esta hermosa novela se trata de una mujer que dejó de vivir sus sueños juventud por dedicarse a sacar adelante a sus hermanos también nos muestra que que no importa la edad para conseguir el amor.
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capítulo 20
No sabía cuántas veces había leído el último mensaje, pero mientras lo hacía se preguntaba en qué momento su vida había cambiado tanto. Aun así, se sentía inmensamente feliz; solo la idea de saber que iba a ser madre hacía que todo lo malo se volviera maravilloso.
El último mensaje que el hombre había recibido lo hizo reír a carcajadas. Incluso su padre quedó sorprendido; desde que su primer amor había muerto, no le había vuelto a ver esa sonrisa.
—Miro que te acaban de contar un chiste… ¿por qué no nos lo cuentas para reírnos también?
—No ha sido un chiste, padre. Más bien me acaban de insultar. Te acabo de decir que Victoria no quiere saber nada de mí y, aun así, tú insistes en que quieres conocerla.
El señor, a pesar de saber que lo que su hijo había hecho había sido una locura, en el fondo de su corazón se sentía feliz de que la mujer que llevaba a su nieto no fuera Melissa. Esa mujer no era alguien que pudiera considerarse una buena madre.
—Ya te dije que quiero conocerla y cuidarla muy bien. Quiero que eso te lo tomes muy en serio.
Lo primero que pensó Enrique fue que su padre estaba tan preocupado porque se trataba de la ex de su tío. Seguramente, cuando el hombre se diera cuenta de quiénes eran realmente los hijos de Victoria, reaccionaría muy bien. Esa fue la razón por la cual él había decidido poner a alguien que cuidara de ella.
Al ver cómo la mujer había reaccionado, decidió mandarle un tercer mensaje:
¿Sabes en qué estoy pensando en este preciso momento? En el lugar exacto donde hicimos a nuestros hijos. Me pregunto si fue en el río, en tu finca o en la mía. ¿Te acuerdas de las tantas veces que te hice el amor, cuando gritabas mi nombre y me pedías que te diera más duro? Incluso recuerdo cuánto te gustaba verme desnudo… y que me masturbara frente a ti.
Mientras ella leía cada línea, sentía que su cuerpo hervía. El hombre la había llevado exactamente a todos los lugares donde le había hecho el amor, donde se había sentido tan plena, tan mujer. Sin darse cuenta, Victoria bajó lentamente la mano hacia sus partes íntimas y comenzó a acariciarse, pero al darse cuenta de lo que estaba haciendo reaccionó de inmediato y le envió un mensaje:
¿Acaso eres imbécil, Enrique? Tú lo que eres es un mocoso malcriado. No entiendo por qué me fijé en ti. Eso que dicen de que la diferencia de edad afecta es verdad, y yo que pensaba que eras tan maduro.
Detrás de esa mirada seria, severa, y de ese hombre que todo lo puede, solo hay un mocoso que intenta parecer mayor para impresionar a las mujeres. Él respondió con un emoji sonriendo, y luego escribió:
Pero por lo menos a ti logré impresionarte. Espero que eso siga así… que cada día sigas más impresionada por mí.
—¿Por qué ahora quieres hablar conmigo cuando antes me evitabas? ¿Por qué intentas ser amable? ¿Acaso quieres volverme loca?
Mientras Enrique sonreía, su padre solo disfrutaba del momento. Le encantaba verlo feliz, de verdad.
—Creo que es mejor que la dejes tranquila —dijo Andrés—. ¿O acaso se te olvida lo que dijo el médico? Que había que cuidar su presión, que no se debían alterar sus emociones. Y creo que lo que estás haciendo ahora es todo lo contrario.
El hombre miró a su amigo como pidiéndole que se callara, pero el padre de Enrique reaccionó de inmediato.
—¿Cómo así que su presión está alta?
—Así es. Incluso fue llevada por urgencias. Cuando se dio cuenta de que Enrique era un hombre casado, se desmayó. El médico dijo que tenía la presión demasiado alta.
En ese momento, Enrique solo quería ahorcar a su amigo; siempre hablaba de más.
—¿En serio pasó eso? ¿Y ya le tienes un médico en casa que monitoree su presión, que esté pendiente de ella? —preguntó su padre.
Enrique no lo había pensado… pero ahora que su padre lo mencionaba, entendió que era necesario alguien que no solo cuidara la presión de Victoria, sino también su alimentación.
Cuando sonó el timbre, el primero en despertarse fue José. Miró la hora: eran las seis de la mañana. Se preguntó quién podía estar tocando a esa hora. Se levantó molesto; él siempre dormía hasta las siete en punto, y le habían quitado una hora de sueño… algo sagrado para él.
Al abrir la puerta se encontró con un hombre de unos cincuenta años, con un maletín en la mano.
—Soy el médico enviado por el señor Enrique de la Torre para monitorear la presión de la señorita Hernández.
—Es mejor que se vaya. El señor de la Torre se está volviendo loco —dijo José.
—Joven, realmente necesito el trabajo. Llevo mucho tiempo trabajando para esa familia, y si la señorita Hernández no me recibe, seré despedido. El señor de la Torre no acepta un no por respuesta.
Al ver la angustia en el rostro del hombre, José le permitió pasar.
—Mucho gusto, Daniel Mendoza. Tome asiento. Creo que su jefe es demasiado exagerado. ¿No cree que es muy temprano para llegar a una casa decente? Su jefe acaba de hacerme perder una hora de sueño.
—¿Desea café, té o chocolate?
—Una taza de té está bien, muchísimas gracias.
—¿Podría regalarme el número de su jefe? Es algo muy importante que necesito hablar con él. No se preocupe, no será despedido.
El hombre dudó, pero finalmente le dio el número. El señor de la Torre no le daba su teléfono a cualquiera; él lo tenía porque lo asistía desde hacía años… incluso le ayudaba con su insomnio.
Victoria había sido despertada por Vivian. Ya estaba acostumbrada; siempre la llamaban temprano para que desayunara.
—Vicky, te voy a decir algo, pero no quiero que te enojes…
—Está bien.
—Hay un hombre en la sala. Lo mandó el señor de la Torre para monitorear tu presión. José dijo que por favor te la dejes tomar, eso lo tendrá más tranquilo.
Victoria no podía creerlo. Ahora resultaba que el imbécil de Enrique no solo quería manejar su vida, sino hacer lo que se le diera la gana. Salió furiosa de la habitación, pero al ver al hombre su ira se disipó un poco; era mayor y la saludó con respeto.
—Señorita Hernández, es un placer conocerla. El señor de la Torre me envió para monitorear su presión. También soy nutricionista y le indicaré exactamente lo que debe comer en su estado.
¿Ahora también iba a decidir qué comer y qué no? Intentó calmarse y, con una sonrisa fingida, respondió:
—No se preocupe, señor Mendoza. Tengo estómago de gamín.
El hombre levantó una ceja y dijo con educación:
—En su estado, es mejor no comer cualquier cosa. Es por la salud de su hijo.
Después de tomarle la presión, le entregó una lista con su dieta diaria, la cena, los litros de agua y la cantidad de frutas. Mientras leía, Victoria pensó en el poder de Enrique: solo chasqueaba los dedos y todos obedecían. Lo que es tener dinero, pensó.
Y más aún ser un joven irrespetuoso que cree que puede hacer lo que se le dé la gana con los demás. Estaba cansada de ese juego del señor todopoderoso.
—Déjame en paz, Enrique. Si me siento mal, iré al médico. No necesito que nadie venga a controlar mi vida.
Enrique salía del baño cuando vio a Melissa con su teléfono en la mano. Se lo quitó de inmediato.
—¿Me puedes explicar quién es esta persona que te escribió? ¿Por qué tomas mi teléfono? Yo nunca reviso tus cosas. Esa regla la pusiste tú, ¿lo olvidas?
Melissa se calmó al leer el mensaje; no decía nada comprometedor. Pensó que Enrique intentaba ayudar a su abuela, que estaba enferma.
—Lo siento. Pensé que era otra persona… no sabía que estabas intentando acercarte a tu abuela. ¿Cómo está ella?
Enrique quedó sorprendido. Eso no era lo que iba a decirle… pero al ver la preocupación en su rostro, entendió que no era el momento.