Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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20 RESCATE Y UNIÓN FAMILIAR
La casa respira tranquilidad ahora – las cortinas de algodón blanco ondean suavemente con la brisa que entra por las ventanas abiertas, los juguetes de los trillizos están dispersos por el salón como siempre: bloques de madera en el suelo, muñecas vestidas con trajes que Valentína misma ha cosido, y un par de pelotas de béisbol que Mateo insiste en dejar cerca del sofá «por si hace falta jugar rápido». El aroma de los panes caseros de mi abuelo llena todos los ambientes – hoy ha hecho sus famosos panes de maíz con queso, el mismo que me preparaba cuando era niña y me sentía triste.
Esta mañana, Valentína me ayuda a preparar el desayuno en la cocina luminosa, sus pequeñas manos manejando la cuchara de madera con más destreza cada día, mezclando la harina con la leche templada para hacer panqueques. «Tía Ofelia – dice mientras bate la mezcla con cuidado – ya tengo listos los diseños para la fundación. He pensado en vestidos con volantes que parezcan pétalos de rosa, y unos pantalones anchos para que las mujeres puedan moverse con libertad.» Me giro hacia ella y sonrío, acariciándole el cabello castaño que le cae sobre la frente. A sus seis años, ya tiene el ojo para la moda que heredó de su madre, y la fortaleza que yo siempre he querido enseñarle.
En el jardín, los sonidos de martillos y risas llegan hasta nosotros. Mateo y Santiago están construyendo un pequeño refugio de madera con la ayuda de Bruno, quienes han aprovechado las tablas sobrantes de la última reforma de la casa. «No, así no, hermanito – dice Mateo con la seriedad de un arquitecto experimentado – las vigas tienen que ir cruzadas para que no se caiga cuando llueva.» Santiago, el más pequeño pero el más ingenioso, ha encontrado unas piedras redondas para hacer los cimientos, siguiendo al pie de la letra las instrucciones que mi abuelo les da desde su sillón de mimbre junto a la ventana. Don Manuel se sienta allí todas las mañanas, envuelto en su cobija de lana, sonriendo y recordándoles trucos de cuando él era carpintero en su pueblo natal: «Midan dos veces y corten una sola, muchachos. Ese consejo me ha salvado de más de un problema en la vida.»
«Buenos días, mi guerrera», dice Bruno acercándose a mí por detrás, envolviéndome en sus brazos fuertes y besándome la frente con ternura. Su aroma a madera y jabón de almendras me calma hasta el alma. «¿Ya te diste cuenta de que los pequeños han puesto tu bate de béisbol en un rincón del salón como si fuera un trofeo?» Sonrío al pensar en ello – ese bate de roble oscuro, con mis iniciales grabadas en el mango, fue mi arma de defensa, mi símbolo de que nunca más permitiré que nadie toque a los míos. Lo había guardado en el trastero después de todo lo que pasó, pero los niños lo encontraron y lo colocaron junto a los premios que nuestra marca ha recibido en los últimos meses.
Semanas atrás.
Fue hace exactamente una semana cuando el teléfono de la cocina sonó con una insistencia que me hizo temblar en lo más profundo. Era la directora del colegio de los trillizos, con la voz temblorosa: «Ofelia, discúlpeme la hora, pero los niños han sido recogidos por una mujer que dijo ser su parienta por parte de padre. Mostró unos documentos que parecían reales y se los llevó sin que pudiéramos hacer nada.» Enseguida, justo cuando colgaba el auricular, llegó un mensaje de texto a mi celular – el número era desconocido, pero las palabras eran demasiado familiares: «Si quieres volver a ver a los pequeños, ven sola al viejo almacén del muelle sur. No llames a la policía ni le cuentes a nadie, si no… ya sabes qué pasará.» Era Sasha.
No tuve miedo – solo sentí una furia ardiente que me llenó de fuerza desde los pies hasta la cabeza. Había pasado meses desde que la habíamos echado de nuestra vida, desde que descubrimos que ella había estado robando dinero de la marca para financiar sus deudas con pandillas. Pensábamos que se había ido del país, pero estaba de vuelta, y esta vez había atacado donde más me duele: a mis niños.
Cogí mi bate de béisbol del trastero, lo pasé por la mano una vez como si estuviera preparándome para un partido importante, y dejé un mensaje grabado para Bruno y mi abuelo en el contestador automático: «Se han llevado a los trillizos. Voy al muelle sur, no vengan por mí – cuídense.» Sabía que no les gustaría que fuera sola, pero también sabía que no podía ponerlos en peligro. Agarré mi celular, lo puse en modo silencioso para poder llamar a la policía en caso de necesidad, y me dirigí al lugar en mi coche, con la velocidad justa para no llamar la atención pero lo suficiente para llegar pronto.
El muelle sur era un lugar abandonado desde hacía años – almacenes vacíos, barcos destartalados y maleza que crecía hasta los muros. El almacén número siete, como decía el mensaje, tenía la puerta entreabierta, y desde adentro se escuchaban unos murmullos bajos. Al entrar, la oscuridad me envolvió primero, pero luego mis ojos se acostumbraron y la vi: Sasha estaba de pie en el centro del lugar, con una pistola negra en la mano, y a sus lados había dos hombres corpulentos con rostros durísimos. Los trillizos estaban amarrados en una esquina, sus manos atadas con cinta adhesiva y sus bocas tapadas, pero sus ojos brillaban con miedo y esperanza cuando me vieron llegar.
«Creí que no vendrías, cobarde», dijo ella con una risa sarcástica, moviendo la pistola de un lado a otro como si fuera un juguete. «Después de cómo te escondiste la última vez, pensé que te llevarías tiempo en decidirte.» Pero no sabía quién tenía enfrente – no era la misma mujer que se había dejado intimidar antes. Ahora era la protectora de su familia, y nada ni nadie iba a detenerla.
En un movimiento rápido y calculado, lancé el cargador extra de mi celular que llevaba en el bolsillo contra la luz fluorescente del techo. El cristal se rompió en mil pedazos, dejando el lugar en penumbra profunda. En segundos, mientras los hombres se desconcertaban, di un golpe certero con el bate en la mano derecha de uno de ellos – el que sostenía un cuchillo grande – haciendo que soltara el arma y gritara de dolor. Luego le di otro golpe en la rodilla, con tanta fuerza que el madera del bate resonó como un tambor, y el hombre se desplomó al suelo sin poder moverse.
El segundo hombre intentó atacarme desde atrás, pero yo me giré con agilidad y le di un golpe en el pecho, justo donde el corazón está protegido por las costillas – lo suficiente para dejarlo sin aliento y hacer que se tambaleara. Mientras tanto, Valentína había logrado desatarse sola y se había lanzado sobre la mano de Sasha para intentarle quitar la pistola, lo que la distrajo un instante. Ese fue todo el tiempo que necesité.
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