuyos.
Mirea arqueó la espalda, sus manos enterrándose en el cabello de Helios, guiándolo mientras el placer empezaba a nublar su juicio. En ese momento, no importaban los diez mil legionarios perdidos ni el cisma político que acababa de estallar en la ciudad. Solo importaba el roce del acero de sus voluntades chocando en la oscuridad. El sexo no era una reconciliación; era una lucha por el dominio, una forma de decirse que, aunque el mundo se derrumbara fuera de esas paredes, ellos seguían siendo los dueños de su propio caos.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz en medio de un eclipse. Helios se dejó caer sobre ella, jadeando, su frente apoyada contra la de Mirea.
Pasaron varios minutos en silencio, el único sonido era el de sus respiraciones volviendo a la normalidad. Mirea fue la primera en hablar, recuperando su tono calculador, aunque su voz aún temblaba un poco.
—Has cometido un error histórico, Helios. Mañana, los Serath sabrán que has rechazado a los Ferrum. Vendrán a por ti, pensando que eres débil por ser un hombre de honor.
Helios se levantó, ajustándose la ropa con una frialdad que contrastaba con la pasión de hace unos instantes.
—Que vengan —dijo él, mirando hacia la ventana, donde las primeras luces del alba empezaban a teñir el cielo de un rojo sangriento—. Si creen que mi negativa a un matrimonio arreglado es una señal de debilidad, se llevarán una sorpresa. No necesito una boda para demostrar que soy un Voran. Necesito que sientan el calor del sol antes de que los consuma.
Caius llamó a la puerta con tres golpes rítmicos.
—Señor, un mensaje de la Cámara Alta. La Casa Serath solicita una audiencia de emergencia. Selene Serath dice que tiene una propuesta que "no requiere de alianzas de alcoba".
Helios miró a Mirea, que se estaba arreglando la bata con manos expertas. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—Parece que mi antigua prometida tiene mejor sentido del tiempo que yo —Helios se giró hacia Caius—. Dile que acepto. Pero no en el palacio. Nos reuniremos en la Cámara Alta, bajo la supervisión del Consejo. Si voy a entrar en el nido de las serpientes, quiero que todos vean cómo les arranco los colmillos.
El cisma político ya era un hecho. Al rechazar a los Ferrum, Helios había elegido el camino más difícil hacia el trono: el de la legitimidad pura y el riesgo absoluto. La Sombra sobre la Corona se hacía más densa, y el juego de tronos de Solis estaba a punto de volverse mucho más sangriento.