Una historia de amor, odio y venganza
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Un año después
Cap 19
El pueblo se llamaba San Martín de los Llanos, aunque de llanos tenía poco: estaba encajonado entre montañas verdes y un río que bajaba cantando desde la sierra. Valentia había llegado allí once meses atrás, después de aquel taxi hacia el aeropuerto que nunca tomó. En lugar de volar a ningún sitio, le pidió al conductor que la dejara en la estación de autobuses de la castellana y compró un billete a cualquier destino. "El primero que salga", dijo. Fue a Ávila. De Ávila, un autobús la llevó a un pueblo más pequeño. Y de ese pueblo, una vecina con furgoneta la acercó a San Martín. Allí se quedó.
El pueblo tenía doscientas almas, un bar con wifi, una farmacia que cerraba los miércoles y un silencio que al principio la asustó y luego la curó. Valentina alquiló una casita de piedra junto al río, con un huerto minúsculo y una chimenea que aprendió a encender sin quemarse las cejas. Consiguió trabajo en la biblioteca municipal —si es que se podía llamar biblioteca a una habitación con tres estanterías y un ordenador que funcionaba cuando quería— y por las tardes daba clases particulares de lengua a los niños del pueblo. Nadie preguntó de dónde venía. Nadie reconoció su nombre. Para ellos, era Valeria, la chica del pueblo llano, que sonreía poco pero ayudaba mucho.
Los primeros meses fueron duros. No por la soledad —Valentina llevaba diez años entrenándose para la soledad— sino por el vacío. Dante Montenegro se había instalado en sus pensamientos como una casa okupa, ocupando habitaciones que ella quería mantener cerradas. ¿Seguiría vivo? ¿Saldría de la cárcel? ¿Habría ardido con el ático? No sabía nada de él desde aquella columna de humo en el horizonte. Había borrado su número, bloqueado sus redes sociales, quemado todas las fotos. Pero las fotos de la cabeza no se queman con un mechero.
Gabriel, su padre, se había quedado en Madrid. Necesitaba recuperarse cerca de los hospitales, dijo. Pero Valentina sabía que era otra cosa: Gabriel quería estar cerca de Lucas, el único Montenegro que aún le parecía inocente. Los dos se veían a menudo, iban al cine, paseaban por el Retiro. Gabriel le enviaba mensajes a Valentia cada domingo, siempre con la misma despedida: "Vuelve cuando quieras. Aquí te queremos." Pero ella no volvía. No aún.
A los ocho meses de su llegada a San Martín, algo ocurrió. Valentia estaba en la biblioteca, ordenando los libros infantiles, cuando un paquete llegó en la furgoneta de correos. Era una caja de madera pequeña, sin remitente, con una cinta de terciopelo azul. Dentro, envuelta en un paño de seda, había una llave de plata reconstruida en oro. No era la de su madre ni la suya. Era una nueva, más pequeña, con una inscripción en el reverso que decía: "Las cenizas no son el final. Son el principio de otra cosa."
Valentina pasó la tarde entera mirando la llave. La giró entre sus dedos, la acercó a la luz, la olió. No había nota, no había remite, no había nada que indicara quién la había enviado. Pero lo sabía. Lo supo desde el primer instante en que la vio.
Dante estaba vivo.
Y la estaba buscando.
El décimo mes, el décimo primer mes. Las estaciones cambiaron en San Martín. El otoño pintó las montañas de ocre y rojo. El invierno trajo nieve y noches de brasas en la chimenea. Valentina aprendió a hacer pan, a tejer un jersey que nunca terminó, a reconocer el canto de cada pájaro. La llave de oro colgaba ahora de su cuello, junto a la de plata. Las dos chocaban suavemente cuando caminaba, como dos amigas que conversaban en secreto.
Una noche de febrero, el teléfono de la biblioteca sonó. Valentina descolgó sin mirar quién llamaba —cosa de costumbre, los pueblos pequeños tienen esas confianzas— y una voz conocida dijo al otro lado:
—Hola, Valeria. Soy Marta Fuentes. La periodista. ¿Puedes hablar?
Valentina se quedó helada. Marta Fuentes era la periodista de El País a la que Lucas había entregado el expediente. Había publicado la historia completa —con nombres, fechas, pruebas— y había ganado un premio internacional por ello. Pero Valentina no había vuelto a hablar con ella desde entonces.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó, con la voz cautelosa.
—Lucas me dio tu número. Y tu dirección. No te preocupes, no voy a escribir nada sobre ti. Llamo por otra cosa.
—¿El qué?
—Dante Montenegro salió de la cárcel ayer.
El corazón de Valentina dio un vuelco.
—¿La cárcel? ¿Por qué estaba en la cárcel?
—No lo sabes, ¿verdad? —Marta suspiró—. Después del incendio del ático, Dante se entregó a la policía. Confesó su participación en el encubrimiento de la red de tráfico de niños. Pasó diez meses en Soto del Real, en el módulo de colaboradores. Su padre sigue allí, pero a Dante lo han dejado salir por buena conducta y por haber entregado pruebas clave contra varios políticos.
Valentina se sentó en la silla de la biblioteca, con el teléfono pegado a la oreja.
—¿Por qué hizo eso? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Por ti —dijo Marta—. O al menos eso dice. Quería purgar su culpa. Quería ser digno de volver a verte. No sé si es verdad o es otra manipulación. Pero lo he entrevistado tres veces, y te juro que nunca he visto a un hombre tan roto.
Colgaron. Valentina pasó la noche en vela, con las dos llaves en la mano, mirando el techo de piedra de su casita. A la mañana siguiente, tomó una decisión.
No volvería a Madrid. No todavía. Pero enviaría una señal.
Fue a la plaza del pueblo, compró un sobre en la papelería y escribió una sola palabra en una hoja de papel: "Perdón." No. La arrugó y empezó de nuevo. "Pueblo." Tampoco. A la tercera, escribió simplemente: "San Martín de los Llanos. Ávila." Metió la llave de oro en el sobre —la que él le había enviado— y la cerró. Al día siguiente, la echó al buzón con la dirección de la última casa que había compartido con Dante: el ático que ya no existía. Pero el cartero sabría reenviarla. Los carteros siempre saben.
Tres días después, un coche alquilado aparcó en la entrada de San Martín. Era un Seat Ibiza blanco, sucio de barro, con un conductor que tardó cinco minutos en salir. Cuando lo hizo, Valentina lo vio desde la ventana de la biblioteca.
Dante Montenegro había cambiado. El traje a medida había dado paso a unos vaqueros raídos y una chaqueta de cuadros. El pelo, antes siempre perfectamente peinado, ahora le caía sobre los ojos. Y los ojos... los ojos verdes seguían siendo los mismos, pero ya no tenían esa frialdad calculadora. Había en ellos algo nuevo: vulnerabilidad.
Caminó despacio por la calle empedrada, mirando los tejados de pizarra y los geranios en las ventanas. La gente del pueblo lo observaba con curiosidad, pero nadie dijo nada. Los forasteros eran raros en San Martín, pero no prohibidos.
Llegó a la biblioteca. Empujó la puerta de madera con la punta de los dedos. Valentia estaba detrás del mostrador, con un libro abierto que no estaba leyendo.
—Hola —dijo Dante.
—Hola —respondió ella.
El silencio se alargó. Fuera, el río cantaba.
—Me diste la dirección —dijo él—. En el sobre, con la llave.
—Sí.
—¿Por qué?
Valentina cerró el libro. Se levantó y caminó hacia él. Se detuvo a un paso de distancia, justo donde podía verle las arrugas nuevas alrededor de los ojos y la cicatriz de la bala que aún le marcaba el hombro derecho.
—Porque un año es mucho tiempo —dijo—. El odio se me quedó pequeño. Y el amor... el amor nunca fue el problema. El problema fuimos nosotros. Nuestras mentiras, nuestras estrategias, nuestras familias rotas.
—Lo sé —Dante metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, como si no supiera qué hacer con ellas—. He pasado diez meses en la cárcel pensando en eso. En cómo podría haber sido diferente si no te hubiera mentido al principio. Si te hubiera dicho "soy Dante, me han enviado a investigarte, pero en cuanto te vi, se me olvidó todo".
—Pero no lo hiciste.
—No. Y no puedo volver atrás. Pero puedo pedirte que me des una oportunidad para empezar de cero. Sin Montenegro, sin venganza, sin mentiras. Solo tú y yo y este pueblo que huele a hierba mojada.
Valentina sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Dante la vio.
—No sé si podré confiar en ti nunca del todo —dijo ella—.
—No te pido que confíes. Te pido que me dejes quedarme. Y que me enseñes a hacer pan.
—¿A hacer pan?
—El de la cárcel es horrible. Juré que si salía, aprendería a hacer pan de verdad.
Valentina soltó una risa. Era una risa limpia, sin rencor, como el agua del río.
—De acuerdo —dijo—. Pero una condición.
—La que sea.
—Cuando aprendas a hacer pan, te vas. No te quedas por mí. Te quedas porque quieras quedarte. Y yo decido si quiero que te quedes.
Dante asintió.
—Hecho.
Se dieron la mano. Fue un gesto formal, casi ridículo, pero ninguno de los dos se rió. Luego Valentina volvió al mostrador, cogió un libro de recetas de la estantería y se lo tendió.
—Empieza por el pan de masa madre. Es el más difícil. Si te sale, hablamos.
Dante cogió el libro como si fuera un tesoro.
—Valentina...
—Dime.
—Gracias. Por dejarme intentarlo.
Ella no respondió. Pero esa noche, cuando cerró la biblioteca y subió a su casita, dejó la puerta entreabierta. Por si acaso.