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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:672
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 1

El día del regreso

Yo amaba esperar a mi padre cuando llegaba el día de su desembarco en las Indias. El calor se pegaba a la piel como un velo espeso, y aun así, nada me detenía. Desde el balcón de piedra de nuestra casa en Getsemaní, con las persianas de madera abiertas, buscaba con ansias la señal que más alegrías me daba: la bandera ondeando en el aire, anunciando que su navío había cruzado la bahía de Cartagena.

Ese día, mi madre estaba dentro, organizando la mesa con pescado fresco, panes, frutas maduras y especias que había mandado traer de los mercados. El olor a clavo y canela se mezclaba con el aroma del mar, que entraba por las ventanas abiertas. Ella, siempre diligente, se movía entre las criadas, dando órdenes con su voz firme y clara. Yo, en cambio, no podía apartar la mente de la figura de mi padre, de ese instante en que pisaría tierra firme y yo correría hacia él, como tantas veces antes.

—Amelia, ven conmigo —le dije a mi esclava y amiga, que siempre caminaba detrás de mí como una sombra silenciosa.

Ella me miró con cierta complicidad y sonrió. Sabía que mi corazón latía rápido en esas horas de espera, que nada me daba más alegría que ese momento en que la distancia del mar se rompía y mi padre volvía a casa.

—Señorita, el sol está muy fuerte, cúbrase bien —me recordó, mientras yo me colocaba la bufanda sobre los hombros y un poco por delante, intentando que el sol no me quemara la piel blanca como marfil que tanto llamaba la atención en el puerto.

Bajamos juntas hacia las calles que daban al muelle. Las piedras de la calzada ardían bajo el sol del mediodía, y el aire vibraba con el bullicio de la ciudad. Carretas cargadas de barriles de vino y sacos de cacao avanzaban pesadamente, seguidas de hombres sudorosos que gritaban precios, mientras niños corrían descalzos entre la multitud.

Amelia me contaba lo último de los chismes de la servidumbre: que un esclavo del puerto se había escapado hacia los manglares, que otros habían sido vistos hablando con comerciantes portugueses en secreto, y que en la taberna cercana había discusiones por las nuevas cargas de oro que venían de las minas de Santa Marta. Yo escuchaba, a medias atenta, porque mis ojos buscaban entre las velas de los barcos la que más brillaba: la de mi padre.

Y entonces lo vi. Su estandarte ondeaba majestuoso en lo alto del mástil, como un pájaro que regresaba siempre al mismo nido. El corazón me dio un vuelco.

—¡Amelia! —exclamé, señalando hacia la bahía—. ¡Ya está llegando! ¡Corre!

Corrimos hasta el borde del muelle. El aire estaba cargado de olores intensos: la sal del mar, el pescado recién traído, el sudor de los hombres que cargaban cajas y las especias que escapaban de los sacos mal cerrados. Las campanas de la iglesia de San Pedro Claver repicaban a lo lejos, mezclándose con el bullicio de los comerciantes, los gritos de los estibadores y la música improvisada de los tambores que sonaban en la plaza.

Todo Cartagena parecía latir más fuerte cuando un galeón entraba en la bahía. Los balcones de madera de las casas coloniales se llenaban de mujeres curiosas, los niños trepaban a los muros de piedra para ver mejor, y los comerciantes hacían cuentas en voz baja, calculando ganancias antes siquiera de que el barco amarrara.

Yo avanzaba entre la multitud, sujetando mi bufanda, con Amelia detrás de mí, y sentía que el mundo entero se detenía en ese instante: todo lo que importaba era verlo descender del barco. Ya podía distinguirlo entre los hombres de la tripulación: alto, con el cabello ondeando al viento, firme en su porte. Y lo más hermoso era que, incluso en medio del bullicio, su sonrisa siempre era primero para mí, como si fuéramos los únicos en el puerto.

Después de todo, allí estaba él, descendiendo por la rampa del navío. Mi padre me llamó por mi nombre, y en cuanto escuché su voz grave y cálida, corrí tan rápido como mis pies me lo permitieron. La multitud desapareció para mí en ese instante: solo existíamos él y yo.

Lo abracé con todas mis fuerzas. Su pecho olía a mar, a madera húmeda y a especias traídas de tierras lejanas. Me besó la frente y, sonriendo, me susurró:

—Hueles hermoso, hija mía… tu aroma me recuerda a mí y a tu madre. Una mezcla preciosa, única.

Sus palabras me llenaron el alma. Sentí que el mundo volvía a estar en orden, como si seis meses de ausencia se borraran en un instante. Caminamos juntos hacia la salida del muelle, mientras yo le contaba con entusiasmo cómo habían sido esos largos meses sin él.

Le hablé de todo lo que había ocurrido en Cartagena: los platanales que crecían en la finca, los cultivos que prosperaban gracias a las lluvias de junio, y la casa de piedra en Getsemaní que mi madre mantenía siempre lista para su regreso, como si fuera un palacio en miniatura.

—La finca está más viva que nunca, padre —le dije con una sonrisa—. Mamá, eso sí… ha tenido que poner mano firme. Algunos esclavos le alzaron la voz y le faltaron el respeto, y ella no lo toleró. Los castigó, como debía ser.

Él me escuchaba con atención, asintiendo, con esa mirada orgullosa que siempre me daba confianza.

—Pero no todo ha sido rigor —añadí—. Yo también pasé tiempo con los esclavos, aprendiendo de ellos. Me enseñaron a bañar y cuidar un caballo, a reconocer las hierbas que curan fiebres, y hasta a distinguir cuándo el mar anuncia tormenta.

Mi padre me miró sorprendido, como si no supiera si debía reír o reprenderme. Antes de que pudiera responder, sentí otra mirada fija en mí.

Entre los comerciantes y marineros que llenaban el muelle, un hombre destacaba. Era alto, de hombros anchos, con el cabello rojizo que ardía bajo el sol y la piel curtida por los vientos del mar. Sus ojos claros, entre grises y verdes, me observaron con una mezcla de desconcierto y curiosidad.

Al fin se adelantó un paso, como quien no quiere perder la oportunidad de hablar, y dijo con un acento extraño, áspero y arrastrado:

—Primera blanca que veo que se relaciona con esclavos… y no solo eso, sino que parece tener amistad con ellos. Es sorprendente.

Algunos a su alrededor lo miraron con incomodidad, como si sus palabras hubieran traspasado un límite invisible. Yo, en cambio, no aparté la vista.

Me giré hacia él con una media sonrisa, cargada de ironía, y respondí en su propia lengua, para demostrarle que entendía más de lo que esperaba:

—Quizás usted no ha visto lo suficiente.

Un murmullo corrió entre los marineros que escuchaban. No era común que una señorita de Cartagena hablara inglés, y mucho menos que lo hiciera con esa naturalidad.

El hombre se rió suavemente, como si hubiera encontrado en mí algo inesperado, algo que lo divertía y lo desafiaba a la vez.

—Tiene buena lengua —dijo, divertido, con un brillo burlón en los ojos—. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

Me detuve un instante. El calor del Caribe me quemaba la piel, el bullicio del puerto parecía detenerse, y por un segundo sentí que todo mi alrededor se desvanecía. Lo miré con firmeza y respondí con claridad, pronunciando cada palabra como si fuera un juramento:

—Selene Isadora de Santillana. Ese es mi nombre y apellido.

El escocés inclinó levemente la cabeza, con un gesto de respeto que parecía más propio de un caballero que de un comerciante extranjero. Su mirada se suavizó, como si guardara aquel nombre en la memoria, como si quisiera repetirlo en silencio hasta hacerlo suyo.

Mi padre, que había observado el intercambio en silencio, frunció el ceño con ligera desconfianza, pero no dijo nada. Quizá sabía, como yo empezaba a intuir, que aquel encuentro no era casualidad, sino el inicio de algo más grande.

Y aunque no lo sabía entonces, aquel cruce de miradas sería el primero de muchos. El instante en que el destino, oculto entre las olas y las murallas de Cartagena, empezó a escribir una historia que cambiaría mi vida para siempre.

Después de todo, aquí estaba. El muelle hervía de vida, un ir y venir de marineros que desembarcaban cofres, pieles y barriles que aún olían a sal y a madera húmeda. Todo estaba ahí, apilado, como un tesoro que el mar había devuelto a la tierra. Yo observaba en silencio, con mi velo ligero protegiéndome del sol ardiente que caía sobre la bahía.

Me mantenía tranquila, conversando con quienes me rodeaban, pero en mi interior latía la emoción de reencontrarme con mi padre y con todo lo que aquel barco había traído. Mis ojos se detenían en los detalles: los colores intensos de las telas, el aroma de especias que se mezclaba con la brisa marina, el brillo de las pieles que parecían recién curtidas. Todo aquello era precioso, casi irreal.

De pronto, uno de los hombres del barco se acercó. Llevaba en sus manos un cofre de madera oscura, labrado con símbolos que yo no reconocí al principio. Con solemnidad me lo entregó y dijo:

—Una persona del barco, tu padre, me ha pedido que te dé esto. Si se agotaba, podías retirarte; si no, que esperes un poco más, porque se va a tardar.

Yo lo miré sorprendida. Mis dedos acariciaron la superficie del cofre, fría y dura, con relieves que contaban historias de viajes lejanos. Cuando lo abrí, un destello de luz me deslumbró: eran joyas. Cadenas de oro trenzado, collares con piedras preciosas de colores intensos, anillos tan delicados que parecían hechos para las manos de una reina.

Selene Isadora de Santillana lo tomó con cuidado, como si aquel tesoro pudiera deshacerse entre sus manos. Sus ojos brillaban, maravillados por el fulgor de aquellas joyas que parecían guardar secretos de mares lejanos. Cada piedra llevaba consigo el eco de un lugar distinto: el rubí, el calor de las arenas orientales; la esmeralda, el misterio de selvas húmedas; el zafiro, la profundidad de los océanos.

Y mientras las contemplaba, Selene sintió que no solo eran joyas: eran mensajes de amor y de memoria, recuerdos de su padre, pruebas tangibles de un vínculo que ni el mar ni el tiempo podían romper.

Después, cuando aún no había terminado de maravillarme con el primer cofre, me hicieron llegar otro. Esta vez fue distinto: un hombre alto, de cabello rojizo y acento extraño, se acercó con paso firme. Su voz grave, envuelta en esa lengua escocesa que me sonaba áspera y melodiosa a la vez, me dijo con un tono solemne:

—El teniente me ha enviado para que entregue esto a la diosa de la luna.

Me estremecí al escucharlo, pues jamás me habían llamado de esa manera. Extendió sus manos y me ofreció un cofre más pequeño, pulido, adornado con filigranas que brillaban bajo el sol del puerto. Lo tomé con cuidado, intrigada por aquellas palabras que parecían arrastrar consigo un secreto escondido en la marea.

Lo abrí despacio, sintiendo cómo la expectación me recorría el cuerpo. Dentro encontré una nota doblada, escrita con letra firme y elegante, que parecía dibujar cada palabra con un cuidado casi reverencial. Al desplegarla, mis ojos se toparon con unas frases que encendieron mi alma:

"He visto muchas tierras y he respirado en mi pecho el aire de montañas que parecen tocar el cielo; he contemplado los mares que rugen con furia y mecido mis noches bajo lunas plateadas que bañan el mundo en silencio. He visto ciudades que parecen levantarse sobre la espuma, templos tallados con la grandeza de los dioses, y mujeres adornadas con oro y perlas. Pero confieso que jamás, ni en los sueños más febriles ni en las memorias más vívidas, había encontrado la visión que me arrebató el alma cuando te miré por primera vez.

Tus ojos, Selene, son un océano insondable, donde mi voluntad naufraga y mi razón se rinde sin resistencia. Tu voz, aunque breve y casi esquiva, resonó en mi pecho como un cántico sagrado, como si en cada palabra escondieras un embrujo capaz de doblegar guerreros y de encender hogueras en corazones fatigados por la guerra y el mar. Y tu aroma, ese hálito tenue que me llegó al acercarme, me hirió dulcemente como el recuerdo de un hogar que nunca he tenido y que, sin embargo, ahora sé que siempre he buscado.

Tu figura es un misterio: en ti se entrelaza la gracia de la doncella y la majestad de la reina. Caminas como si el mundo entero se inclinara a tu paso, y al mismo tiempo, como si ignoraras la tempestad que despiertas en quienes se atreven a mirarte. He navegado entre tormentas, he luchado contra hombres armados y he soportado el filo del acero, pero nada me ha herido tanto como el simple roce de tu presencia, nada me ha dejado tan expuesto como el instante en que tus labios dibujaron una sonrisa sarcástica que aún siento clavada en mí como un hierro ardiente.

Permíteme la osadía de confesarte algo que tal vez peque de insolencia: deseo quedarme enredado en tu sombra, perderme en tus silencios y aprender el secreto de tu alma, aunque me cueste la cordura. No busco oro ni poder en estas tierras, porque todo eso palidece ante el lujo de contemplar tu rostro. Si algún dios, en su capricho, me permitiera elegir un destino, escogería siempre el de estar cerca de ti, aunque fuese condenado a no rozarte jamás, aunque solo pudiera adorarte en silencio, como los hombres adoran a las estrellas que nunca alcanzarán con sus manos.

Eres, Selene, diosa y mujer. Si alguna vez me concedes tu mirada sin recelo, juro que no habrá mar capaz de separarme de ti. Y si este atrevimiento mío merece castigo, que sea tu indiferencia mi tormento, porque no hay mayor suplicio que vivir sabiendo que existes y no tener el derecho de pronunciar tu nombre en mis labios.

Diosa de la luna… mi corazón, desde este instante, te pertenece sin remedio."

La letra terminaba con un trazo enérgico, apenas una inicial —una “A” grande y elegante—, sin nombre completo, como si ese misterio también formara parte del juego.

Al leerlo, sentí que el aire del puerto se volvió espeso, que el bullicio se apagaba, y que lo único que existía era aquella confesión, tan desbordada de deseo y de poesía, que me dejó temblando entre el rubor y la fascinación.

El cofre que me habían entregado estaba adornado con filigranas doradas y tenía un brillo especial que parecía reflejar la luz del sol sobre la bahía. Al abrirlo, mi corazón se detuvo: dentro había una joya azul como mis ojos, profunda y misteriosa, rodeada de diminutos diamantes que brillaban con la intensidad del mar al amanecer. Junto a ella, descansaba una pulsera delicada, salpicada de diamantes azules, y un anillo con la misma piedra central que parecía contener todo el cielo nocturno en su interior.

Tomé cada pieza con cuidado, temiendo romper la perfección de aquel regalo. Cada destello me hacía sentir como si la distancia entre mi mundo y el del escocés se acortara un poco más, como si su presencia, aunque distante, me envolviera en un abrazo silencioso y ardiente.

Justo en ese instante, mi padre llegó al muelle. Su voz fuerte y cálida se oyó sobre el ruido del puerto:

—Selene, hija mía, ¿ya has recibido todo?

Asentí con una sonrisa, mostrando el cofre azul que sostenía entre mis manos. Él arqueó una ceja, curioso:

—¿Y ese cofre?

—Es… —dije, intentando controlar el temblor en mi voz— es del escocés que nos saludó antes.

Mi padre sonrió, comprendiendo sin necesidad de más palabras, y se inclinó ligeramente, como si aceptara el misterio de aquel regalo. Observó los diamantes y la piedra azul, y dijo:

—Veo que ha traído un presente digno de tu belleza, hija mía.

Sin más dilación, nos dirigimos al carruaje que nos esperaba cerca del muelle. El polvo de la calle se levantaba bajo los cascos de los caballos, y el bullicio del puerto parecía quedar atrás a medida que avanzábamos entre calles estrechas y plazas llenas de comerciantes y transeúntes.

El cofre iba cuidadosamente colocado junto a las demás joyas, destinadas a mi madre. Mi corazón latía con fuerza, mezclando emoción y anticipación. Mientras nos alejábamos de la bahía, no pude evitar mirar una vez más hacia el navío escocés, imaginando al hombre que había enviado esas piezas, y sintiendo que, de alguna manera, su espíritu viajaba con nosotros en aquel carruaje, entre las calles empedradas de Cartagena.

Sus palabras me hicieron sonreír tímidamente, pero dentro de mí algo vibraba con fuerza: un deseo intenso de libertad, de amor, de misterio, de saber qué caminos nos depararía la vida, él y yo, entre tierras lejanas y océanos infinitos. Cada giro en la música parecía acercarnos más, y cada mirada, cada roce de sus manos sobre las mías, encendía algo que no había sentido jamás. Me preguntaba: ¿Qué será de mí con un hombre como él? ¿Será solo un encanto pasajero o un fuego que perdurará más allá de la noche?

El perfume que desprendía me envolvía, y no era solo aroma: sabía a hazmicle y rosas mezcladas con canela, un olor profundo que se pegaba a mi piel y me hacía temblar. Él inclinó la cabeza, acercándose con esa audacia tan suya, y susurró:

—Hueles delicioso… me imagino que dentro de ti debe sentirse como estar en los cielos de Dios.

El calor se me subió al rostro, y sentí cómo mi corazón latía con fuerza descontrolada. Cada palabra, cada gesto suyo, era una provocación sutil y envolvente.

Cuando por fin finalizamos el baile, se inclinó con excesiva reverencia, sus ojos fijos en los míos. Tomó mi mano con delicadeza, la besó, y aspiró su aroma con respeto y un dejo de deseo. Subió su mirada hacia mí, y un rubor intenso cubrió mis mejillas, mientras la multitud a nuestro alrededor parecía haberse desvanecido, observando en silencio ese instante que era solo nuestro.

El virrey, viendo la escena, se acercó a mi padre y dijo con una sonrisa:

—Nuestro rey le trae un gran regalo a través de esta ruta de comercio para nosotros vender… que esta armonía y esplendor siga siendo así.

Yo apenas podía respirar, aún sonrojada por la cercanía del escocés. Él me miraba con esa intensidad que me hacía temblar, y entre risas suaves y susurros que solo nos pertenecían, me lanzó una pregunta sarcástica:

—¿Y dime, diosa… siempre eres tan atrevida y descarada con los hombres, o solo conmigo?

Reí ante su insolencia y respondí con un toque de ironía, sintiendo cómo cada palabra nos unía más:

—Solo con los que lo merecen, señor.

Su risa, grave y profunda, llenó la sala, y me dijo con esa lengua filada que me hacía estremecer:

—Me encantan las mujeres con lengua filada. No eres común como las otras personas, otras mujeres… eres fuego. Mujer, eres deseo.

Mis manos se aferraron a las suyas mientras la música continuaba, y cada paso, cada giro, cada mirada robada me hacía sentir viva como nunca antes. No era solo un baile; era un intercambio de secretos, de promesas, de fuego contenido. Preguntas y risas se entremezclaban:

—¿Y qué será de ti, escocés? —le pregunté, divertida y provocadora—. ¿Te crees capaz de conquistar a una mujer que corre entre platanales y cuida caballos?

Él arqueó una ceja y me miró con sorna:

—Creo que las mujeres como tú no se conquistan… se descubren.

Su cercanía me hacía sentir un vértigo delicioso, y cada palabra suya parecía robarme la respiración. En ese instante, entre perfumes de rosas y canela, joyas centelleantes y la música que nos envolvía, comprendí que había algo entre nosotros que ningún océano ni murallas podrían separar.

Después de la cena y del baile, me sentía agotada. El corazón me latía con fuerza, y los tacones me habían cansado más de lo que esperaba. Me senté un momento en la mesa, apoyando los brazos sobre la superficie, y le dije a mi padre:

—Papá, voy a descansar un poco… necesito un instante para mí.

Él asintió, comprendiendo, y me advertí que tuviera cuidado al pasar por el pasadizo que llevaba al jardín. Caminé despacio, disfrutando del frescor que venía de las flores y del césped recién regado. Llegué al estanque, donde el agua reflejaba la luz de la luna, y me detuve, dejando que el silencio me envolviera. La brisa me despeinaba ligeramente, y un suspiro se escapó de mis labios, mezclándose con el croar de las ranas y el murmullo del agua.

Y entonces lo vi. Él estaba allí, entre los arbustos, con la expresión perfectamente calculada de quien sabe que provoca, y la mirada fija en mí. Mi primer impulso fue un sobresalto:

—¡Mierda! —exclamé en español, con toda mi indignación—. ¡Me has dado un susto!

Él sonrió, con ese aire seductor que parecía estar diseñado solo para hacerme temblar, y dio un paso hacia mí, seguro y elegante, como si el jardín fuera suyo.

—¿Miedo, Selene? —dijo con acento escocés, arrastrando las palabras con suavidad—. No querrías que me detuviera, ¿verdad?

Reí con fuerza, y mi risa fue mi defensa. Me aparté ligeramente, jugando a esquivar su cercanía:

—¿Y qué diría la gente si me vieran aquí, con un comerciante escocés… rondando por tu jardín? —pregunté, fingiendo indignación—. ¡Dios mío, creo que no!

Él arqueó una ceja, divertido, y respondió con sarcasmo:

—Oh, sí… todos los chismes del puerto se encenderían en un instante. Pero eso no me detendría.

Yo lo miré con desafío, cruzando los brazos y moviendo la cabeza como si lo retara.

—Atrevete a tocarme una vez más sin mi permiso… y verás lo que pasa.

Él se acercó un paso más, y su voz se volvió más grave, cargada de deseo:

—Si ya te he tocado, Selene… no me arrepiento. Me pareces magnífica. Eres toda una mujer que cualquier hombre podría desear.

Mi respiración se aceleró. Sus palabras eran fuego y tentación, y aunque sentía la presión de su cercanía, mi orgullo me impedía ceder por completo. Reí suavemente, con un toque de desafío:

—¿Ah, sí? ¿Todo un hombre podría desearme… y qué dices tú, escocés atrevido?

Él inclinó la cabeza, observándome con intensidad, y sonrió de manera que era imposible no sentirme atrapada:

—No soy cualquiera, Selene. No soy un hombre común. Solo yo puedo ver lo que los demás no pueden: la fuerza que hay en ti, el fuego que llevas dentro… y el deseo que despiertas sin siquiera tocarte.

Mi corazón latía tan fuerte que sentí que cualquiera podría escucharlo. Me reía entre susurros y provocaciones, moviéndome un paso atrás, luego otro adelante, en un juego de cercanía y distancia que nos envolvía a ambos.

—¿Sabes qué estás haciendo? —le dije, con doble filo en la voz, mezclando risa y desafío—. Estás jugando con fuego.

Él sonrió y respondió con voz baja, grave, como un secreto compartido solo entre nosotros:

—Lo sé… y me encanta. Eres fuego, Selene. Eres deseo. Y no quiero dejar de probarlo.

Nos quedamos unos segundos más así, frente al estanque, respirando el mismo aire, compartiendo un espacio que parecía suspendido en el tiempo. Cada mirada, cada gesto, cada palabra era un baile invisible que nos unía más allá de las normas, del miedo y del mundo exterior.

Después me beso y sostuvo fuertemente  para besarme y no escapar de sus garras aquí estábamos me dijo - eres tan preciosa que te daría todo el placer que quiera te demostraría que este cruel comerciante de la marea te puede dar mas orgasmos que ningún otro hombre así que - , después de eso bajo mas y me subió el vestido un poco y metió dedos en mi parte intima y  hice un gemido de placer y después de eso me acorde le di una patada en sus parte intimas y el dije no jamás me casaría contigo y jamás me metería con usted salí corriendo a la casa y después fui corriendo al tercer piso que estaba  mi alcoba y me quite todo hasta quedar en camisón sentía muy  acalorada y me acosté en mi cama  y empecé a tocarme y después  abrí mis pierna cerré los ojos pensando el momento antes que estaba junto con el escoces  y después me toque mis senos y empecé a tocarme muchas  veces en mi parte intima y entre múltiples orgasmo y después me bañe para refrescarme un poco  y le pedí a la esclava  Amelia que me trajera agua caliente  me coloco esencia un poco y abrí un poco la ventana  y Amelia se levanto y dio un grito yo le dije- que paso -,  me dijo - " señorita ese escoces se quedo mirando mirando hacia acá oliendo todo el olor de la bañera  que hemos colocado como la canela y la esencias y después vio que sabia que estaba hay se ha marchado- , después salí un poco y le pedí que me peinara mi cabello me hiciera un trenza fue así y después me quede , mi altar de la virgen y ore un poco me levante de mi reclinatorio y después Fui a mi ventana de mi alcoba  y mire a la luna mire un poco hacia los cultivos y mire el jardín mas adelante había una sombra y después ya no después me fui a mi cama y no me altere después de eso me levante un poco a media noche   risco  y me levanto  el escoces me dijo tranquila aquí estoy  me levante mirando hacia arriba estaba sus ojos tan verdes como una hierba le dije - " que pasaba aquí "-, me dijo - "te veía caminando dormida y iba a tirar del risco, quería  salvarte no iba a dejar que se matara  una mujer tan bella"-  , después me ayudo a irme a casa y después me beso otra vez y le pegue después me beso otra vez,  y después me tiro me me levanto el camisón después bajo hacia mas abajo de mi ombligo y gemí placer  y le gusto demasiado y me dijo que lo miraba y lo empecé a mirar cuando me embestía mucho y gemí mucho y gritaba de placer pero me decía- "shhhh" y quejidos mucho y me besaba por todo mi senos mis pómulos mis dedos y mi parte intima, me dijo -"te gusta esto cuando hago esto"- fue cuando  me dio una embestida   y escupió en su mano y me lo coloco en mi parte intima y me arque un poco , después coloco las mi pies recta  y mis tobillo quedaron  en su hombros  y dije - " joder si por favor mas"-  ¡Oh, Dios mío…! —susurré apenas, mientras la brisa nocturna del jardín me acariciaba la piel—. Nunca imaginé que sentiría tal fuego en mi pecho… cada roce suyo me hacía temblar, y yo deseaba que aquel instante no acabara jamás.

Era mi primera vez, y sin embargo, todo parecía tan natural, tan inevitable. Su aliento cálido sobre mi cuello me hacía estremecer, y mis manos buscaban las suyas, entrelazándose con urgencia y ternura. —Selene… estás hermosa… —me decía él, con voz grave y quedita, y yo le respondía con un suspiro que casi parecía un gemido: —Y tú… me haces sentir viva… —y nos reíamos entre jadeos, mientras la luna nos iluminaba como si bendijera nuestra entrega.

Cada movimiento suyo era un compás de fuerza y suavidad, de embestida y caricia, y yo me perdía entre sensaciones que jamás había conocido. —Más cerca… no me dejes… —le pedía, y él me respondía abrazándome con fuerza, sus impulsos alternando la pasión y la ternura, cada uno dejando su marca en mi piel y en mi corazón.

El murmullo de las fuentes, el aroma de las rosas y jazmines, y el crujir de la hierba bajo nosotros se mezclaban con nuestros susurros: —Te deseo… —decía yo, y él contestaba con un suspiro profundo—: Yo también, mi vida… jamás había deseado así a nadie…

Nos movíamos entre los laberintos de flores y columnas de mármol, adoptando posiciones que parecían dictadas por el mismo jardín: de pie bajo la pérgola, sentados sobre el banco de mármol, recostados sobre la hierba húmeda… cada instante era un descubrimiento, un juego de embestidas apasionadas y caricias suaves, de pausas donde nuestras manos y labios se encontraban, de susurros que combinaban el placer y el amor.

—Nunca había sentido esto… —le dije, y sentí cómo sonrió contra mi hombro, mientras sus embestidas subían y bajaban, marcando un ritmo que mi cuerpo comprendía antes que mi mente—. Me haces sentir… completa… —y el calor de sus brazos me hacía temblar, mientras la luna era testigo de nuestra entrega.

Cada suspiro, cada abrazo, cada estremecimiento era un poema, y yo me sentía al mismo tiempo vulnerable y poderosa. Mi primer deseo, mi primer amor de esa intensidad, mi primera entrega completa, y todo sucedía en aquel paraíso de flores y fuentes, bajo el manto de la noche y la bendición silenciosa de la luna.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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