Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
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Capítulo 18
La mansión se veía diferente esa noche. El sonido de la lluvia tamborileaba contra las ventanas como si quisiera invadir, y cada trueno que resonaba hacía que los candelabros temblaran levemente. El corredor del ala central, siempre tan rígido y silencioso, ahora cargaba un peso invisible. No era solo el pacto, ni las paredes oscuras. Era el beso que aún quemaba entre ellos.
Win se apoyó en la pared, el pecho subiendo y bajando a ritmo acelerado. Los dedos temblaban, los labios aún ardían. Cada vez que cerraba los ojos, revivía la escena: el choque brutal, el sabor de Jay, la fuerza de sus manos sujetando su nuca. Aquel instante había sido rabia —solo podía ser rabia— pero ¿por qué, entonces, su cuerpo recordaba como fuego y no como veneno?
Jay estaba al otro lado, frío como siempre. Sentado en el sillón, se ajustaba la manga de la camisa como si nada hubiera pasado. La pistola aún reposaba sobre la mesa, pero en aquel momento era él la verdadera arma del lugar. Los ojos grises estaban clavados en Win, atentos, provocadores, como si lo desnudara por dentro.
—¿Vas a fingir que no pasó? —Jay rompió el silencio, la voz baja, demasiado calmada.
Win levantó el rostro de repente, los ojos chispeando.
—No pasó —dijo firme, pero su propia voz vaciló.
Jay se levantó, despacio, el cuerpo alto e imponente moviéndose como si tuviera todo el tiempo del mundo. Caminó hasta el centro del corredor, cada paso un recordatorio de quién era.
—Aún te siento aquí —murmuró, tocándose los propios labios—. Y tú también lo sientes.
—¡Cállate! —Win explotó, avanzando un paso, pero retrocedió enseguida, como si se hubiera quemado—. Fue un error. ¡Nada más que eso!
Jay sonrió frío, inclinado como si saboreara cada palabra.
—¿Error? Entonces, ¿por qué volviste a besarme después de empujarme?
El corazón de Win se disparó. No quería oír aquello, no quería recordar. Pero recordaba. Recordaba la rabia que se volvió hambre, la fuerza que se volvió deseo. Y lo peor era que parte de sí quería más.
—No te quiero —dijo entre dientes, intentando convencerse.
Jay no creía en mentiras. Se acercó hasta que su cuerpo casi tocó el de Win. Levantó la mano y posó el dedo bajo su barbilla, obligándolo a encarar los ojos grises.
—Entonces, ¿por qué tiemblas cuando digo tu nombre?
Win apartó la mano con brutalidad, como si el toque fuera ácido.
—Porque te odio.
Jay se acercó aún más, la sonrisa helada.
—Y porque me deseas.
El silencio que siguió fue sofocante. Win apretó los ojos, como si pudiera borrar aquellas palabras, pero no podía. El cuerpo traicionaba cada negación. La respiración acelerada, los músculos tensos, el corazón latiendo como tambor de guerra.
Se pasó la mano por el cabello mojado de sudor, nervioso.
—Vas a arruinarlo todo.
Jay inclinó la cabeza, la voz baja y cortante.
—Quizás. O quizás seas tú el que se está arruinando solo.
Win giró de espaldas, como si huir fuera posible. Las manos presionaron la pared, los hombros temblaban.
—Esto acaba aquí.
Jay se acercó hasta que el calor de su cuerpo tocó su espalda. El susurro vino como una lámina:
—No acaba nunca.
Win cerró los ojos con fuerza. El corazón gritaba para empujarlo, pero los pies no se movían. Se quedaron allí, inmóviles, respirando el mismo aire, hasta que el siguiente trueno estremeció las ventanas.
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Horas se pasaron, pero ninguno de ellos durmió. La mansión se calmó, los guardias se recogieron y el silencio reinó. Nin permanecía encerrada en el cuarto, sin mencionar lo que había visto.
Jay volvió al sillón, el arma al alcance, pero no pegó ojo. Miraba a Win de vez en cuando, con aquella media sonrisa que solo irritaba más.
Win, por su parte, permanecía de pie, recostado en la pared, intentando mantenerse firme. Pero por dentro estaba destrozado. El beso no salía de su mente. El peso de la culpa se mezclaba con el calor del deseo. Era como estar preso entre dos corrientes que tiraban en direcciones opuestas.
Finalmente, Win habló, la voz ronca de tanto silencio.
—No voy a repetir eso.
Jay levantó la mirada, frío.
—No hace falta. Ya sé que lo harás.
—No entiendes —Win insistió, casi desesperado—. Esto está mal. Eres el novio de mi hermana.
Jay respiró hondo, apoyando los codos en las rodillas, inclinándose hacia adelante.
—Ella no me ama. Y tú lo sabes.
Win tragó saliva.
—No importa. El consejo... las familias...
—El pacto es fachada —interrumpió Jay—. Lo que existe entre nosotros, no.
El corazón de Win se apretó. Quería gritar que era mentira, que no había nada. Pero los recuerdos ardían en sus labios. Y, en el fondo, él sabía que Jay tenía razón.
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En aquella madrugada, se quedaron en silencio, guardando la puerta de Nin como siempre. Pero por primera vez, no eran solo enemigos dividiendo un corredor.
Y Win, aun repitiendo en silencio que odiaba a Jay, sabía que cada negación solo lo hundía más en el fuego.