Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 19
Grace
—El bebé... —fue lo primero que pregunté, apenas sentí que mi cabeza dejaba de dar vueltas y mi vista se aclaraba un poco.
—Está bien, pero también es importante la mamá —respondió una voz firme, tranquila. Reconocí el rostro en cuanto enfoqué mejor: era el mentor de Noah.
¿Dónde estaba?
—Estás en el hospital, tuviste un accidente —explicó con calma.
Me giré buscando a Noah. Estaba allí, a un lado, pero se veía distinto. Tenía el rostro cansado, la voz ronca, las ojeras marcadas, como si llevara días sin dormir.
Levanté mi mano temblorosa para acariciar su rostro, y en cuanto mis dedos rozaron su piel, las lágrimas comenzaron a desbordársele sin control. Se arrodilló junto a mí, aferrándose a mi mano como si le fuera la vida en ello.
Al girar la cabeza, alcancé a ver a mi madre. ¿Mi mamá? Estaba ahí, de pie, con lágrimas contenidas y una sonrisa suave, como si me diera permiso de enfocarme primero en él.
—¿Por qué lloras? —pregunté con la voz débil, apenas un susurro.
Noah apretó los labios y bajó la cabeza, sus hombros temblaban.
—No puedo perderte, Grace... no puedo vivir sin ti. Siento tanto haberte hecho daño, siento tanto haber sido un cobarde. No sabes cuánto me duele todo lo que pasaste por mi culpa... —sus palabras se quebraban, y ni siquiera se atrevía a mirarme, solo se aferraba más fuerte a mi mano.
Quise odiarlo, quise gritarle que se fuera. Pero no pude. Porque yo siempre había querido esto: su atención, su amor, tenerlo así de cerca, como si yo fuera su todo.
—¿Tuve que pasar por todo esto para que lo supieras? —logré decir, aunque sentía que mi alma se partía en mil pedazos. Era injusto, lo era en todos los sentidos, pero necesitaba decirlo.
Él levantó el rostro, sus ojos enrojecidos y brillantes.
—Lo siento... lo siento tanto. Haré todo para remediar lo que hice. No me dejes, por favor, Grace. Daré mi vida por ti, por nuestro hijo.
"¿Nuestro hijo?"
Llevé mi mano libre a mi vientre. Estaba embarazada. Y mi bebé... mi bebé estaba a salvo.
—¿Me quieres por el bebé? ¿O por mí? —pregunté con miedo, con esa duda clavada como un puñal.
Noah me sostuvo la mirada, con una certeza que me desarmó por completo.
—No sería capaz de amar un bebé que no viniera de ti —confesó, antes de tomar mi mano con ambas y besarla con ternura.
Su mirada se hundió en la mía, directa, intensa, como si quisiera grabar ese momento para siempre.
Verlo de esa manera era una faceta que nunca había creído posible.
—Está bien, solo... no sé —confesé con una sonrisa triste, apenas sostenida.
—Primero debes recuperarte, enfócate en eso —me acarició el cabello con ternura. Me estaba mirando como siempre me había mirado, pero... ¿Qué había ahora de diferente?
—¿Mis padres están aquí? —pregunté, con un hilo de voz.
—Grace, llevas una semana en este estado. Tuvimos que llamar a tus acudientes. Emma estuvo aquí con su novio, pero tuvo que irse por asuntos personales del trabajo.
—¿Y Carlos? Estaba conmigo en el auto...
—Lo sé. Ya está en tratamiento. El accidente no los impactó de lleno; había dos autos frente a ustedes que amortiguaron parte del choque. Eso ayudó a que no fuera tan grave —respondió, mientras acomodaba con cuidado, la cobija sobre mí.
Se comportaba de una manera extraña. No era que fuera malo, solo que me hacía sentir... especial. Demasiado.
—No hagas esto —susurré, sintiendo cómo las lágrimas pugnaban por salir.
Él me miró, confundido y preocupado.
—¿Cómo?
—Así... tan dulce. Porque luego cambias tu actitud, luego me tratas como si fuera una amiga más. Y yo nunca quise ser tu amiga, Noah. Siempre quise ser tu mujer.
Su expresión se transformó en pura tristeza. Me acarició la cabeza con una delicadeza que me desarmaba, con un amor que me aterraba por lo que podía significar.
—Yo quiero todo contigo, Grace. Por fin acepté eso. No volveré a cambiar mi actitud. Quiero permanecer a tu lado, si tú me lo permites.
—No puedo creer en tus palabras, no soy capaz —le respondí, mientras unas lágrimas se escapaban sin que pudiera detenerlas.
Él me besó la frente, y su sonrisa tembló al mirarme.
—No voy a cambiar, amor. No lo haré. Quiero mi vida contigo. Odio que te haya pasado todo esto por mi culpa, odio que hayas tenido que sufrir tanto para que yo entendiera mis sentimientos. Y, sobre todo, me duele que hayas cargado con el miedo de que no amaría a nuestro bebé. Porque daría la vida por ustedes dos.
Sus palabras me consolaban de una forma extraña. Incluso con miedo, quería confiar en él. Porque no podía rendirme en creer en el amor, no podía dejar de pensar que este hombre era lo que siempre soñé... aunque me hubiera fallado tantas veces.
El cansancio empezó a pesarme. Mis ojos se cerraban poco a poco.
—No quiero despertarme y que dejes de ser el hombre cariñoso que eres ahora. No quiero abrir los ojos y darme cuenta de que volviste a cambiar...
—Sé que tienes mucho dolor por mi culpa, Grace. Pero yo iré poco a poco ayudando a sanar ese dolor. Prometo curar cada una de tus heridas.
—Pero no las abras para luego curarlas —le respondí entre sollozos—. No puedo volver a soportar más dolor. No soy capaz de aguantar que un día me digas que soy tu vida entera... y al siguiente, solo porque estás cansado o estresado, me quieras alejar y me trates como si no fuera nada.
Noah apretó los labios, se mordió el inferior, y acercó su frente a la mía, tan cerca que sentí cómo temblaba. Sus ojos cerrados al principio, como asimilando todo lo que acaba de decir, luego los abrió y me miro fijamente, con esa mirada de siempre.
—Eres mi vida, Grace. Simplemente, no lo supe ver a tiempo... que eras eso, y mucho más.
—No quiero que me hagas daño —alcancé a susurrar. Esta vez, sentía que era diferente, tenía miedo de equivocarme y de simplemente quedarme con el amor en las manos.
Él me besó en la frente, con un cuidado reverencial, mientras mis párpados caían rendidos por el sueño.
—Duerme, mi vida. Necesitas recuperar tus energías.