Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El Veneno de la Duda
Me quedé de pie en la popa, con los nudillos blancos de tanto apretar la barandilla de caoba. El rugido de los motores militares se convertía en un eco lejano, pero el silencio que dejaron atrás era mucho más peligroso.
—Se han ido —dijo Dante, dejando escapar un suspiro que pretendía ser de alivio, pero que sonó a pura confusión—. Simplemente... se dieron la vuelta.
—No "simplemente", Dante —le espeté, girándome con una mirada que hizo que mi hermano retrocediera un paso. La calidez del desayuno se había evaporado, dejando en su lugar al heredero de la mafia—. Nadie mueve una unidad de élite para luego pedir disculpas y marcharse. No en el mundo real.
Mi madre se acercó, guardando su arma con movimientos lentos. Su mirada era una mezcla de sospecha y preocupación.
—Brayan tiene razón. Esa retirada no fue por miedo. Fue una orden.
—Fue él —solté, y el nombre de Keile supo a ceniza en mi boca—. Ese maldito militar nos está jugando una partida de ajedrez que no acepté jugar.
Empecé a caminar de un lado a otro por la cubierta, reconstruyendo cada segundo de la mañana. Ahora todo parecía una puesta en escena magistral. Su mirada nostálgica, su aparente vulnerabilidad, sus palabras sobre "valorar la paz"... todo era el cebo.
—¿No lo ven? —les dije, señalando el horizonte por donde desaparecieron las lanchas—. Se gana nuestra confianza, entra en nuestra casa, nos hace creer que es nuestro guardián... y luego nos rodea para demostrarnos que nuestra vida depende de un hilo que él sostiene.
Sentí una furia sorda quemándome el pecho. Diecinueve años de rivalidad eran preferibles a esto. Con el Keile que competía conmigo sabía a qué atenerme, pero este nuevo Keile, el que jugaba a ser un santo, era un monstruo mucho más retorcido.
—La retirada no fue un regalo —continué, con la voz vibrando de odio—. Fue una advertencia. Nos está diciendo que puede destruirnos cuando quiera, pero que ha decidido "perdonarnos" la vida para que le debamos lealtad. Quiere que nos arrodillemos ante su piedad.
Miré mis manos, las mismas que hace unas horas casi aceptan la tregua de aquel Alfa. Me sentí estúpido. Me sentí vulnerable. Y en nuestra familia, la vulnerabilidad se paga con sangre.
—Si cree que voy a caer en su juego psicológico, es que no me conoce después de casi dos décadas —gruñí, mirando hacia la dirección de la base militar—. ¿Quieres jugar a las advertencias, Keile? Bien.
Mi padre me observaba en silencio, evaluando mi reacción. Él sabía que un Enigma enfurecido es más peligroso que diez ejércitos.
—Mañana volveré a la ciudad —sentencié—. Y voy a encontrar la grieta en su armadura. Si él cree que esta "retirada" lo convierte en nuestro dueño, le voy a demostrar que a un Enigma no se le perdona la vida... a un Enigma se le teme.
En mi mente, la imagen de Keile ya no era la del hombre que disfrutaba del sol en el apartamento. Era la de un traidor que usaba nuestros recuerdos compartidos para ponernos una soga al cuello. Si quería guerra, la tendría. Pero esta vez, yo no derramaría jugo de uva; derramaría su secreto.