Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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Discusiones diplomáticas
...14 ...
...ANNE MORETTI...
La frustración me estaba carcomiendo las entrañas. Pasé la noche en un hotel de lujo en el centro de Marsella, pero no pegué el ojo; cada vez que cerraba los párpados, veía la cara de idiota de Nathaniel y la sombra de los Calderone acechando nuestro negocio. Al amanecer, no esperé ni al desayuno. Hice que Bruno me llevara de vuelta a Valmont a toda velocidad.
Entré en su mansión como si fuera la dueña de las escrituras. Los empleados ni siquiera intentaron detenerme; mi cara de pocos amigos es suficiente advertencia para cualquier mortal. Llegué a su estudio y empujé las puertas dobles de golpe.
Ahí estaba él.
Relajado, sentado en su sillón de cuero, bebiendo café con una bata de seda puesta y el cabello aún húmedo de la ducha. La viva imagen de la despreocupación mientras yo estoy cargando con el peso de una guerra de mafias sobre los hombros.
—¿Dónde carajos estuviste anoche, Nathaniel? —solté sin preámbulos, cruzándome de brazos en el centro de la habitación.
Nate se tensó. No fue una sorpresa agradable; fue el tipo de sorpresa que recibes cuando ves una serpiente en tu jardín. Me miró con una mezcla de fastidio y una furia contenida que venía de meses atrás.
—¿Qué mierda haces aquí, Anne? ¿Y quién te dio permiso para entrar en mi casa? —su voz era gélida, mucho más de lo habitual.
Sabía por qué me miraba así. Nate no me perdona mi "método" de selección de cuñadas. He dedicado los últimos años a ahuyentar a cada mujer que se le acerca, porque ninguna es lo suficientemente fuerte, o lo suficientemente leal, o simplemente porque no son de mi agrado. Pero sé que crucé una línea con la última. La chica era una oportunista que solo quería su dinero, y cuando Nate le regaló aquel anillo costoso, yo decidí enviarle un regalo de vuelta: el dedo de la chica que llevaba su joya.
Fue crudo, sí. Fue Moretti en estado puro. Y desde ese día, Nate me cortó la palabra.
—Vine a salvarte el pellejo, aunque parece que prefieres gastarte el dinero de la familia en clubes de mala muerte —le espeté, ignorando el veneno de su mirada—. Los Calderone nos tienen en la mira y tú estás aquí jugando a ser mujeriego en Marsella. ¿Crees que Bianca no se va a enterar de dónde pasas las noches? ¿O es que ya te da igual que nos maten a todos con tal de acostarte con una cualquiera?
Nate dejó la taza de café sobre la mesa con un golpe seco. Se levantó del sillón, y antes de que yo pudiera soltar mi siguiente amenaza, se plantó frente a mí. Su rostro no mostraba la complicidad de los hermanos que siempre habían tenido; mostraba un odio visceral, un asco que me golpeó en el pecho.
—No vuelvas a decirme lo que tengo que hacer o no con mi vida, Anne. Ya la destruiste lo suficiente —dijo acercándose a mí, con los ojos inyectados en sangre.—¡Lárgate de mi casa, Anne! —rugió al límite—. Lárgate con tus malditos problemas, tus asuntos de la mafia y tus delirios de grandeza. ¡Esto no tiene nada que ver conmigo!
Me miró de arriba abajo, como si fuera una mancha de sangre en su alfombra de diseñador.
—¿Crees que voy a unirme a ti? ¿A una enferma que le corta los dedos a las personas por estupideces? —su voz se quebró de puro asco—. Eres una psicópata que solo piensa en sí misma. No te importa la familia, no te importa mi felicidad, solo te importa tu maldita pirámide de mierda. ¡Vete al infierno y déjame en paz antes de que cometa una locura!
Sentí el aguijón de sus palabras, pero la Anne que lloraba por ese tipo de cosas había muerto hace mucho. Esbocé una sonrisa lenta, afilada como un bisturí.
—¿Ah, sí? ¿Soy una psicópata? —di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. Bien. Entonces supongo que no te importará que me vaya directo a Italia ahora mismo. O mejor, que llame a Bianca Calderone desde el auto para contarle qué es lo que su flamante prometido anda haciendo en Francia.
Nate se quedó pasmado, la mandíbula tensa, el aire retenido en los pulmones.
—Andas rebajándola, Nate. Metiéndote en tugurios con no se sabe quién, mientras ella te espera como una estúpida —continué, disfrutando de cómo el color desaparecía de su rostro—. Soy capaz de decírselo solo por el placer de ver a esa perra retorcerse de celos. ¿Te imaginas el escándalo? Te harían picadillo antes de que pudieras decir "Fórmula 1" Los Calderone no perdonan una humillación pública, y menos de un Moretti.
Me giré con elegancia, haciendo ondear mi abrigo, y caminé decidida hacia la puerta. Uno, dos, tres pasos...
—¡Espera! —El suspiro de Nathaniel sonó como una rendición absoluta.
Me detuve con la mano en el pomo, pero no me giré de inmediato. Sonreí para mis adentros. Así es como se manipula a estos hombres infieles: siempre tienen un talón de Aquiles, y el de Nate es su estúpida necesidad de parecer un caballero cuando es igual de porquería que todos nosotros.
Me giré despacio, viéndolo hundir la cara entre las manos, derrotado.
—¿Qué carajos quieres para que me dejes en paz, Anne? —preguntó con la voz apagada—. ¿Qué es lo que tanto te urge para venir a joderme la vida hasta aquí?
Caminé de regreso y puse la carpeta sobre su escritorio, golpeándola con el índice. Mi tono cambió; ahora era la empresaria de la muerte, la voz de Manuelle.
—Necesito que facilites la alianza con los D’Amato en el puerto de Marsella. Ahora. Los Calderone han reactivado sus rutas y nos están cortando el paso en el Mediterráneo. Si no cerramos este trato de exclusividad esta semana, el abuelo va a perder la paciencia. Y tú sabes que cuando Manuelle pierde la paciencia, no envía cartas de advertencia... envía ataúdes.
Nate me miró, procesando la gravedad.
—Los D’Amato no confían en nosotros, Anne. Saben que los Moretti son un nido de víboras —dijo él, tratando de recuperar algo de lógica.
—Por eso te necesito a ti, el "Moretti" impecable. Tu vínculo paterno es la única llave que abre esa puerta sin que nos disparen en la entrada. Gracias a que tu padre se unió a esa familia gracias a tu madrastra. Si lo haces, te prometo que guardo silencio sobre tus escapadas nocturnas a esos antros. Si no... bueno, espero que Bianca tenga buen sentido del humor cuando sepa dónde pasas tus madrugadas.
Una chispa de triunfo se encendió en mis ojos cuando vi los hombros de Nathaniel colapsar. Había ganado. En este tablero, el que tiene el secreto más sucio siempre lleva las blancas.
—Hablaré con el abuelo Enzo —soltó él, refiriéndose al patriarca de los D'Amato, el hombre que lo adoptó simbólicamente—. Pero te va a costar, Anne. Enzo no mueve un dedo por caridad y menos por los Moretti. Seguramente pedirá algo a cambio... ¿Qué piensas darle?
Me encogí de hombros con una indiferencia gélida, acomodándome el reloj de oro en la muñeca.
—Tú solo programa la reunión con él. De lo que Enzo D'Amato pida o deje de pedir, me encargo yo. Veré cómo soluciono sus caprichos, solo necesito que me abra la puerta.
Nate me miró con una mezcla de lástima y repugnancia. Se pasó una mano por el rostro húmedo y suspiró con pesadez.
—Está bien. Ya tienes lo que querías. Ahora…¿será que finalmente te puedes largar de mi maldita casa?
—No te pongas así, hermano —le dije, suavizando el tono con una hipocresía que sabía que lo sacaría de quicio—. Sabes perfectamente que lo que hice con tu exnovia fue por tu bien. Esa mujer era una trepadora, Nate, solo quería...
—¡Vete! —me cortó él, explotando de nuevo.
Caminó hacia mí con zancadas furiosas y me puso las manos en los hombros, no con afecto, sino con la fuerza de alguien que está a punto de perder los estribos. Empezó a empujarme hacia la salida del estudio.
—¡No me trates así, idiota! —le grité, forcejeando contra su agarre mientras mis tacones resonaban en el suelo—. ¡Sabes que te puedo hundir en un segundo si abro la boca! ¡Suéltame!
Nate me soltó cerca de la puerta, pero se quedó frente a mí, con el rostro rojo de pura impotencia.
—¿Y ahora me manipulas también con eso? —me espetó, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Maldita loca! Vete ya, Anne. Estoy muy molesto y no respondo si te quedas un minuto más bajo mi techo.
Me arreglé la solapa del abrigo, recuperando mi compostura de "reina" en un segundo, aunque por dentro la adrenalina me quemaba. Le dediqué una sonrisa cargada de veneno, disfrutando de su derrota.
—Pero ahora trabajaremos juntos, hermanito —le recordé con voz melosa—. Vamos a ser el equipo perfecto para el clan. ¿No es emocionante?
Nate soltó un gruñido ahogado, una mezcla de insulto y maldición en francés que no me molesté en traducir. Se dio la vuelta, dándome la espalda mientras se pasaba las manos por el pelo, totalmente estresado.
—¡Haz lo que se te dé la gana! —gritó sin mirarme—. ¡Lárgate y pudre todo lo que toques, como siempre haces!
Salí de la mansión de Valmont con la cabeza en alto, sintiendo el aire fresco de la mañana. Nate estaba furioso, sí, pero bajo control. Ahora solo quedaba esperar la llamada de los D'Amato. Bruno me esperaba junto al auto con la puerta abierta; me subí y saqué el teléfono para informarle al abuelo que la pieza más difícil del rompecabezas ya estaba en su lugar.
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La oficina de Enzo D’Amato no era como la del abuelo. Aquí no había ostentación innecesaria, solo el peso del tiempo y el olor a tabaco viejo. Enzo me miraba desde su sillón de cuero, con esos ojos que habían visto caer imperios y que ahora me analizaban como si fuera una mercancía más.
—Lealtad, pequeña Moretti —dijo Enzo, golpeando rítmicamente la mesa con sus dedos nudosos—. Las palabras se las lleva el viento del Mediterráneo. Tu abuelo es un hombre ambicioso, y las ratas ambiciosas suelen morder la mano que les da de comer. No voy a firmar nada si no me das una garantía de que no serás una traidora.
—¿Qué es lo que quiere, Enzo? —pregunté, manteniendo la espalda recta, aunque sentía un nudo en el estómago.
—Quiero a alguien de tu sangre. Alguien que asegure que nuestras familias estarán atadas de por vida. Quiero a Nathaniel.
Me quedé helada por un segundo. El silencio se prolongó tanto que podía oír el segundero del reloj de pared.
—Nate no es un peón —empecé a decir, pero Enzo me cortó con un gesto seco.
—Nate tiene una mente privilegiada. Es mejor que tú, que su padre y que tu abuelo juntos para los negocios legales e ilegales. He estado tratando de convencerlo de que asuma más responsabilidades aquí, en el negocio, pero su lealtad a su moral lo frena. Si tú me lo entregas, si tú haces que su compromiso con los D’Amato sea absoluto... firmaré tu alianza. Pero bajo una condición: Nate servirá a mi familia hasta el día de mi muerte. No podrá involucrarse en los negocios Moretti a menos que yo lo autorice. Será mío.
Cerré los ojos un instante. Entregar a Nate era como amputarme un brazo, pero la pirámide estaba en juego. Si no cerraba este trato, los Calderone nos borrarían del mapa. Y Nate... Nate estaría a salvo bajo el ala de Enzo, lejos de la guerra directa, aunque fuera en una jaula de oro.
—Acepto —solté, y las palabras pesaron como el plomo—. Pero Nathaniel no puede saber que yo lo vendí. Tiene que creer que es su decisión, una forma de proteger a la familia o de salvar su propio pellejo.
Enzo sonrió, una mueca depredadora que me hizo sentir náuseas.
—Eres igual a tu abuelo, Anne. Fría y eficiente. Convéncelo. Haz que firme su condena pensando que es su salvación, y el puerto de Marsella será tuyo.
Salí de la reunión con el alma un poco más rota. Tenía que volver a mirar a los ojos al hermano que acababa de sacrificar. Tenía que manipularlo una vez más, hacerlo creer que unirse a los D’Amato de forma permanente era la única forma de que yo guardara silencio sobre sus infidelidades y de que los Calderone no lo cazaran.
Lo había vendido. Había entregado la libertad de la única persona que realmente me importaba para comprar mi corona.
Salí de la finca D’Amato con la adrenalina todavía quemándome las venas. Tenía una cita con Dorian para resolver un asunto de logística pendiente, pero el destino —o mis enemigos— tenían otros planes. En mitad de la carretera secundaria, tres camionetas negras cerraron el paso de forma coordinada.
—¡Mierda! —gritó Bruno, clavando los frenos.
No esperé órdenes. Saqué mi arma del bolso, le quité el seguro con un movimiento mecánico y abrí la puerta antes de que el auto terminara de detenerse por completo. De la camioneta principal bajó un hombre que reconocí de inmediato por las fotos de inteligencia: Alessio Calderone. Caminaba con las manos en los bolsillos, destilando una arrogancia ridícula.
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—Por fin... —dijo Alessio, deteniéndose a unos metros con una sonrisa que no era más que una mueca de desprecio—. Por fin conozco en persona a la perra que anda dañando mis negocios.
Sentí el frío del metal en mi palma y la seguridad que me daba. Me acomodé la chaqueta y lo miré por encima del hombro, dándole un golpe directo a su orgullo.
—Querrás decir los negocios de tu papito, Alessio —le corregí con una voz tan tranquila que lo descolocó—. Recuerda que todavía no tienes la independencia suficiente para manejar tus propios asuntos. Eres solo un mandadero de tu padre fingiendo ser el que manda como un niño pequeño.
Alessio gruñó, su mandíbula se tensó y el brillo de diversión en sus ojos desapareció, reemplazado por una furia ciega.
—Escucha, niña, si no quieres que te deje como un colador en este preciso momento, cierra la puta boca —escupió, dando un paso al frente—Sube a la camioneta por las buenas. Esto es un secuestro, por si no te ha quedado claro. Haré que tu abuelo deje de molestar en mis dominios usando tu cabecita como moneda de cambio.
Solté una carcajada seca, una risa que resonó en el silencio de la carretera. Sin previo aviso, levanté el brazo y apunté mi pistola directamente al centro de su frente. Fue un movimiento tan rápido que sus hombres apenas reaccionaron; en un segundo, el aire se llenó del sonido metálico de una docena de armas cortando cartucho y apuntándome a mí. Bruno y mis escoltas también salieron, cubriéndome las espaldas.
—Tienes que estar muy desesperado como para intentar esto en campo abierto, Alessio —le dije, estrechando los ojos—. Tu madre sera la que se va a subir en esa maldita camioneta, no yo. Más bien, déjame en paz si no quieres conocer el mismísimo infierno hoy mismo.
La situación era un polvorín. Un solo dedo nervioso, un estornudo, y la carretera se convertiría en un cementerio. Alessio me miraba con odio, pero también con una pizca de sorpresa; no esperaba que la "niña" de Manuelle estuviera dispuesta a morir ahí mismo con tal de no ceder.
—¿Crees que tienes las agallas para disparar, Moretti? —desafió él, aunque el sudor empezaba a perlar su frente.
—Pruébame —susurré—. Dispara tú primero y veamos quién llega antes al suelo.
El dedo me hormigueaba sobre el gatillo. Alessio y yo sosteníamos un duelo de miradas donde el primero en parpadear terminaría en una bolsa de morgue. Pero antes de que el primer disparo rompiera el silencio, el estruendo de varios motores a máxima velocidad hizo que los hombres de Calderone desviaran la vista.
Un convoy de vehículos blindados apareció por el flanco derecho, levantando una nube de polvo. Reconocí el rugido del motor principal. Dorian.
Sus hombres saltaron de los autos antes de que estos se detuvieran por completo, rodeando el cerco de los Calderone. Dorian bajó con una calma exasperante, ajustándose los puños de la camisa como si estuviera llegando a un cóctel y no a un tiroteo inminente.
—Vaya, Alessio —dijo Dorian, apoyándose en la puerta de su coche con una sonrisa burlona—Siempre tan sutil. Atacar a una mujer sola en la carretera... tu padre debe estar orgullosísimo de tu valentía.
Alessio apretó los dientes, mirando a su alrededor. Estaba en desventaja numérica y táctica. Bajó el arma lentamente, aunque el odio en sus ojos juraba venganza.
—Esto no se queda así, Moretti —escupió Alessio, dándome la espalda—. Disfruta tu escolta mientras puedas.
—¡Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, imbécil! —le grité mientras veía cómo sus camionetas chirriaban llantas al retirarse.
Me guardé la pistola en la cintura, sintiendo cómo la adrenalina se transformaba en una rabia fría. Esta era la familia de Bianca. Esta era la gente por la que mi hermano Nate estaba arriesgando nuestra posición. Odiaba a los Calderone con cada fibra de mi ser, y ahora tenía una razón física, una marca de sudor y pólvora para alimentar ese odio.
Subí a mi auto y, antes de hablar con Dorian, saqué el teléfono. Mis manos aún temblaban ligeramente, pero mi voz fue puro hielo. No llamé a Cassian; sabía que su orgullo seguía siendo un muro infranqueable y no me contestaría. Marqué a Eleonora.
—¿Anne? —la voz de Eleonora sonó preocupada al segundo tono.
—Dile a Cassian que refuerce la seguridad en la villa —solté sin preámbulos—. Alessio Calderone acaba de intentar secuestrarme en la carretera.
Escuché un jadeo del otro lado.
—¡Por Dios, Anne! ¿Estás bien? ¿Dónde estás?
—Estoy viva, que es lo que importa —corté, mirando por el retrovisor cómo los hombres de Dorian vigilaban el perímetro—. Pero dile que los Calderone han roto el alto al fuego invisible. Si Nate sigue jugando a los novios con esa perra, va a terminar entregándonos en bandeja de plata. Tomen precauciones. Esto es una guerra abierta ahora.
Colgué sin esperar respuesta. Miré a Dorian, que se acercaba a mi ventanilla con una expresión indescifrable.
—Me debes una, reina —dijo él.
—Ponla en la cuenta de los Moretti, Dorian. Ahora sácame de aquí antes de que decida regresar y terminar el trabajo con Alessio yo misma.