En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.
Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.
Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.
Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.
Ivy no era la víctima inocente que todos creían.
Era una estratega.
Una manipuladora.
Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.
Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.
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Desenmascarada de alumnos de honor
Viernes por la tarde. El campus cambió. No fue una explosión repentina, sino una reacción química: lenta, corrosiva e irreversible. No hubo ningún anuncio formal de la administración, ningún altavoz que cobrara vida para ofrecer una explicación oficial a la tensión repentina. Pero el cambio se respiraba en el ambiente. El aire se sentía más denso, cargado. El silencio de los pasillos no era de paz; era el silencio de quien contiene la respiración.
Los nombres empezaron a circular como una infección.
En voz baja. Rápido. Un susurro afilado que pasaba de una fila de taquillas a otra, saltándose las jerarquías sociales.
—Han puesto su matrícula en revisión.
—A él también.
—Plagio. Enviaron pruebas directas al Ministerio.
Los nombres de siempre. El círculo dorado. Los intocables que habían recorrido estos pasillos como si fueran dueños de los cimientos mismos del edificio. Ese título ya no les quedaba bien. Su corona se estaba oxidando en tiempo real.
En el ala administrativa, las puertas de roble ya no se cerraban. Era una puerta giratoria de consecuencias. Los estudiantes entraban con la cabeza en alto. Salían pálidos, con la mirada fija en el suelo. Y entonces los llamaban de nuevo.
—Firme aquí —dijo la empleada, sin levantar la vista—. Léalo todo. Cada cláusula. Cada admisión de hechos.
—No hay proceso de apelación. El Ministerio ya ratificó las pruebas.
Los documentos se acumulaban sobre los escritorios de caoba como informes forenses. Las carpetas de cartulina abiertas mostraban años de excelencia fabricada y calificaciones compradas. Todo quedaba al descubierto.
—Esto tiene que ser un error —suplicó un chico, con la voz quebrada—. Mi padre forma parte del consejo. Él donó el ala de la biblioteca.
—No es ningún error —respondió el administrador, sin apartar la vista de los registros—. Y las donaciones de su padre no cubren una auditoría federal.
—¡No fui el único! ¡Todos compraban los exámenes!
Silencio.
—Nombre —repitió el funcionario. Su voz no varió en absoluto. Fría. Funcional. Impasible.
En la otra oficina, el tono era aún más tajante.
—Matrícula condicional. Con efecto inmediato. Su beca está en revisión. Se revocan todos sus privilegios.
—¿Qué significa eso para mis solicitudes universitarias?
—Significa que si da un paso en falso, si comete una sola infracción más… queda expulsado. Definitivamente.
—No habrá una segunda oportunidad. El Ministerio lo está vigilando todo.
Nadie discutió. El tiempo para negociar se había acabado al mediodía, cuando el primer coche negro con placas oficiales entró por la entrada principal.
El Director no se sentó. Recorría su despacho como un depredador enjaulado. Cinco pasos hasta la ventana. Cinco pasos de vuelta al retrato del fundador. La alfombra ya marcaba el rastro de su inquietud.
—¿Quién autorizó esto? —soltó entre dientes a su asistente—. Es un asunto interno. Nosotros protegemos a los nuestros.
—El Ministerio, señor. Han pasado por encima del consejo directivo por completo.
—¡Esto es un abuso de poder!
—Ya no lo es. Tienen una orden judicial para los servidores. Han copiado toda la información.
Hubo una larga pausa. El Director dejó de caminar. Su sombra se alargó por el suelo como una mancha oscura.
—¿Quién filtró la documentación? —susurró—. ¿Quién tenía acceso?
Silencio. El asistente miró sus propios zapatos.
El escritorio tembló bajo el golpe de su puño.
—¡Necesito nombres! —bramó—. ¡Quiero saber quién fue! ¡Quiero a la persona que ha incendiado este lugar!
Nadie respondió. Nadie tenía nombres. El fantasma no dejaba huellas.
En los pasillos, los estudiantes más jóvenes se mantenían a distancia. Escuchaban. Iban conociendo todo lo que ocurría a través de las paredes.
—Han llamado a todo el equipo de fútbol. A todos los titulares.
—¿A todos?
—También a las porristas. Encontraron el grupo de mensajes. Vendían las respuestas a cambio de criptomonedas.
Una risa. Corta. Nerviosa. Era el sonido de quienes llevaban años viendo desde las sombras cómo los poderosos se salían con la suya. Un equilibrio que por fin se estaba restaurando.
—Se acabó —susurró alguien.
Nadie lo negó. La ilusión se había hecho pedazos. Y eran demasiado pequeños para volver a unirlos.
El comedor se sentía más vacío. Las sillas libres permanecían allí, como monumentos a quienes ya no estaban. Bandejas de comida quedaron intactas sobre las mesas de acero inoxidable. El lugar había perdido el apetito.
—No fueron a los entrenamientos.
—Siguen arriba. Entrevistas individuales. Sin padres. Sin abogados. Aislados.
Rose estaba en su mesa de siempre. Comía despacio. Con método. Movía el tenedor con precisión quirúrgica. Masticaba cada bocado.
—¿Has visto la lista? —le preguntó Margarita, inclinándose sobre la mesa. Su voz era apenas un susurro.
—No —dijo Rose.
—Es la mitad del penúltimo curso. Todos los que entraron por influencia familiar. Es una masacre, Rose.
Rose no respondió. Ella ya sabía los números. Sabía exactamente de qué hilos había tirado.
Llegó Claudia. No bajó la mirada al pasar junto a las mesas de los mayores. No encogió los hombros. Caminaba como quien por fin pisa tierra firme.
—Han llamado a más personas —dijo Claudia, sentándose—. Al hermano de Támara acaban de llamarlo de la biblioteca.
Puso un caramelo envuelto en papel dorado sobre la mesa.
—Tómalo —le dijo a Rose.
Rose miró el caramelo. Luego a Claudia. El rostro de la chica se veía distinto, transformado.
—¿Por qué? —preguntó Rose.
—Porque sí.
Una pausa. Los ojos de Claudia estaban claros, serenos.
—Hoy el aire huele diferente. Ya no sabe a ceniza.
Rose tomó el caramelo y lo guardó en el bolsillo. Claudia sonrió. Una sonrisa genuina.
—Por fin —susurró.
El murmullo volvió poco a poco. Más bajo. Más tranquilo.
Rose terminó de comer. Bebió un sorbo de agua. Miró a su alrededor. Mesas incompletas. Grupos rotos.
El asiento principal del comedor… vacío.
Támara no estaba. Tampoco su círculo más cercano. Su poder se había desvanecido.
Rose se levantó. Se movía con naturalidad.
—Nos vemos —dijo.
—Sí. Mañana —respondió Margarita.
La biblioteca estaba en silencio. Rose llegó a su rincón. Abrió su cuaderno. Empezó a escribir.
Se acercaron pasos. Dos profesores hablaban en voz baja tras la estantería de referencia.
—Lo están revisando todo, Charles. No solo este semestre.
—¿Incluso los registros antiguos?
—Todo. Buscan quién filtró la información… y a los profesores que miraban para otro lado.
—Ya era hora. Este lugar se estaba pudriendo desde arriba.
El silencio volvió. Rose no levantó la vista. Su bolígrafo avanzaba con calma. Estaba dejando constancia del derrumbe.
De vuelta en el ala administrativa, llegó la última decisión.
—A partir de ahora, los exámenes no pasan por esta oficina.
—¿Y los finales?
—El Ministerio los envía por mensajería una hora antes de empezar.
—Los califican ellos. Nadie de aquí puede modificar las notas.
—Ellos deciden quién aprueba. Se acabó la época de las "curvas internas".
—¡Esto arruinará nuestra reputación!
—Es una orden oficial. Háblelo con el fiscal federal el lunes si quiere.
Silencio. Pesado. Frío. Definitivo.
—¿Y las calificaciones anteriores?
—Están en revisión. Se comparan cada calificación inusual con los resultados de los nuevos exámenes.
La puerta se cerró. El cerrojo hizo clic.
En los pasillos, la inquietud se convirtió en pánico.
—Para el lunes por la mañana van a expulsar a veinte personas.
—Podrían anular las matrículas de honor. Todo por lo que hemos trabajado.
—Mis padres llamaron al consejo diez veces.
—¿Y qué?
—No contestan. Están disolviendo el consejo directivo.
Una risa. Corta. Amarga. Para algunos, el mundo se les venía encima.
Rose cruzó el patio mientras el sol se ponía. No se detuvo ante las estudiantes que lloraban. No escuchaba las llamadas desesperadas a abogados. Nadie la llamaba a ella. Era como un fantasma atravesando una casa atormentada por sus propias mentiras.
Al final del día, las luces del despacho del Director seguían encendidas. Una solitaria señal de fracaso. Nadie se fue antes de hora.
Llegó el fin de semana sin ruido. Sin fiestas. Sin música.
Puertas cerradas. Conversaciones en voz baja. Sombras tras las cortinas.
—¿Han llamado a tu casa?
—No.
—Todavía no. Estoy esperando.
Esperaban. Se quedaban en sus habitaciones mirando el reloj. Comprendieron que el dinero no podía comprar silencio cuando quien golpea a la puerta no se deja sobornar.
Rose no esperaba nada. Pasó su domingo por la tarde tal como lo había planeado. Sentada junto a la ventana, viendo cómo las sombras se alargaban sobre el césped.
Domingo por la noche. El campus estaba en calma. El aire parecía haberse detenido.
No estalló nada.
Simplemente… la verdad salió a la luz.