Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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CAPÍTULO 19 – EL AMANECER QUE LOS NOMBRÓ FAMILIA
El mundo no se detuvo cuando nació su hijo.
Pero para Ariel, todo cambió.
El silencio que siguió al llanto inicial no fue vacío. Fue denso, cargado de algo nuevo. Ariel permanecía recostado, con el pequeño cuerpo tibio apoyado sobre su pecho, sintiendo cada respiración como si fuera un milagro que podía romperse con solo pestañear.
No se atrevía a moverse.
Tenía miedo de que, si lo hacía, aquello desapareciera.
Kael estaba a su lado, sentado en el borde de la cama, con la espalda ligeramente encorvada hacia adelante, como si incluso el aire necesitara protección. Sus manos grandes parecían desproporcionadas cerca de ese cuerpo diminuto, pero aun así, cada gesto suyo era delicado, medido, reverente.
—Está respirando… —susurró Ariel, casi sin voz.
Kael asintió, acercándose un poco más.
—Sí. Y fuerte.
Ariel tragó saliva. Su cuerpo aún dolía, cansado hasta lo más profundo, pero no quería cerrar los ojos. Tenía la extraña sensación de que, si dormía, todo se volvería irreal.
—Kael… —murmuró—. ¿Y si no sé hacerlo bien?
Kael no respondió de inmediato. En lugar de eso, apoyó una mano firme sobre el hombro de Ariel, transmitiéndole calor, presencia.
—Nadie sabe —dijo al fin—. Solo… se aprende quedándose.
Ariel dejó escapar una risa breve y temblorosa.
—Yo siempre huía.
Kael negó con la cabeza.
—No. Tú sobrevivías.
Ariel cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras se asentaran.
El pequeño se movió, frunciendo el ceño, y Ariel se tensó de inmediato.
—Creo que… —empezó, nervioso—. Creo que hice algo mal.
Kael se inclinó con cuidado, observando.
—No —dijo con suavidad—. Solo está soñando.
Ariel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Es tan pequeño…
—Y aun así —añadió Kael—, confía en ti lo suficiente como para dormir así.
Ariel sintió que el pecho se le apretaba.
—Nunca nadie confió en mí de esta forma.
Kael apoyó la frente en la de él.
—Yo sí —dijo—. Desde siempre.
El amanecer comenzó a filtrarse lentamente por la ventana. La luz no fue abrupta; llegó como una caricia, iluminando primero las paredes, luego el cabello de Ariel, y finalmente el rostro del recién nacido.
Kael se quedó observándolos, con una expresión que mezclaba asombro y algo parecido a la paz.
—Mírate —dijo en voz baja—. Pareces hecho para esto.
Ariel negó con la cabeza.
—No me siento fuerte.
Kael sonrió, apenas.
—La fuerza no siempre se siente. A veces solo… se queda.
El pequeño emitió un sonido suave, casi un quejido. Ariel bajó la mirada al instante, su instinto reaccionando antes que el pensamiento.
—Estoy aquí —susurró sin darse cuenta—. Tranquilo.
Kael lo observó con los ojos brillantes.
—¿Te diste cuenta?
—¿De qué?
—Ya lo sabes hacer.
Ariel se quedó en silencio, sorprendido por la verdad en esas palabras.
Pasaron las horas sin notarlo. Kael se levantó en algún momento para traer agua, acomodó mantas, volvió a sentarse. No se alejó más de un metro. Cada vez que Ariel lo buscaba con la mirada, Kael estaba allí.
—Gracias —dijo Ariel de pronto—. Por no soltarme cuando me quiebro.
Kael tomó su mano.
—Gracias a ti —respondió—. Por quedarte incluso cuando pensabas que no merecías nada bueno.
Ariel apretó sus dedos.
—Quiero intentarlo —dijo—. Ser… una buena pareja. Un buen padre.
Kael lo miró con una ternura profunda.
—No quiero perfección —dijo—. Te quiero a ti.
El pequeño abrió los ojos por un segundo, apenas un destello oscuro, y Ariel sintió que algo dentro de él se acomodaba definitivamente.
—Me vio —susurró.
Kael sonrió.
—Te reconoció.
Ariel apoyó la cabeza en el hombro de Kael, exhausto al fin.
—¿Nos quedamos así un rato más?
Kael lo rodeó con ambos brazos, envolviendo a los dos.
—Todo el tiempo que necesites.
El sol ya estaba alto cuando Ariel cerró los ojos por fin, seguro, sostenido. Kael permaneció despierto, vigilante, no por miedo, sino por gratitud.
Allí, en ese silencio compartido, no hubo discursos ni promesas solemnes.
Solo tres corazones aprendiendo a latir juntos.
Y por primera vez,
Ariel no se preguntó si merecía ese amor.
Solo lo aceptó.