Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 19: Verdad a Medias
El timbre de la puerta sonó como un disparo en el silencio ensordecedor del apartamento. Valentina, aún en el suelo, se encogió como si la hubieran golpeado.
No. No puede ser.
El corazón, que apenas comenzaba a calmar su galope frenético, se disparó de nuevo contra sus costillas: un recordatorio doloroso y cruel de su fragilidad.
—¡Valentina! —La voz de Dante, grave y nítida, traspasó la madera de la puerta. No sonaba enfadado. Sonaba… imperioso. Preocupado. Presente—. Sé que estás ahí. Abre la puerta.
Ella contuvo el aliento, esperando, rezando para que se fuera. ¿Cómo había sabido? ¿Cómo podía ese hombre leerla tan bien a través de una maldita llamada telefónica?
—¡Val! —insistió su voz. Esta vez golpeó la puerta con los nudillos, no con violencia, sino con una firmeza que no admitía negativa—. Si no abres en tres segundos, llamo a la policía para que derriben esta puerta. No estoy bromeando. Uno.
El pánico la paralizó. No podía dejar que llamara a la policía. No podía causar un escándalo. No podía.
—¡Dos!
Con un gemido de esfuerzo y dolor, se impulsó contra el suelo, agarrando el borde del sofá para ponerse de pie. El mundo giró a su alrededor, pero se aferró, jadeando. Se arrastró hasta la puerta, apoyándose en las paredes.
—¡Tres! —oyó decir, seguido del sonido de tecleo en un teléfono.
—¡Espera! —gritó ella, con la voz ronca y quebrada—. ¡Estoy aquí!
Descorrió el cerrojo con manos temblorosas y abrió la puerta solo lo suficiente como para asomar la cabeza.
Dante estaba allí, con el teléfono aún en la mano, su figura alta y oscura llenando el marco. Su mirada, intensa y escrutadora, la recorrió de arriba abajo en nanosegundos. No había escapatoria.
Él lo vio todo: el rostro pálido, bañado en sudor frío; los ojos hinchados y enrojecidos; el cabello despeinado; el camisón arrugado; la postura encorvada por el dolor.
Su expresión, por un instante, fue de puro horror. Un destello de miedo crudo que a Val le partió el alma. Pero se recompuso enseguida, sustituido por una determinación férrea.
—Déjame entrar —dijo, y no era una pregunta.
—Dante, no… estoy bien… solo un poco… —tartamudeó, intentando cerrar la puerta, pero su fuerza era ridícula comparada con la de él.
Él empujó la puerta con suavidad, pero con firmeza, y entró en el apartamento.
Su mirada recorrió la estancia hasta posarse en la manta en el suelo, el pastillero abierto, la pastilla solitaria que había rodado bajo el sofá. El rompecabezas se ensambló en su mente. Ella lo vio en sus ojos.
Cerró la puerta tras de sí y se giró hacia ella. Valentina se había quedado pegada a la pared, como un animal acorralado, sintiendo la vergüenza y el miedo como un fuego que le quemaba las mejillas.
—¿Qué pasó, Valentina? —preguntó. Su voz era baja, controlada, pero temblaba levemente en los bordes.
—Nada —susurró ella, desviando la mirada—. Un mareo. Ya pasó. Por favor, vete.
Él no se movió. Alargó la mano lentamente, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse, y le tocó la mejilla. Su piel estaba fría y húmeda.
—Mientes —murmuró—. Y eres pésima mintiendo. ¿Fue tu corazón?
La pregunta directa, hecha con esa crudeza que tanto la desconcertaba, le quitó el poco aire que le quedaba en los pulmones. Las lágrimas que había logrado contener brotaron de nuevo, silenciosas, imparables.
—¿Qué más da? —logró decir, con un hilo de voz—. ¿Qué vas a hacer? ¿Sentir lástima por la chica rota? ¿Quedarte por obligación? No te necesito, Dante. No necesito a nadie.
Él respiró hondo, como si sus palabras le hubieran dolido físicamente.
—¿Crees que esto es lástima? —preguntó, su voz ahora cargada de una emoción que ella no podía descifrar—. ¿Crees que estoy aquí por obligación?
—¡Pues por qué, si no! —estalló ella, la rabia y el dolor saliendo a flote—. ¡Mírame! ¡No soy una inversión estable! ¡Soy un desastre! ¡Un corazón defectuoso en un cuerpo que se rompe cada dos por tres! ¿Qué podrías encontrar aquí que no puedas conseguir en tu mundo perfecto y controlado?
Él la miró fijamente, y en sus ojos grises no había lástima. Había algo mucho más peligroso: una comprensión profunda y una furia contenida.
—¿Crees que no lo sé? —dijo, su voz un susurro áspero—. ¿Crees que no me he dado cuenta de cada temblor, de cada palidez, de cada mirada de pánico que intentas esconder? ¿Crees que soy un idiota?
Ella se quedó sin palabras, jadeando.
—No estoy aquí por lástima, Valentina —continuó él, acercándose un paso, invadiendo su espacio, pero no para amenazar, sino para subrayar sus palabras—. Estoy aquí porque cada maldita vez que te veo luchar por sonreír, por ser fuerte, por ser esa mujer sarcástica e increíblemente valiente que conocí en un café, siento que… —hizo una pausa, buscando las palabras, algo que ella nunca le había visto hacer—. Siento que necesito estar ahí. Para asegurarme de que no tienes que hacerlo sola.
Valentina lo miró, completamente expuesta, completamente desarmada.
Él lo sabía.
Lo había sabido todo el tiempo. Y no se había ido.
—¿Por qué? —susurró, su voz quebrada por las lágrimas.
—Porque me importas —dijo, con una simpleza devastadora—. Y porque, aunque te empeñes en negarlo, creo que yo también te importo a ti. Y eso da miedo. Lo sé.
Ella no pudo responder. El peso de sus palabras, la verdad cruda en ellas, la dejó sin defensas. Asintió lentamente, un movimiento pequeño y tembloroso.
—Sí —confesó, por fin—. Me asusta. Tengo… tengo una estenosis mitral. Es una enfermedad de la válvula del corazón. A veces… a veces se pone muy mal. Como hoy.
Decirlo en voz alta, admitirlo frente a él, fue como soltar una piedra gigante que llevaba cargando sobre el pecho durante años. Sintió una oleada de alivio tan intensa que las piernas le flaquearon.
Dante se movió rápido. Sus brazos se cerraron alrededor de ella, sosteniéndola, impidiendo que se cayera. No era un abrazo romántico ni apasionado. Era firme, seguro, un ancla en medio de su tormenta. Ella se dejó llevar, hundiendo el rostro en su jersey de cachemira, oliendo su aroma a limpio y a él, sintiendo la solidez de su cuerpo contra el suyo, tan frágil y quebradizo.
—Lo sé —murmuró él contra su cabello—. Lo sé desde hace tiempo.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Cómo?
—Investigué —admitió sin rodeos—. Después del primer mareo. No para invadir tu privacidad, sino para… para entender. Para estar preparado.
La revelación debería haberla enfadado. Debería haber sentido que su intimidad había sido violada. Pero en su lugar, solo sintió un alivio aún mayor. Él lo sabía. Y seguía allí.
—¿Y no te asustó? —preguntó, su voz apagada contra su pecho.
—Me aterrorizó —confesó él, con una honestidad que le quitó el aire—. Pero no tanto como la idea de que tuvieras que pasar por esto sola.
La abrazó con más fuerza, y Valentina permitió que la calma de él la inundara.
El miedo no había desaparecido.
El futuro seguía siendo incierto y aterrador.
Pero en sus brazos, por primera vez, no se sentía sola.
El peso del silencio se había quebrado y, aunque el camino por delante era escarpado y peligroso, al menos ahora no tendría que caminarlo sola.
Él no había prometido curarla.
No había hecho promesas vacías.
Solo se había quedado.
Y en ese momento, para Valentina, eso era más que suficiente.
Era todo.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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