Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 3. El mismo hogar
Después de la boda, Majic y Josag decidieron ir algunos días a Reviere, antes de volver a Susumira. El amanecer se reflejaba sobre la laguna de Reviere, tan serena que parecía un espejo sostenido por los dioses. Las montañas se alzaban como guardianas del silencio, y el aire tenía ese perfume que solo existe en los lugares donde el alma puede respirar.
Majic permanecía de pie frente al agua, los pies descalzos hundidos en la orilla húmeda. Josag la abrazaba desde atrás, con la calma de quien ha encontrado su refugio después de demasiadas batallas.
- “Estar en este lugar contigo siempre fue mágico”, susurró Majic, con una sonrisa leve. Josag bajó el rostro hasta su oído.
- “Tú eres la magia, cariño. Tú eres la magia”, dijo Josag.
Ella cerró los ojos un instante. El reflejo del lago le devolvía imágenes que no comprendía del todo, manos entrelazadas bajo otra luna, un juramento sellado mucho antes de ser humanos.
- “Ahora sé que nunca fui olvidada”, dijo Majic con voz suave. “Solo estaba caminando hacia mi destino. Y cualquiera que sea el nuevo camino, lo recorreré igual, con el corazón”. Josag la apretó con ternura.
- “Siempre estaré para ti, amor mío”, expresó Josag.
El beso que siguió fue profundo, lento, lleno de vida. La brisa se enredó en sus cabellos y, por un momento, el mundo pareció detenerse en ellos.
- “Y eso que nosotros somos los recién casados”, interrumpió una voz divertida.
Majic se giró riendo. Jarumi y Fortem avanzaban por el sendero de piedra, tomados de la mano. El brillo de la corona aún no se apagaba en sus miradas.
- “Ahora sí se me hizo ser tu hermana”, dijo Jarumi.
- “Ya lo creo”, respondió Josag con una sonrisa. “Y no sabes cuánto me alegra”.
Las risas se mezclaron con el viento, pero pronto Majic volvió la vista al cielo. Las nubes del este se estaban moviendo con una velocidad que no era natural.
Fortem frunció el ceño.
- “¿Lo están sintiendo, verdad?”, preguntó Fortem.
Majic asintió lentamente.
- “Magia oscura, se acerca a Hurmaya, y no son los Senmorta. Hay otros enemigos esperándonos, y creo que hasta podrían ser más fuertes”, dijo Majic.
Jarumi dio un paso adelante, sin soltar la mano de su esposo.
- “Pues ahora que podemos reconocer al enemigo, lo venceremos”, comentó Jarumi.
Josag miró a Fortem, luego a Majic.
- “La magia más poderosa es el amor”, dijo Josag con firmeza. “Y juntos, nada podrá quebrarnos”.
Los cuatro se quedaron mirando el horizonte. El viento levantó pequeñas olas sobre la laguna, y un trueno distante retumbó más allá de las montañas.
Era el presagio de que la calma de Hurmaya no duraría mucho.
Las dos parejas regresaron a la residencia palaciega del ducado de Reviere, donde Lady Marila estaba organizando el almuerzo, estaba feliz, los hijos del hombre que alguna vez fue su esposo, parecían muy felices, y eso la alegraba profundamente, cree que los reyes Georgeus y Krasa estarían sinceramente satisfechos de ver a sus hijos ser amados verdaderamente.
El aire vibró, y poco después, dos carruajes con emblemas distintos aparecieron por el camino que llevaba a la residencia.
Josag entrecerró los ojos y sonrió.
- “Reviere será hoy el corazón de Hurmaya”, dijo Josag.
Las puertas del primer carruaje se abrieron, y de él descendió Huimang, la reina de Pallango. Su presencia imponía respeto sin necesidad de palabras; llevaba una capa color escarlata y una espada a la cintura. A su lado, su esposo Khwan, el rey guerrero de mirada serena, saludó con un gesto firme, mientras llevaba a su pequeño hijo, el príncipe heredero Georgeus, en brazos.
- “¿Y pensaban disfrutar de la paz sin avisarnos?”, preguntó Huimang con una media sonrisa, acercándose a abrazar a sus hermanos.
Josag la sostuvo entre risas.
- “Sabías que no tardarías en encontrarnos, hermana”, respondió Josag.
Detrás del segundo carruaje, un resplandor azul emanó antes de abrirse la puerta. Lycka, reina de Boron, descendió con su cabello rubio trenzado y una corona ligera que parecía tallada de hielo. Su esposo, Leven, la siguió con elegancia y serenidad.
La brisa pareció iluminarse a su paso; y el pequeño príncipe heredero Kuttier, que caminaba a su lado con el traje elegante.
- “Lycka, prima mía”, exclamó Jarumi corriendo hacia ella. “¡Cuánto me alegra verte!”
Lycka la abrazó con cariño.
- “No podía perderme la oportunidad de reunirnos sin protocolo alguno. Además (mirando a Majic y a Josag), algo en el aire me dijo que mi lugar estaba aquí”, expresó Lycka.
Todos ingresaron a la residencia. Lady Marila los recibió con una reverencia llena de emoción. El sonido de las copas alzadas, las risas y el calor de la familia llenaron las estancias.
Fuera, el viento agitó los estandartes de Reviere, y por un instante, los rayos del sol atraviesan las nubes, iluminando las montañas.
Era un día de reunión, pero también de destino.
Porque, aunque ninguno lo sabía todavía, los cuatro reinos estaban comenzando a alinearse, como si los antiguos dioses prepararon un nuevo capítulo en la historia de Hurmaya.
La tarde descendía sobre Reviere como una caricia. El sol se filtraba entre los vitrales del salón principal, tiñendo de dorado las paredes antiguas. Lady Marila había logrado lo imposible: reunir a los hijos de Georgeus y Krasa bajo un mismo techo, sin títulos, sin protocolo, solo como familia.
En una larga mesa de madera pulida se mezclaban las voces, las risas y los aromas del almuerzo. Jarumi reía con Lycka, mientras Fortem y Leven comentaban sobre las rutas comerciales entre Boron y Hurmaya. Huimang observaba todo con ese gesto entre severo y tierno que la caracterizaba, mientras el pequeño Georgeus jugaba con Kuttier cerca de la chimenea.
- “Es curioso”, dijo Josag con una sonrisa, mirando a los niños, “son tan distintos como el fuego y el hielo, y sin embargo se entienden”.
- “Como nosotros”, respondió Majic, y su voz se tiñó de dulzura.
Huimang los oyó y alzó su copa.
- “Brindo por eso”, dijo Huimang. “Por los caminos que parecían distintos y nos trajeron hasta el mismo hogar”.
- “Y por la paz, aunque sea breve”, añadió Lycka con una sonrisa serena, y su esposo Leven le tomó la mano bajo la mesa.
Lady Marila se acercó en silencio, dejando sobre la mesa una bandeja con dulces de miel.
- “No imaginan cuánto deseaba verlos así”, murmuró Marila con emoción. “En los días en que Reviere era solo piedra y silencio, soñaba con este ruido, el de la familia”.
Un momento de quietud siguió a sus palabras.
- “Reviere siempre será el corazón de Hurmaya. Pero hoy, también es nuestro hogar”, dijo Fortem, con esa mezcla de humildad y firmeza que lo distinguía.
Majic lo miró con gratitud. Jarumi apoyó la cabeza en su hombro. Afuera, el viento movía las campanas del jardín, y el sonido se mezclaba con las risas de los niños.
Huimang dejó que una sonrisa apenas visible curvara sus labios.
- “¿Ustedes creen que nuestros padres estarían orgullosos?”, preguntó Huimang suavemente.
Josag asintió; y el pequeño príncipe Georgeus empezó a reír emocionado, como si quisiera confirmarlo.
Nadie lo dijo, pero todos lo pensaron, aquella paz era un tesoro frágil. Y, aun así, era suya.
La tarde se volvió noche, y el fuego de la chimenea dibujó sombras danzantes en los rostros de los reyes y reinas de Hurmaya. En ese momento, ninguno pensó en guerras, ni en alianzas, ni en los viejos enemigos. Solo existía ese instante, el de la familia reunida bajo las montañas, como si se hubiera detenido el tiempo para ellos.